Fotografía: Ricardo García Vilanova

La técnica de caza más antigua es la de persistencia: consiste en agotar a la presa. Se hace en grupo y en silencio, siempre tras el macho más grande. Hay que aislarlo del resto de la manada para no confundir sus huellas con las de otros miembros. Los cazadores alcanzan un estado de trance tras muchas horas concentrados en un único objetivo. Las huellas de su presa se pierden a menudo, por lo que hay que deducir el camino que habrá tomado. No siempre funciona, pero, a veces, la suerte acompaña y el animal queda la vista, expuesto. Es entonces cuando el tedioso tempo cambia: uno de los cazadores corre hacia la presa; esta busca árboles, arbustos, o cualquier sombra para protegerse de la vista del depredador y del calor abrasador; su cuerpo bombea sudor y sangre, pero nada funciona bajo el sol en su cenit. Y cae. Arrojar la lanza no es ya más que un gesto simbólico tras el que se rinde pleitesía al animal. El Kalahari ahora es el mundo, las horas son años, la presa es un monstruo y el grupo lo forman sus víctimas y un abogado. Se llama Reed Brody, y entre sus piezas se cuentan las de Augusto Pinochet, Jean-Claude Duvalier e Hissène Habré. Son tiranos cuyas rodillas acabaron quebrando ante una persecución tan tenaz como implacable tras la que no hubo pleitesía. Solo justicia.
Ese hombretón vestido de negro que bebe de pie café solo y sin azúcar es Reed Brody. Estamos en su casa de Barcelona, que comparte con la cineasta Isabel Coixet, donde él mismo arranca la conversación en el español que aprendió en América Latina. Para cuando nos invita a sentarnos ya hemos comprobado que su lugar de trabajo es un cubículo vacío, que sus gestos son pausados y que no sobran palabras en el discurso de este hombre aparentemente espartano. En esta etapa de su vida, este neoyorquino del 53 no necesita impresionar a sus contertulios con relatos inflados de épica, aunque tampoco tardamos en descubrir que esta existe. Brody es un ilustre exponente de esa generación de americanos que renunció a quedarse de brazos cruzados mientras su gobierno masacraba a vietnamitas, nicaragüenses, o a los propios negros que eran sus vecinos en su barrio de Brooklyn. Dice que lleva cinco décadas buscando justicia; durante las últimas dos, su idealismo ha fluido a través del cauce de Human Rights Watch, una ONG de referencia en el campo de los derechos humanos de la que ha sido portavoz y en la que sigue trabajando como abogado. Cuenta con tres cabezas de tiranos en su haber y confía en no tener que esperar demasiado para que el gambiano Yahya Jammeh se añada a la lista de dictadores a los que Brody y su gente han llevado ante la justicia. Son quizás sus victorias más icónicas, pero hay mucho más en la carrera de aquel niño que soñaba con cambiar el mundo. Empezamos por el principio.
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Reed Brody… Hasta el nombre, tiene fuerza y determinación. Por cierto, ¿de dónde sacarán las personas como él las ganas de luchar contra todo lo que está mal en el mundo?
Hay hombres que luchan un día y son buenos
Hay otros que luchan un año y son mejores
Hay otros que luchan muchos años y son muy buenos
Pero hay los que luchan toda la vida
Esos son los imprescindibles
Bertolt Brecht
Se ve que yo nací cansado y ya derrotado, porque a duras penas me he visto capaz de luchar ni medio día a lo largo de mi vida para cambiar cosas que siempre me han parecido imposibles de cambiar por mucha lucha que se metiera por medio. ¡Qué fracaso ha sido mi paso por el mundo, y me doy de bruces con ello cuando leo cosas como esta!
No todo está perdido. Muy buena entrevista. Gracias por la lectura.
Muy buena entrevista. Buenas preguntas, buenas respuestas. El tema de las ONG es peliagudo.