Humor snob Ocio y Vicio

Cómo comerse un perro atropellado

Fotografía Terry Ross (CC) cómo comerse un perro atropellado
Fotografía: Terry Ross (CC) perro atropellado

Engancharse a un buen libro es algo que está al alcance de cualquiera. Tiene más mérito rebuscar en el estiércol, disfrutar de calamidades encuadernadas, de panfletillos mal editados que cogen moho en las tiendas de segunda mano y en las estanterías de los albergues baratos. Manual del aventurero, de Rüdiger Nehberg, cumple los requisitos.

Publicado en los años ochenta, está descatalogado y quizá debería estar también prohibido porque ofrece una serie de consejos que llevan casi indefectiblemente a la muerte. El hilo argumental pasa por sobrevivir en situaciones extremas que, a veces, requieren de habilidades extremas. Habla de técnicas de tortura como si fueran recetas de cocina, intenta persuadir al lector de la conveniencia de portar y usar armas, así como de la necesidad de tener a mano todo tipo de documentos falsos.

Nehberg, un activista alemán que en la portada se da un aire a Chuck Norris y cuya autobiografía incluye episodios totalmente inverosímiles, habla en serio cuando explica cómo defenderse de un tiburón y de una cobra (no necesariamente al mismo tiempo), cómo sobrevivir a un ataque nuclear o cómo conseguir irritar a tus captores para que pierdan la paciencia y te ejecuten (se supone que para dejar de sufrir o para llevarte algún tipo de secreto a la tumba). Es un libro maravilloso para dejar volar la imaginación mientras esperas el metro; quizá algo menos para aplicar sus enseñanzas en una selva o un desierto.

Para sobrevivir, dice Nehberg, hay que alimentarse aprendiendo a interpretar y dominar el asco. Y lo argumenta: existen ascos infundados, como el que provoca masticar un nutritivo gusano; y ascos fundados, véase la arcada derivada de masticar carne putrefacta. Aunque él no lo dice, el aforismo se podría hacer extensible a casi todo. Léanlo en voz alta: sobrevivir pasa por interpretar y dominar el asco. 

Nehberg, tranquilos, frena en seco cualquier desviación hacia el lirismo ñoño y la pedantería. Sabe, porque ha tragado muchos gusanos y muchos sables, que resulta más urgente aprender a extraer el veneno de una serpiente del cuerpo de un hombre adulto o enterarse de cómo transportar, despellejar y cocinar un perro atropellado en la carretera.

Con mi ejemplar de Manual del aventurero pasó precisamente eso, pero al revés: lo masticó el perro de mis padres y no hubo más remedio que abandonarlo en la carretera. De no haber sido así, el libro de Nehberg estaría ahora en la misma estantería que Confesiones de un detective privado en Bangkok, otra joya del trash literario. 

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