Sociedad

Perdidos en el intervalo

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Las dos fotografías entre estos párrafos están sacadas en el mismo lugar y a las mismas personas, padre e hijo, pero con un margen de cuatro años. Si llegan al final de esta historia comprobarán que es entonces cuando empieza.

El primer retrato lo hice en octubre de 2014, y a las pocas horas de llegar a Serêkaniyê, una localidad kurdosiria justo en la frontera con Turquía. Cuando uno se planta con su cámara y su libreta en uno de estos lugares es difícil hacer planes: uno puede quedarse a las puertas, atascado en el checkpoint de entrada por la razón más peregrina, o sin poder salir una vez dentro. Más que buscar la historia se trata de esperar a que el puro azar te la sirva en bandeja. Lo más recurrente es empezar con una visita al hospital y otra a la escuela. El primero da una idea de los niveles de violencia, y el segundo de la gente que ha huido. La escuela no solo estaba cerrada, sino que se había convertido en la sala de operaciones de la milicia kurda. Entre combatientes de camuflaje que hablaban nerviosamente por teléfono y civiles que mataban el tiempo fumando, destacaba un hombretón calvo y fornido. Se llamaba Brian Wilson, y era un antiguo sheriff de Ohio de cuarenta y dos años que había llegado a Siria «tras un divorcio complicado». Si bien el que fuera uno de los primeros voluntarios internacionales en enrolarse en la milicia kurda me concedió una entrevista, prefería que el protagonista de mi historia de Serêkaniyê fuera un kurdo local. Como nos encontrábamos en el edificio de la antigua escuela, se me ocurrió preguntar dónde estaban los niños.

—Solo queda uno—, dijo alguien. —Lo encontrarás en la Asociación de Familiares de los Mártires—. Ya tenía mi historia.

La asociación en cuestión era uno de esos lugares en los que se limpiaba a los cadáveres y se los vestía de uniforme antes de meterlos en un ataúd. Sus fotos colgaban de las paredes, y eran sus padres, madres, esposas, hermanos, hijas, los que los que gestionaban el centro, todos voluntarios. Zahra me pidió que le hiciera una foto junto a la de su hijo, y Alí posó junto a la de su hermano. Decía que soñaba con ser periodista hasta que lo mató un francotirador yihadista en 2012. Fue al primero al que enterró, y habían sido unos cuantos desde entonces. Le ayudaba siempre su hijo Diar, de trece años.

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