
Recuerdos distorsionados, películas de serie B, reportajes sensacionalistas, tergiversaciones y propaganda gruesa con fines políticos… El recuerdo de los años de auge de la heroína en el País Vasco nos ha llegado por estas vías más que por análisis rigurosos y honestos sobre el consumo. Enfrentados al prohibicionismo, al que imputan las mayores desgracias asociadas a las drogas, Alejo Alberdi y Juan Carlos Usó también combaten los mitos y las leyendas urbanas sobre aquellos años.
Esta conversación, moderada por Álvaro Corazón Rural, pone de manifiesto cuánto queda aún por avanzar en este campo: el de la información sobre las drogas.
Alejo, ¿cómo era el ambiente en el País Vasco en los setenta?, ¿cómo empezasteis a meteros?
Yo era bastante antidroga al principio. Mis amigos empezaron a consumir anfetas, tripis y metacualonas, que era una especie de barbitúrico. Luego, con diecisiete, empecé yo también con los ácidos, porros y anfetas. Sería el 77 o 78. Era un micromundo que había en la Parte Vieja de San Sebastián de freaks, pasotas, lectores de Star y Ajoblanco. En esa época, el paso de los años fue muy importante. Ahora, de 2011 a 2018 no hay gran diferencia. Pero de 1976 a 1981 hubo un abismo. Se sucedieron muchos acontecimientos en muy poco tiempo. Todos los días pasaba algo. Empecé con una cuadrilla que hablaba muchísimo de política, rollo utópico, escuchábamos rock sinfónico y cantautores, y en muy poco tiempo cambió radicalmente el panorama. Viví la politización extrema, la muerte de Franco, las primeras elecciones, el Estatuto y pasé de escuchar a Víctor Jara y fumar petas a estar metido en la incipiente nueva ola.
Por eso, cuando se habla ahora de cultura de la Transición y se presenta como una cosa con separaciones tajantes, me entra la risa, porque viví todas sus fases. No soy solo el que vivió en Madrid en la movida, ni soy solo el que antes estaba todo el día discutiendo de política. La desafección política, lo que se pudo ver en El desencanto, que es de 1976, empezó antes de que llegara la democracia. Los pasotas, de los que nadie se acuerda, empezaron con la Transición. Parece que se pasó de repente de una politización extrema a la frivolidad y hubo un hartazgo previo de la política ya desde los últimos años del franquismo. Además, a la sobrepolitización también era normal que le siguiera luego un ciclo contrario, de decir: «Ahora vamos a pasárnoslo bien». Pero ni aun así fue de repente, venía de largo progresivamente.
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La loable tarea de desmontar mitos conviene llevarla a cabo con datos contrastables y rigurosos ya que de lo contrario se puede caer en lo mismo que se intenta desmontar. No es cierto que el primer estudio serio fuera el de Javier Elzo. El primer estudio epidemiológico sobre el consumo de drogas fue el realizado en 1981 por el profesor Marquínez y sus colaboradores de la Facultad de Medicina de la Universidad del País Vasco conocido como “Leioa 1981” en referencia a la universidad donde ejercían su tarea docente y al año en que se realizó. Se supone que lo harían con seriedad ya que para entonces ya habían muerto más de un centenar de jóvenes por sobredosis, adulteraciones, etc. Los resultados que aportaba eran los siguientes: 8.163 jóvenes vascos eran consumidores habituales de heroína, 1.633 eran consumidores ocasionales y 16.327 eran consumidores esporádicos.
“El Libro Blanco de las Drogodependencias” publicado por el gobierno vasco y dirigido por Elzo salió a la luz en 1987 y los datos que daba eran, no 5.000, sino entre 5.000 y 6.000. Unos datos desmentidos por las diputaciones forales de Gipuzkoa y Bizkaia en sus Mapas de Servicios Sociales. El número de consumidores de heroína en Bizkaia era de 4.862 y en Gipuzkoa de 2.980, es decir, 7.842 para sólo dos provincias.
Tampoco es cierto que inmediatamente después de presentar su estudio Elzo pasara a estar amenazado por el entorno de ETA. En realidad, el sociólogo Javier Elzo empezó a recibir mensajes amenazantes casi una década después tras la publicación en 1995 de un informe sobre la violencia callejera.
Parece que hay consenso en que hay una responsabilidad en la crisis de heroína, que se inició en la segunda parte de los 70 y siguió durante la tramposa transición, en el “discurso oficial de la prohibición”, la teoría de la escalada y demás propaganda oficial confusa y falsa en el mensaje sobre las drogas, que fue de hecho una campaña de promoción. Como diría el poeta andaluz Antonio Orihuela: “el Gobierno español creo “el problema de la heroína, ofreciendo en los media una exitosa campaña de marketing que lejos de disuadir de su consumo a la juventud socializó su deseo.”
También hay un amplio acuerdo en que la no aplicación de las medidas de reducción de riesgos, reparto de jeringuillas, programas de metadona, etc para minimizar los efectos del consumo masivo de heroína, tal y como se hizo en la Inglaterra de Tatcher, contribuyó de manera fundamental al desastre sanitario. Con tales medidas se hubieran evitado muchas enfermedades, una gran parte de la infección masiva de VIH y miles de muertes. Pero el gobierno decidió seguir tratando un problema sanitario como si fuera de orden público hasta que fue demasiado tarde.
Como dice Alberdi, “quienes deberían rendir cuentas políticas son los responsables sanitarios de la época” pero hay mucho más. Esos 10 años de retraso de los que habla, en las cárceles se convirtieron en casi dos décadas. Un largo tiempo en el que desde que en 1977-78 la heroína inundó los patios y galerías de los talegos cientos y cientos de presos y presas se infectaron de enfermedades como hepatitis, tuberculosis, VIH… Miles de encarceladxs compartieron jeringuillas ante la mirada de carceleros y la desidia de las autoridades penitenciarias. No les interesó pararlo. La circulación de drogas en las prisiones es posible por la permisividad y la complicidad de los carceleros. Lo saben el Gobierno, Instituciones Penitenciarias y los sindicatos de funcionarios. Es una manera de control químico que, unido a la metadona y los psicofármacos, la cárcel maneja a su antojo para tratar de controlar a lxs presxs.
En 1993, los propios presos afectados por el virus del sida de la prisión
de Daroca (Zaragoza) tenían la esperanza de que “algun día, cuando la honestidad gobierne, se escribirá en los anales de la Historia de España el genocidio que sufrió la clase marginal.” Todavía seguimos esperando.
Estamos de acuerdo en la responsabilidad que tuvo el discurso oficial en la extensión de la epidemia de heroína y también la que tuvo la no aplicación de medidas de reducción de daños por parte de las autoridades sanitarias en la crisis sanitaria que se produjo con miles y miles de personas infectadas por diversas enfermedades y el impresionante número de muertes por enfermedades relacionadas con el sida. El gobierno perdió una década, en las cárceles dos prácticamente, mientras lxs jóvenes se infectaban y morían. Más que mala suerte como dice Alberdi, como buenos represores abordaron un grave problema sanitario como si fuera de orden público.
En el País Vasco la alta incidencia del consumo de heroína estaba en correspondencia con la elevada tasa de sida registrada. En 1988 se calculaba que en el Estado español había 47 casos de sida por millón de habitantes, mientras eran 88 los vascos afectados, casi el 80% debido al consumo de drogas por vía intravenosa.
En cambio, es llamativo como en la conversación se elude responsabilizar al Estado en la extensión de la epidemia y en la consolidación del mercado de heroína, cuando es algo que se conoce perfectamente. Además de la permisividad interesada que hubo en la entrada de heroína en ciertas zonas y barrios; un número considerable de miembros de las fuerzas de seguridad participaron en la oferta de heroína, muchos camellos tenían licencia para traficar a cambio de dar información a la policía, el pago con droga al informante -consumidor y/o camello- era algo conocido…
En Euskal Herria esto estaba multiplicado por la necesidad de las fuerzas de seguridad de obtener información sobre el movimiento independentista y, en particular, sobre ETA. En número de agente públicos implicados y de chivatos con permiso para traficar era muchísimo más alta. Testigos hablan de haber presenciado en varias localidades a agentes policiales distribuyendo heroína. Además se sabe que desde la segunda mitad de la década de los 70 varias redes de traficantes y contrabandistas pagaban enormes sumas de dinero a cualificados guardias civiles y policías y que, al principio, se utilizaba ese dinero negro para financiar actividades clandestinas de las fuerzas de seguridad, es decir, guerra sucia amparada por las altas esferas. Es conocido el intento de conseguir a través de amenazas y torturas a detenidos que estos se conviertan en chivatos y traficantes de heroína.
Lo que clama al cielo es que una gente que se ha pasado los últimos años negando que la heroína haya sido un instrumento político del poder nos salgan ahora con que hubo una decisión política, necesariamente de alto nivel, para hacer la vista gorda con el tráfico de heroína. De “prescindir la vigilancia del tráfico de drogas”para así poder financiar sus guerras encubiertas (como en el sudeste asiático o después en Afganistan. ¿Se imaginan la reunión en que se decidió? ¿Varios altos cargos del gobierno, algún ministro, y jefes de las fuerzas policiales acordando dejar hacer a los traficantes? Dice Alberdi que se hizo, que “el objetivo principal era acabar con el comunismo”. Precisamente esa es la acusación principal: el poder utilizó la heroína para desactivar los movimientos revolucionarios y contestatarios. ¿Acaso no era esto lo que dijo Eduardo Haro Ibars? Ya lo dijo Hoover, el jefe del FBI, el Partido de las Panteras Negras eran el enemigo número uno para la seguridad interna de EEUU. Igualmente lo hicieron en las operaciones encubiertas dirigidas a entorpecer el auge de la izquierda en Europa. Por ejemplo, en Italia se conoció a mediados de los noventa que en los 70 la CIA puso en marcha la operación Blue Moon dirigida a la distribución planificada de drogas entre los jóvenes estudiantes y obreros en lucha de las ciudades italianas. Hace poco lo contó en jotdown Simona Levi: “en Turín en aquella época todo el mundo tomaba, era brutal, el propio sistema metía heroína a toneladas para acabar con la lucha obrera y los movimientos estudiantiles. En aquella época se diezmó mi generación.”
Lo dijo en El Viejo Topo en 1981 Josep Lluis Gomez Mompart, profesor de periodismo de la Universitat Autonoma de Barcelona: “La CIA ha silenciado grandes operaciones multinacionales de tráfico de estupefacientes, en particular cuando de droga “dura” se trata, facilitando indirectamente que el caballo, por ejemplo, penetre con fluidez, especialmente en aquellos paises donde surgen movimientos anti establishment. El interes aquí se centra en el trasfondo singularmente de la heroina como arma estratégica del Estado planetario, como instrumento de control social, político y cultural, y en tanto que mercancía de especial magnitud económica. Pues ahí está la connivencia entre mercado transnacional/gran trafico/imperialismo/represión selectiva del caballo”.
Acabo con la opinión del músico catalán Pau Riba denuncia la existencia: “Se mire como se mire, la cosa pinta como una gran y despiadada conjura con multitud de intereses interrelacionados, concebida y amañada en las más altas instancias y orquestada sin presunción de inocencia –alejemos de nosotros la tentación de pensar que todo ello pudiera ser fruto de la inconsciencia, que alguna cosa les salió mal y tuvo consecuencias que no esperaban, que quizás el azar les jugó una mala pasada–, que causó un gran deterioro tanto físico como moral de una generación particular –o dos– y de la sociedad en general, conjura que sigue en pie y sigue impune. Nadie lo ha analizado, nadie lo ha destapado, todavía”.
En mi caso, las drogas siempre han estado presente en mi vida. Mi padre nos abandonó tras varios años drogándose. Tocó fondo y decidió dejarnos atrás, a día de hoy no se nada de él.
Con 16 años, no tenía unas buenas amistades y empecé a jugatear con las drogas, fue tal el impacto para mi madre, que me sirvió para plantearme que estaba haciendo con mi vida.
Puedo decir a día de hoy, que soy psicólogo y me dedico a ayudar a las personas con problemas de drogadicción a salir de ese pozo.
Sin duda es una historia con «final feliz», pero no todos tuvieron la suerte de tener una madre como la mía y la posibilidad de estudiar.
En nuestro grupo de amigos el más hippie bajaba al moro una o dos veces al año y nos vendía lo que le sobraba al resto; con ese poco le bastaba para vivir muy modestamente. Un día entraron unos energúmenos armados en su casa y le dieron una paliza: que dejara de hacerlo fue su mensaje; y lo dejó, claro está. Pero ellos no vendían hachís, sino heroína. A partir de ese momento conseguir chocolate en Madrid se convirtió en una tarea imposible, simplemente desapareció, pero la heroína y la cocaína estaban al alcance de quien tuviera el dinero necesario prácticamente en cualquier parte. Mi suerte fue que yo no lo tenía.
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