
No podía dejar de llorar. A duras penas se sostenía en pie. Un cuerpo pequeño, frágil, carcomido por el cáncer voraz, y la inmensa tristeza de perder al hombre de su vida. Habían pasado cincuenta años juntos. Medio siglo de complicidades, ternura, risas, esfuerzos, proyectos compartidos, el golpe de un hijo muerto pocos días después de su nacimiento y que definitivamente les convirtió en hermanos antes que en amantes. Así describía Peru Egurbide, en su crónica de El País del 4 de noviembre de 1993, la imagen fracturada de Giulietta Masina en los funerales de Federico Fellini: «Es difícil recordar un rostro tan triste, tan vencido e impotente como el que mostró ayer esta actriz, que en la pantalla ha sido paradigma de vivacidad, de perplejidad, a veces melancólica, y determinación frente al mundo. Y será difícil olvidar que, entre los estragos de una enfermedad y una desolación que la han vuelto casi irreconocible en pocos meses, la actriz aún lograba articular inteligiblemente la palabra amore».
Ese mismo año, conocedores del grave estado de salud de Fellini, los miembros de la Academia de Cine de Hollywood habían decidido otorgar al cineasta italiano el Óscar honorífico a toda una brillante carrera. La presentación y entrega corrieron a cargo de Sophia Loren y de su amigo y alter ego en la pantalla Marcello Mastroianni. Con su inglés macarrónico, Fellini repartió agradecimientos y, sobre todo, pidió a su esposa, que se encontraba entre el público, que hiciera el favor de dejar de llorar. Vana petición.
Sería un llanto emocionado que se prolongaría hasta el final.
Incompatibilidad de caracteres
Se conocieron en la radio. En el despacho del director de la emisora EIAR. En 1942, Fellini trabaja en prensa, radio y empieza a colaborar como guionista en cine. Para ser un joven provinciano, las cosas no le van nada mal en Roma. Giulietta, por su parte, tampoco puede quejarse. Contraviniendo los consejos familiares, se dedica al mundo del teatro. Sin embargo, su férreo pragmatismo la aleja pronto de las compañías ambulantes y de la farándula precaria e incierta. En la radio protagoniza todo tipo de obras, revistas y operetas. Tiene sueldo fijo y una relativa notoriedad en unos años en los que la vida transcurre con el rumor de fondo de un transistor. Según detalla Tullio Kezich en su sólida biografía sobre Fellini, a la actriz poco le impresiona aquel joven delgaducho, alto, un tanto desgarbado y de maneras amables. Aunque, tras la primera cita, que él se afanó en buscar con el pretexto de un vago proyecto cinematográfico, Giulietta siempre lo recordará como un delgaducho «tierno e ingenioso», con una mirada «vivísima» y «con pinta de faquir».
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Qué pena —o qué alegría— que el amor absoluto no le dé la mano a la sexualidad absoluta. Enhorabuena por el artículo. El tono y el ritmo son los que uno espera cuando lee, máxime cuando leemos cosas que sólo deberíamos escuchar.
Recuerdo el profundo dolor de ella tras el fallecimiento de Federico. Su inacabable llanto nos llegó a todos los amantes del cine.
Este artículo me ha vuelto traer aquellos días llenos de emoción compartida.