
La devoción que produce México en quien lo prueba se parece a los efectos del chile. La capsaicina, sustancia fundamental en el tatarabuelo del pimiento dulce, provoca escozor pero libera endorfinas, irrita a la vez que quita el dolor, no es que sea adictiva pero causa placer. Así este país y, muy especialmente, su capital.
Las causas del embrujo, que opera en almas de Dios y del diablo por igual, son claras para el que lo experimenta como el amor de una madre. Se ve, se siente, se toca; otra cosa es poderlo explicar. En diez años viviendo aquí me han preguntado a menudo: ¿por qué te gusta tanto? Un lugar tan inseguro, donde la ley es de cumplimiento aleatorio y la violencia, en varias regiones, el Estado que prevalece. La respuesta inmediata que suelo dar es que todo eso es verdad, pero no es toda la verdad. México son muchos Méxicos, muchas veces contradictorios entre sí, una realidad compleja, difícil de mostrar a golpe de titulares, por definición alérgicos a los matices.
El primer enganchado a México del que se tiene noticia quizá sea Gonzalo Guerrero, natural de Palos de la Frontera. El soldado Bernal Díaz del Castillo lo describe, en su crónica indispensable Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, junto a Jerónimo de Aguilar en Cozumel, donde los encontraron Hernán Cortés y sus muchachos. Ambos habían varado allí ocho años antes, cuando la expedición en la que iban, la de Juan de Valdivia, naufragó. Nada más saber de los nuevos castellanos, Aguilar opta por unirse a Cortés —del que acabará siendo traductor codo a codo con Malinalli Tenépatl, mejor conocida como La Malinche— e intenta convencer a Guerrero. Este le contesta:
«Hermano Aguilar, yo soy casado, tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras: íos vos con Dios; que yo tengo labrada la cara e horadadas las orejas; ¿qué dirán de mí desque me vean esos españoles ir desta manera? E ya veis estos mis tres hijitos cuán bonicos son. Por vida vuestra que me deis desas cuentas verdes que traéis, para ellos, y diré que mis hermanos me las envían de mi tierra»; e asimismo la india mujer del Gonzalo habló al Aguilar en su lengua muy enojada, y le dijo: «Mira con qué viene este esclavo a llamar a mi marido; íos vos, y no curéis de más pláticas».
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.





