
En los últimos años ha surgido un interés por publicar artículos, libros y entradas en blogs sobre bibliofilia y librerías (algunos de ellos incluso han recibido premios) y ahora el lector cuenta con varias propuestas con las que documentarse sobre ellas sin moverse del sofá. Seguramente si hablo de textos en los que se dan cita librerías como la Strand de Nueva York, la Shakespeare and Company parisina, La Gran Pulpería venezolana, Faulkner House Books en Nueva Orleans o cualquiera de las que adornan o adornaron Cecil Court en Londres, algunos tendrán ya en la cabeza este o aquel volumen sobre el lugar que ocupan las librerías en el imaginario colectivo. Pero lo más probable es que no estemos pensando en los mismos referentes. En mi caso, me resulta imprescindible hablar de Un mundo de libros, una antología de ensayos publicada por la Asociación de Amigos del Libro Antiguo de Sevilla y el Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla en 2010. Quizás por ser uno de los primeros libros de este siglo en ahondar sobre el asunto, ha quedado sepultado por otros intereses e iniciativas que con frecuencia se olvidan de citarlo. Pero hay varias razones por las que conviene hablar de este libro. Entre ellas, por no decir la primera, porque reúne los ensayos —trece, en concreto— de aquellos que han «ejercido» la bibliofilia antes de las modas.
La bibliofilia es, si se me permite el símil, como la religión judía: una creencia en el libro con mayúsculas, pero, sobre todo, una opción ante la vida que no aspira a captar a nadie que no esté ya dentro. La prueba del algodón es sencilla: un bibliófilo superficial te hablará de librerías y te aconsejará que vayas a ellas por las razones que considere oportunas; un auténtico bibliófilo te hablará de los libros que encontró en ellas sin que su intención sea otra que transmitir el relato de una hazaña que es muy probable que nunca olvide. La segunda razón reside en la foto que arrojan estos textos: en realidad, muchos bibliófilos no tenemos bibliotecas como las que salen en las revistas o en esos bonitos volúmenes en los que algunos escritores enseñan sus despachos y bibliotecas como la alta sociedad enseña su salón. La bibliofilia es, nos cueste más o menos admitirlo, un vicio y, como cualquiera de ellos, se alimenta de un afán acumulativo. Acaso por ello los ingleses distingan entre bibliófilos y bibliómanos. He conocido a bibliófilos con hermosas estanterías ordenadas, pulcras, casi de museo y de inmediato he preguntado, si sabía que la afición de su propietario encajaba más bien en el segundo tipo, dónde estaba el resto. También es cierto que la bibliofilia ha sido durante mucho tiempo denostada como un pasatiempo similar al de los coleccionistas de sellos o monedas: acumuladores de un pasado que no está ni se le espera.
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