
Hubo un momento histórico en que los más pesimistas temían, y no sin motivos, que la liberación de Nelson Mandela y las subsiguientes negociaciones para terminar con el régimen racista de Sudáfrica pudiesen provocar una reacción de resistencia violenta entre los más fieros defensores del apartheid. Los grupos más radicales de ambos bandos afilaban los cuchillos y de suceder, como algunos profetizaban, una escalada sangrienta de revanchas y venganzas, todo terminaría provocando una guerra civil a la que solo pondría fin el genocidio de unos o el genocidio de los otros.
Los ingredientes para el desastre total estaban en el cuenco, con el fuego encendido y el agua hirviendo a punto de desbordarse. Sin embargo, aunque hubo brotes de violencia, el estallido de aquella guerra total no se llegó a producir. En uno de esos giros imprevisibles de la historia, el apocalipsis fue evitado por las decisiones arriesgadas, pero firmes, de determinados individuos capaces de ejercer una honda influencia sobre sus respectivos grupos de seguidores. Nelson Mandela fue uno, y el principal, de esos individuos influyentes. Opuesto al conflicto abierto —pese a lo que algunos esperaban de él—, buscó una solución en el más antiguo modelo diplomático conocido por la raza humana: el cara a cara, el apretón de manos, la conversación abierta y sincera entre dos interlocutores que se miran a los ojos sin cortesanos ni misivas de por medio. La cercanía física para convertir al enemigo en adversario, al adversario en colaborador, y al colaborador en aliado. Eso fue lo que Mandela hizo con el general Constand Viljoen, quien era, sobre el papel, su enemigo y el principal obstáculo para una solución política que evitase el conflicto bélico.

La mera acción de conversar no era fácil. Ni para Mandela, ni para el propio Viljoen. Ambos tenían detrás a mucha gente. El miedo, las ansias de revancha, la incertidumbre del futuro inmediato y el vértigo ante lo desconocido atenazaban al país. Y esas emociones hacían que la respuesta instintiva de muchas personas fuese la excavación de trincheras, la preparación de una fortificación tenaz ante la idea de que serán los otros quienes ataquen primero. Negándose a reconocerle al general la condición de enemigo, Mandela se acercó con la mano tendida y lo desarmó con su disposición al diálogo: usted tiene un problema, yo tengo un problema, todos en este país tenemos el mismo problema, así que lo más inteligente será intentar resolverlo entre nosotros dos primero, para después convencer a todos los demás sudafricanos de que las armas no son la respuesta.
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