Mandela y el general

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Hubo un momento histórico en que los más pesimistas temían, y no sin motivos, que la liberación de Nelson Mandela y las subsiguientes negociaciones para terminar con el régimen racista de Sudáfrica pudiesen provocar una reacción de resistencia violenta entre los más fieros defensores del apartheid. Los grupos más radicales de ambos bandos afilaban los cuchillos y de suceder, como algunos profetizaban, una escalada sangrienta de revanchas y venganzas, todo terminaría provocando una guerra civil a la que solo pondría fin el genocidio de unos o el genocidio de los otros.

Los ingredientes para el desastre total estaban en el cuenco, con el fuego encendido y el agua hirviendo a punto de desbordarse. Sin embargo, aunque hubo brotes de violencia, el estallido de aquella guerra total no se llegó a producir. En uno de esos giros imprevisibles de la historia, el apocalipsis fue evitado por las decisiones arriesgadas, pero firmes, de determinados individuos capaces de ejercer una honda influencia sobre sus respectivos grupos de seguidores. Nelson Mandela fue uno, y el principal, de esos individuos influyentes. Opuesto al conflicto abierto —pese a lo que algunos esperaban de él—, buscó una solución en el más antiguo modelo diplomático conocido por la raza humana: el cara a cara, el apretón de manos, la conversación abierta y sincera entre dos interlocutores que se miran a los ojos sin cortesanos ni misivas de por medio. La cercanía física para convertir al enemigo en adversario, al adversario en colaborador, y al colaborador en aliado. Eso fue lo que Mandela hizo con el general Constand Viljoen, quien era, sobre el papel, su enemigo y el principal obstáculo para una solución política que evitase el conflicto bélico.

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La mera acción de conversar no era fácil. Ni para Mandela, ni para el propio Viljoen. Ambos tenían detrás a mucha gente. El miedo, las ansias de revancha, la incertidumbre del futuro inmediato y el vértigo ante lo desconocido atenazaban al país. Y esas emociones hacían que la respuesta instintiva de muchas personas fuese la excavación de trincheras, la preparación de una fortificación tenaz ante la idea de que serán los otros quienes ataquen primero. Negándose a reconocerle al general la condición de enemigo, Mandela se acercó con la mano tendida y lo desarmó con su disposición al diálogo: usted tiene un problema, yo tengo un problema, todos en este país tenemos el mismo problema, así que lo más inteligente será intentar resolverlo entre nosotros dos primero, para después convencer a todos los demás sudafricanos de que las armas no son la respuesta.

John Carlin, que cuenta hoy esta historia en Mandela y el general, fue el corresponsal en Sudáfrica del diario británico The Independent entre 1989 y 1995, justo la etapa crítica de todo este proceso. Entrevistó al propio Nelson Mandela y se encontró también con el general Viljoen; esta última conversación sirve de punto de partida para la crónica gráfica de una de las transiciones políticas y sociales más peliagudas de las últimas décadas. El delicado equilibrio de la paz —no una paz social completa, pero sí la evitación de la guerra— dependía de pequeños gestos entre dos personas, y el relato de Carlin hace hincapié sobre el papel que juegan las personalidades individuales durante las crisis históricas; ese factor al que en otros tiempos se conocía como «la nariz de Cleopatra». Aunque todo suceso histórico es producto de muchas influencias, no cabe olvidar el importantísimo papel que puede jugar la voluntad de entendimiento entre líderes, entre personalidades que, pese al deseo de muchos de sus seguidores, se sientan en una misma habitación. Conociendo de primera mano las versiones de aquellos dos hombres aparentemente destinados a ponerle nombre a una matanza, Carlin recompone el relato de la «seducción» de Mandela hacia uno de sus antiguos carceleros, y de las renuncias que ambos tuvieron que hacer —renuncia al orgullo, renuncia a la revancha, renuncia al empeño por mantener el statu quo— para conseguir un acuerdo que pareció inverosímil hasta que, contra todo pronóstico, se produjo.

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Mandela y el general es una historia de película y visualmente sigue ese patrón gracias al magnífico trabajo gráfico de Oriol Malet, cuyos dibujos cuentan la historia con recursos propios del séptimo arte: modificaciones del encuadre, pausas, cambios de iluminación, y muchas secuencias donde la imagen, y no solo la palabra, transmite no solo información narrativa, sino también el mensaje filosófico subyacente. Esta aproximación cinematográfica no es casual; de hecho, muchas de las viñetas han sido construidas con proporciones similares a las de la gran pantalla: relación de aspecto 2.35:1, como en los famosos sistemas Panavision y Cinemascope, 19:9 y 16:10 como en el sistema widescreen, y hasta proporciones propias del film de 35 mm. El dibujo de Malet adopta el punto de vista de una cámara y la intención parece la de un director de cine; no solo se trata de retratar la acción, sino de elegir el plano idóneo para cada circunstancia: el plano que nos acerque a los personajes en momentos de diálogo e intimidad, el plano que nos aleje de ellos en sus momentos de soledad y reflexión, el plano que se amplía para extenderse sobre las multitudes y los paisajes.

La elección de colores, además de un trasfondo metafórico —dos colores predominantes para un país dividido en dos, más la irrupción del color rojo en momentos de violencia y en la aparición de símbolos totalitarios—, está pensada para conferirle al dibujo profundidad de campo; a veces un color está en primer plano, otro color en segundo plano, y aún otro en el fondo de la escena, reproduciendo las sutilezas del diferente enfoque de una lente sobre objetos que están situados a varias distancias de la cámara. Si alguien quisiera rodar una película tendría aquí un perfecto storyboard, porque no solo está la mencionada composición visual, sino el ritmo, la duración y estructura de cada secuencia. Así pues, Mandela y el general es una pequeña película de ciento veinte páginas con la que adentrarnos en los entresijos de una encrucijada histórica, a través de imágenes poderosas y evocadoras, y de la mano de alguien que estuvo allí y pudo hablar con los protagonistas.

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