
Parece que hoy hay gato para comer. «¿Vienes, Julio? Mi mujer lo guisa muy bien», se escucha de el extremo oeste de esta barra de zinc. «Igual me paso, te digo más tarde», responde Julio, antes de apurar su marianito. Al final todo resulta ser una broma entre dos jubilados perfectamente compenetrados para descolocar a los dos foráneos. Misión cumplida.
Que Figarol no es un pueblo cualquiera quedaba ya claro desde la carretera que llega desde Carcastillo. Roja, azul y blanca, y con un casco de madera moldeado para las olas del Cantábrico: así es la merlucera que descansa sobre el césped del hostal Doshaches, aunque este se encuentre hoy en mitad del desierto navarro. Aún hay más. Su dueña, María Ángeles Gascón, tiene la misma edad que el pueblo. «Figarol se inauguró en abril del 62 y yo nací en agosto», suelta desde cubierta, pero con ese inconfundible acento que suena a sol y cierzo. Pueblos que «se inauguran», y cuya creación está documentada fotográficamente desde su primera piedra. Puede resultar extraño para la mayoría de los mortales, pero no para los cerca de cuatrocientos habitantes de Figarol. Levantado en el extremo sur de Navarra, es una más de entre trescientas localidades construidas en España durante el franquismo para los llamados «colonos agrarios». La estatua en mitad de la avenida principal de Figarol —colocada en el cincuentenario del pueblo— les rinde homenaje: ahí, sobre un pedestal, una pareja de campesinos mira a su alrededor con una mezcla de curiosidad y determinación. Probablemente también hubiera que añadir grandes dosis de incertidumbre, incluso miedo, a las sensaciones experimentadas por aquellos pioneros de un episodio que transformó las vidas de sesenta mil familias.
Convertir zonas de secano en regadío fue una de las obsesiones del régimen franquista. Se construyeron pantanos para contener el agua, y luego una intrincada red acequias, bancales y terrazas por la que corría hasta eriales que se convertirían en tierra fértil. También hacía falta mano de obra, y así se levantaron los llamados «pueblos de colonos». Fundado en 1939, fue el Instituto Nacional de Colonización (INC) el encargado de pilotar el mayor desplazamiento humano en la península Ibérica del siglo XX. La mayoría en Figarol llegó de Carcastillo; jornaleros que huían de la miseria en carreta con lo puesto, los críos y cuatro aperos; «gente más pobre que las ratas», que dice María Ángeles. Cuando llegaron a Figarol había casas, pero no salía agua del grifo ni electricidad de los enchufes. Y luego estaba aquel barro cuando llovía… Se intentaba salvar con tablones que hacían las veces de pasarelas improvisadas porque las calles también estaban por hacer.
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