Destinos Ocio y Vicio

Llegar a Nueva York

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Nueva York, 1956. Fotografía: Cordon Press.

Las primeras semanas en Nueva York las pasé drogado por el simple hecho de estar en ella. Salía por la mañana con una urgencia eufórica por doblar la siguiente esquina, sin saber si caminaba hacia el sur o hacia el este, aturdido por las visiones más banales, como un señor paseando a su perro o el asfaltado de las aceras. Todo, por fin, era Nueva York. Una mezcla de incredulidad y de deseo me hacía imaginar el resto de la vida en sus calles, si es que una vida es suficiente. Tom Wolfe dijo que «uno pertenece a Nueva York al instante, uno pertenece a ella ya hayan pasado cinco minutos o cinco años». Llegar por primera vez a Nueva York es lo más parecido a enamorarse, un delirio incontrolable y confuso que alcanza a todos por igual y que, en cierta forma, no acaba nunca. 

En una imagen de marzo de 1947, el fotógrafo Robert Frank tiene aspecto de necesitar un corte de pelo. Acaba de pisar la ciudad y observa, desde la última fila de una muchedumbre, algo que ocurre fuera del encuadre. Viste un traje de rayas demasiado grande, con el bajo del pantalón arremangado sobre unos zapatos deslustrados. Escribe a su Suiza natal: «Queridos padres, nunca había vivido tanto en una semana como aquí. Es como si estuviera en una película. La vida es muy diferente a la de Europa. Solo el momento ocurre, nadie parece preocuparse sobre lo que hará mañana […] No hay cubos de basura, todo se tira por unos tubos individuales y se quema al momento. Nada es imposible». 

En La ciudad automática, Julio Camba describe esa relación singular de la ciudad con el tiempo, cualquiera que este sea: «Uno viene aquí solicitado por el afán ineludible de vivir su época […] Visto desde Nueva York, el resto del mundo ofrece un espectáculo extemporáneo, semejante al que ofrecería una estrella que estuviese distanciada del punto de observación por muchos años luz: el espectáculo actual de una vida pretérita, quizá envidiable, pero imposible de vivir porque ya pertenece a la historia. Nueva York es, ante todo, el momento presente. Es el momento presente sin más relación con el porvenir que con el pasado. El momento presente íntegro, puro, total, aislado, desconectado». 

Los emigrantes quedan deslumbrados por la escala desproporcionada de los rascacielos sobre las vidas pequeñas e individuales, pero la Norteamérica ante sus ojos no es sino el sueño de los que como ellos llegaron, alguna vez, por primera vez, a Nueva York. Solo entre 1892 y 1924, veinticinco millones de personas pasaron por el centro de internamiento de Ellis Island. Otros ocho millones lo habían hecho antes por Castle Garden, una fortificación del bajo Manhattan todavía en pie. El director de cine alemán, Ernst Lubitsch, en la Nochebuena de 1921. Johnny Weissmüller desde Hungría en 1905, con apenas siete meses. En la ficha del 28 de julio de 1920, Cary Grant todavía se llama Archibald Alexander Leach. Houdini, Rajmáninov, Chaplin, Mahler, Kipling, Puccini, Bela Lugosi, Pau Casals… Es el mundo el que viene a Nueva York y no al revés. Casi la mitad de los norteamericanos tiene un antepasado que arribó al continente por el estuario del Hudson, según la Statue of Liberty-Ellis Island Foundation.

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9 comentarios

  1. Maldita sea, cuanta razón!
    Magnífico artículo!

  2. Hermoso artículo. Pero se mencionan o citan 25 hombres, y solo hay una referencia a una mujer y la cita de otra. No fueron mujeres célebres a Nueva York ni escribió ninguna sobre la ciudad, o ellas no los interesan?. Gracias

  3. La mujer de la imagen se parece mucho a Carmen Alborch, pero 40 años antes.

  4. Tiene razón. Y el ejemplar de llama o vicuña quizás sea hembra

  5. Pingback: Gay Talese, el hombre que conoce los secretos de Nueva York - Jot Down Cultural Magazine

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