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Bohemia, luz y un nuevo gato en el Barrio de las Letras

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Foto: Federico Jordá. (CC)

Jot Down Magazine para Room Mate Hotels.

Junto a la Plaza del Ángel, en Madrid, hay una construcción bajita, que parece casa de una sola planta, rodeada de árboles, macetas, tiestos y flores, y separada de la calle por una rejería. Si uno decide entrar se encontrará entre plantas, como en un vivero, y mecido por el sonido de los carillones que mueve el viento. Será como si lo hubieran transportado a otro mundo, muy distinto al de ese nervioso apresuramiento que se respira en el resto de la ciudad. Tiene truco. A esta floristería la ha contagiado la paz que emana de su suelo, antiguo cementerio de los artistas que dieron nombre al Barrio de las Letras. 

Sobre este mismo punto, la noche de un 23 de abril, un escritor desesperado acudió por la calle Huertas, para llegar al camposanto. José Cadalso, autor de Los eruditos a la violeta, quería dar un último adiós a su amada, la actriz María Ibáñez, muerta el día anterior. Llegó acompañado de un sirviente, una pala y un farol, porque el barrio, sin alumbrado público, era especialmente oscuro en el siglo XVIII. Solo pararon de cavar cuando Cadalso, desenterrando la mano de ella, la tomó entre las suyas, admirándose de que la blancura de su piel, a la luz de la luna, fuera aún mayor. Puede que su frialdad al tacto, o el hedor, le devolvieran la cordura. O puede que fuera la guardia de noche quien detuviera su sacrilegio. Cualquier opción sirve, porque la historia no es más que un invento del propio autor, destinado a vender mejor su nuevo libro, las Noches lúgubres

Pícaros y precarios como Cadalso, así fueron los habitantes del Barrio de las Letras. Venían a buscar fortuna aquí porque es donde estaban los alquileres más baratos de todo Madrid, el mentidero en que se contrataban actores, y las tabernas o tertulias en que charlaban los autores. Por esa razón fue juntando a escritores, dramaturgos, gente de la farándula, toreros y demás ralea, gente que sobrellevaba la pobreza y soñaba con el dinero que les traería el triunfo. Como Cervantes, forzado a cambiar de casa cuando le subían unos alquileres que no podía pagar, y sujeto al cachondeo del resto de escritores, que le acusaban de prostituir a su mujer e hija para ir viviendo. Las ventas de su Quijote, al que despreciaba, no le daban para vivir, y mientras decía a todo el mundo que estaba trabajando en una novela que le traería fama eterna.

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2 comentarios

  1. Ah, que era publicidad.
    Pues, soy vecino del barrio y de los hotelitos de diseño que me llenan la calle de boboturistas estoy hasta el sombrero (de copas). Mandaré a mí hombres que le prendan fuego.

  2. No, Cane Rosso, no. Non dare triste fama al tuo antropozoofismo grato agli dei. Trattiene il tuo nefasto furore igneo, non commettere ingiustizie anche se il tuo infiammato cuore te l’ordina per la offesa recata. Lascia scorrere e drizza le orecchie. Persino quella accozzaglia di sfaccendanti e buontemponi che disturbano la tua quiete hanno qualcosa da dire. Evita il girone degli intemperanti e violenti.

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