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La casa del placer

Pincelar la silueta del pintor francés Eugène Henri Paul Gauguin no es una tarea sencilla. Su figura de virtuoso postimpresionista vive teñida con el aura maldita de haber sido miembro, muy a su pesar, de aquella nutrida tropa de artistas cuyo talento no sería públicamente reconocido hasta mucho después de haber sido enterrados. Experimental y rupturista, gran representante del sintetismo y futura influencia del avant-garde, Gauguin falleció ahogado en la pobreza, tras rendirse por completo a la pintura pese a ser consciente de las miserias que le acarreaba caminar por aquella senda. Pero también se condenó a sí mismo al dibujarse con las penumbras de un modo de vida cuestionable: sus relaciones con niñas adolescentes y lo colonialista de sus últimos años de vida en la Polinesia francesa lo han convertido en objeto de recientes polémicas, debates en donde se cuestiona si es más importante juzgar a la obra o a la inmoralidad de quien la firma. Por eso mismo, La casa del placer que se ha atrevido a erigir la escritora Zoé Valdés es una aventura más arriesgada de lo que parece. Una novela que imagina cómo acontecieron las últimas y agónicas jornadas de un artista que evocaba entre alucinaciones toda una vida encauzada por el sexo y la pintura. Un texto tan consciente de lo escabrosa que puede resultar la biografía narrada como para saber que el mejor modo de presentarla es sin pudor alguno, sin juicios y sin sutilezas pero con maestría y lucidez literaria, como un lienzo salpicado con claroscuros. Como lo que siempre ha sido Gauguin y sus creaciones. 

Gauguin
Paul Gauguin en 1891. Imagen: dominio público.

El relato arranca en el archipiélago de las islas Marquesas, entre las paredes de una cabaña bautizada por el pintor como «La casa del placer», y con Paul Gauguin enfrentándose a un espejo polvoriento para elaborar un mapa desolador de su propio cuerpo moribundo. Confeccionando ante su reflejo la carta geográfica de un organismo de cincuenta y cinco años, una carcasa de anhelos deteriorada por enfermedades y penurias. Enumerando cada cicatriz y cada arruga con intención de transformarlas en un autorretrato definitivo, en una radiografía absoluta de quien entendía que todo en su persona era virtuosa pintura. La escena tenía lugar en la misma estancia donde Gauguin sobrellevaría  los últimos días de su existencia, acompañado únicamente por las atenciones ocasionales de una niña cuya familia se apiadaba del pintor. Y junto al lecho en donde el hombre permitiría que los delirios de una cabeza bañada en fiebres propiciasen la visita de fantasmas del pasado, de las amantes, las mujeres y los hijos abandonados durante su convulso periplo vital. E incluso del recuerdo de los días compartidos junto a su amigo Vincent van Gogh, alguien a quien el francés fue capaz de amar con fervor y odiar con rabia al mismo tiempo.

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