
La anciana volvía triste de su caminata. Se había perdido la gran boda, esa a la que estaban todos invitados, obligada como estaba a llevar a diario a sus cerdos al monte, para que comiesen. No contribuyó a levantarle el ánimo lo extrañamente silencioso que estaba el pueblo a su regreso. Tampoco las calles, excepcionalmente desiertas. Aunque lo peor le esperaba en la plaza. Al verlo se quedó muda e inmóvil. Luego, mordiéndose los puños, echó a correr, sin pararse hasta coronar el cerro. Desde allí llamó a gritos a los hombres de los pueblos vecinos. Los del pueblo del oeste rieron, confundiendo su desesperación con borrachera. No era hoy el día de la boda. Los del este sí acudieron, pero nada inteligible pudieron sacar de sus hipidos. Después de acompañarla, también a ellos el espectáculo de las plaza los dejó mudos. Porque en torno a las mesas del banquete, sobre el brocal del pozo, y tirados junto a las puertas de sus casas, no había otra cosa que muertos. Los dos novios, los hombres, mujeres y niños, todos. Una salamandra había caído en la sopa, envenenando hasta al último de ellos. Y no había ya ayuda o remedio que prestarles. Desde aquel día la anciana quedó sola, en su pueblo vacío, paseando a sus cerdos. Al morir lo legó todo, casas y campos, a los hombres que la habían ayudado. Nosotros somos sus descendientes, y las ruinas de aquella aldea están en nuestros campos. Puedes acercarte a verlas, si quieres.
Así me lo contaron. La primera vez en las orillas del Tajuña. Luego en el Acebal de Garagüeta, ciento cincuenta kilómetros más al norte. En las tierras del Cid segovianas. Al sur de Cuenca. En Molina de Aragón y sur de Teruel. De nuevo en Soria y Guadalajara. A veces la anciana era una malvada bruja que envenenaba el chocolate del banquete. En ocasiones se perdía en la niebla otoñal, y llegaba a pedir ayuda al pueblo que no era. Alguna vez la ajusticiaban. Relatos secundarios hablaban de campanillos mágicos que al tañer deshacían las nubes de tormenta. Pero el final siempre era el mismo. Las ruinas estaban ahí, el pueblo pertenecía hoy a los que prestaron su ayuda. Era o no una leyenda, entonces. Cuántas veces puede darse la coincidencia de que una aldea desaparezca por completo y que lugares muy distantes entre sí se pongan de acuerdo en la forma de explicarlo.
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Un artículo que te atrapa desde el comienzo. Muy bien escrito y con mucho trasfondo. Lo he disfrutado infinito y por un instante, he podido escuchar ese murmullo de piedras abandonadas alrededor. Enhorabuena.
Gracias, Sara
Muchas gracias por el artículo,
yo escuché la historia por primera vez de mi padre cuando pasamos por la carretera junto a Obétago de camino a Maranchón.
En la versión de mi padre la vieja echó la salamandra a la sopa en venganza por ser la única que no fue invitada a la boda. Creo que es una forma clara de decir que no podemos permitirnos dejar a nadie de lado.
En este caso Obétago tuvo un final más reciente ya que Madoz 1849 lo describe como despoblado conservando 3 casas pero su término seguía deslindado de los de Layna, Maranchón, Sagides y Judes. La explicación del abandono parece ser las enfermedades (Paludismo) causadas por la zonas palustres junto al pueblo.
Aunque a mis hijos les conté desde pequeños la historia de la salamandra, y ahora se la oigo contar a mi hijo a sus amigos presumiendo que cerca de su pueblo hubo una vieja que envenenó a todos los vecinos.
De nada, Fernando. Me encanta saber que los niños siguen transmitiendo la historia.
Así nos sentimos más cerca del «Homo Moedievalis» que del idiota integral del «Homo Deus». Ya era hora.
Muy buen artículo, pardiez.
iQué maravilla!
En mi pueblo dice que era una salamanquesa, y la vieja salió a gritar a un morrete, que ahora lleva ese nombre.
Amigos de los pueblos vecinos tienen su leyenda, y pensábamos que nos la habíamos copiado unos a otros.
Cada uno defendiendo que su pueblo era el origen de la leyenda y su verdad, la única verdad posible, por supuesto.
¡Porca miseria, caro señor! Me ha hecho más melancólica la tarde. Mi barrio estuvo siempre bastante animado y no hubo día para mi fastidio que no sonara el timbre por una pelota rebelde, por los Testimonios de Jehová, los vendedores de novedades, el cartero y mi vecino con su música alta. Cuando volvamos a la normalidad me iré a jugar un picado con los pibes; escucharé hasta el final los argumentos de los religiosos y hasta les preguntaré cómo la pasaron; mostraré un poco de interés por las ofertas; trataré de seguir el ritmo de mi vecino y, a pesar de que siempre son abultadas boletas de pagar le daré un gran abrazo al fiel cartero. Entre mis intentos de escritura escribí una vez, hace ya tanto, que “me gusta ver pasar el mundo y sus malabarismos, los de barrio y los del cielo, los cósmicos” pero jamás imaginé que tendría que hacerlo detrás de una ventana, o hablando de lejos, a los gritos y no ver un alma por las calles.
Excelente descripción y comentarios. Tendría que ir alguna vez a visitar esos pueblos abandonados. Tal vez sus atracciones en mí, se deban a que son una excelente metáfora de lo que fuimos, los muros, leyendas e historias que nos formaron. Gracias por la lectura.
Muy buen artículo, gracias Martin
Genial. Me ha encantado ;)
Tus palabras me transportaron a esos pueblos y a otros tiempos. Y qué lindo estuvo el viaje. Un hermoso texto. ¡Gracias!
Maravilloso artículo.