Después de la pandemia seremos leyenda

Publicado por
Iglesia de San Miguel, Almazán, Soria, España. Autor: Diego Delso

La anciana volvía triste de su caminata. Se había perdido la gran boda, esa a la que estaban todos invitados, obligada como estaba a llevar a diario a sus cerdos al monte, para que comiesen. No contribuyó a levantarle el ánimo lo extrañamente silencioso que estaba el pueblo a su regreso. Tampoco las calles, excepcionalmente desiertas. Aunque lo peor le esperaba en la plaza. Al verlo se quedó muda e inmóvil. Luego, mordiéndose los puños, echó a correr, sin pararse hasta coronar el cerro. Desde allí llamó a gritos a los hombres de los pueblos vecinos. Los del pueblo del oeste rieron, confundiendo su desesperación con borrachera. No era hoy el día de la boda. Los del este sí acudieron, pero nada inteligible pudieron sacar de sus hipidos. Después de acompañarla, también a ellos el espectáculo de las plaza los dejó mudos. Porque en torno a las mesas del banquete, sobre el brocal del pozo, y tirados junto a las puertas de sus casas, no había otra cosa que muertos. Los dos novios, los hombres, mujeres y niños, todos. Una salamandra había caído en la sopa, envenenando hasta al último de ellos. Y no había ya ayuda o remedio que prestarles. Desde aquel día la anciana quedó sola, en su pueblo vacío, paseando a sus cerdos. Al morir lo legó todo, casas y campos, a los hombres que la habían ayudado. Nosotros somos sus descendientes, y las ruinas de aquella aldea están en nuestros campos. Puedes acercarte a verlas, si quieres.

Así me lo contaron. La primera vez en las orillas del Tajuña. Luego en el Acebal de Garagüeta, ciento cincuenta kilómetros más al norte. En las tierras del Cid segovianas. Al sur de Cuenca. En Molina de Aragón y sur de Teruel. De nuevo en Soria y Guadalajara. A veces la anciana era una malvada bruja que envenenaba el chocolate del banquete. En ocasiones se perdía en la niebla otoñal, y llegaba a pedir ayuda al pueblo que no era. Alguna vez la ajusticiaban. Relatos secundarios hablaban de campanillos mágicos que al tañer deshacían las nubes de tormenta. Pero el final siempre era el mismo. Las ruinas estaban ahí, el pueblo pertenecía hoy a los que prestaron su ayuda. Era o no una leyenda, entonces. Cuántas veces puede darse la coincidencia de que una aldea desaparezca por completo y que lugares muy distantes entre sí se pongan de acuerdo en la forma de explicarlo.

Supuse que un cantor de romances ciego, con su lazarillo, había tomado un suceso real, y le había dado forma de cuenta, narrándolo luego de pueblo en pueblo. La salamandra le delataba a él y evidenciaba que la primera versión, la más antigua, era del XVII. Este animal desprende por la piel una sustancia que irrita la piel, si la coges, y hace su sabor desagradable a los depredadores. No es venenosa, y menos aún capaz de matar en una sopa, no ya a una, sino a un grupo de personas. Pero en la tradición literaria del Siglo de Oro tenía virtudes mágicas y demoníacas, acompañaba a los alquimistas, y se aseguraba que vivía en el fuego de las chimeneas. La versión del chocolate es más reciente. La bebida americana solo comenzó a tomarse masivamente en España en el siglo XVIII, más en las ciudades que en el campo. Las viejas brujas, que tan asociadas tenemos el medievo, fueron mucho más populares como arquetipo literario en el tiempo de Goya.

La realidad histórica tiene poco que ver con el cuento. Las aldeas se despoblaron entre 1350 y 1352, a consecuencia de la epidemia de Peste Negra que asoló Europa. Los historiadores nunca se han puesto de acuerdo sobre la mortalidad de aquella epidemia. Unos calculan que murió un tercio de los europeos, otros que la mitad. Seguramente no tuvo la misma incidencia en todas partes. Pero si tuviéramos que juzgar por el número de pueblos desaparecidos en nuestra meseta central, podríamos afirmar que solo sobrevivió una de cada tres personas. Porque por cada localidad que existe hoy existen en sus municipios uno, dos y hasta tres pueblos en ruinas.

El fenómeno que siguió al año de la peste aumentó la mortandad. La enfermedad ya estaba remitiendo, pero de pronto los europeos tuvieron que enfrentarse a un cambio climático puntual. El invierno se prolongó. No hubo primavera, ni tampoco verano. Fue lo mismo que el «año sin verano» en el que, cinco siglos después, se reunirían en la Villa Diodati Lord Byron, Polidori, y Percy y Mary Shelley. Pero las consecuencias en el medievo fueron mucho más duras, especialmente en Castilla. El centeno y el trigo del que dependían los campesinos no maduró, apenas hubo cosechas, y sin ellas tampoco pasto para los animales. Los supervivientes de la enfermedad, debilitados por un año de peste, enfrentaron otro de hambruna.

Cómo sobrevivieron esos pocos que luego continuarían la especie en nuestros pueblos hasta la actualidad. Se habían quedado aislados, ya no llegaban hasta ellos los enviados de los obispos o nobles, ni ellos viajaban a las villas para solicitar justicia o entregar el pago de impuestos. De qué se alimentaron. Practicaron el canibalismo acaso. Abandonaron a sus hijos en los bosques para tener menos bocas que alimentar, como se narra en los cuentos de los hermanos Grimm. No tenemos la menor idea, y es posible que nunca lleguemos a saberlo.

De lo que sí disponemos es del nombre de todos los lugares que se despoblaron, gracias a los trabajos del historiador Gonzalo Martínez Diez. Su punto de partida fue el Libro Becerro de las Behetrías, un censo fiscal mandado hacer por el rey Pedro I. Acababan de morírsele una cantidad ingente de súbditos en la epidemia de peste negra, y necesitaba urgentemente que los vivos siguieran pagando impuestos. Ya saben, en este mundo lo único inmortal es Hacienda. El Becerro contiene un dato excepcional, la relación de aldeas medievales, con sus nombres. Posiblemente el documento escrito más antiguo en que aparecen. Martínez Diez añadió a esa lista la relación de lugares de los Comunes de Villa y Tierra —las provincias medievales de Castilla, para entendernos—. Y así es como completó la lista de despoblados. Cuyos nombres han llegado hasta nuestros días.

En los mapas del Servicio Geográfico Nacional y en el catastro de cada provincia el nombre de cada aldea perdida se corresponde con la denominación de un paraje. Allí están las ruinas a que aluden los narradores de la leyenda, o la iglesia románica convertida en ermita. No murieron en una boda el mismo día. Pero tampoco tiene ningún sentido que en algunas aldeas no sobreviviera nadie a la peste y el hambre y en otras sí. Estaban separadas por apenas tres o cinco kilómetros. La lógica, la historia, y la epidemiología contradicen que pudieran suceder así.

Pero algunos documentos de 1352 parecen indicar que así fue. En el condado de Medinaceli, cuyas tierras se corresponden con territorios de la actual Guadalajara y Soria, se reunió ese año a los alcaldes de todas las localidades. Faltaron muchos a la reunión, y su ausencia se indica con un apunte junto al nombre de su aldea, «vacía». Es decir, despoblada. Es un dato recogido en su tesis por la catedrática de Ciencias y Técnicas Historiográficas de la Universidad de Sevilla, María Luisa Pardo Rodríguez.

Comunidades de villa y tierra de la Extremadura Castellana entre los siglos XI y XII

Fueron los supervivientes los que abandonaron los pueblos, por elección. En una economía campesina como la medieval estar casado y tener hijos garantizaba la subsistencia mediante el reparto de tareas. Del grano conseguido y la cría de animales dependía comer hasta la siguiente cosecha. Los viudos, viudas y huérfanos que se recuperaron de la peste se desplazaron a la población donde creyeron tener más oportunidades de sobrevivir. Dos indicios se conservan hoy día que apuntan a que esta fue la solución adoptada.

En los pueblos que cuentan la leyenda y que además conservan la iglesia del desaparecido se celebra anualmente una romería. Los vecinos acuden a pie a la antigua aldea medieval, y celebran una comida en común en sus campos, al aire libre. No es difícil ver en eso la añoranza de un puñado de supervivientes del siglo XIV, que sentían nostalgia por su lugar natal, tradición que perpetuaron sus descendientes.

Hay otro indicio, este en las poblaciones que siguieron en pie hasta la actualidad. Es una ermita de planta rectangular, con la cabecera al oeste y la puerta al este, y evidencias de haber sido construida en el siglo XIV. No falta en ningún pueblo de la leyenda, y o bien actualmente, o bien en los archivos antiguos, figura como dedicada a san Roque. Ese santo medieval que se curó de la peste, y al que se encomendaban los enfermos. Antibióticos no había, así que aquellos reagrupados quisieron erigir un talismán protector, una conexión con Dios que les protegiera de nuevas oleadas de la enfermedad. Además de que una obra como esa, afrontada en común, ayudaría a cohesionarse a esa nueva comunidad de relativos desconocidos.

No hay nada más frágil que la memoria humana, así que entre trescientos y cuatrocientos años después, nadie se acordaba de la peste ni el hambre. Los vecinos adoptaron la leyenda del ciego que cantaba romances para explicarse a sí mismos por qué tenían cerca un pueblo abandonado. La inquietante sensación de sus calles vacías y sus casas aún en pie es más fácil de imaginar hoy, que nos vemos obligados a ir a la compra, la farmacia o el banco por ciudades desiertas y extrañamente silenciosas. Quizá por esa razón tenga la ficción la inquietante amenaza del veneno y la muerte pesando sobre su argumento.

Me topé por azar con la leyenda de la boda y la vieja. Desde muy joven he viajado por capricho y deporte a los pueblos perdidos de Castilla, esos que no figurarán nunca en ninguna guía turística. Cuando descubrí los mapas de Martínez Diez me puse a perseguir aldeas fantasma. No siempre encontraba ancianos que hubieran oído contar, o contaran, la leyenda. Una vez me explicaron, como si fuera la cosa más natural del mundo, que de boda nada, que sí tenían un pueblo desaparecido, pero que se lo comieron, siglos atrás, las hormigas. Lo que nunca faltaban eran las ruinas, en el paraje indicado.

Había algo mágico en esos viajes, cuando la iglesia, pequeña, románica, rural, estaba en pie. Era extraño topar un edificio en mitad de la nada, rodeado de pequeños montículos que son, seguramente, los restos de las viejas casas. Muchas veces me senté a la sombra de sus pórticos, o apoyé la espalda en sus paredes cuando no los tenían. Escuchaba el piar de los pájaros, los cencerros sonando en la distancia, las cigarras o ese como ladrar que hacen los corzos cuando están en celo. Rara vez encontraba a nadie.

Ahora que estoy encerrado me acuerdo con especial nostalgia de esas largas excursiones en bicicleta. Hace veinticinco años que me contaron la historia de la vieja y la boda por primera vez y la mayor parte de sus narradores, que eran ancianos, están muertos. Y no sé si significa algo que cuando una epidemia termina lo único que quedan para explicarla sean palabras y leyendas. Volvemos a estar cercados por otra, y yo me pregunto si alguna vez en el futuro, cuando todo esté olvidado, inventarán una razón ficticia para explicar por qué salíamos a las ocho de la tarde, a aplaudir a los balcones, en aquel lejano año de 2020.

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12 Comentarios

  1. Un artículo que te atrapa desde el comienzo. Muy bien escrito y con mucho trasfondo. Lo he disfrutado infinito y por un instante, he podido escuchar ese murmullo de piedras abandonadas alrededor. Enhorabuena.

  2. Muchas gracias por el artículo,
    yo escuché la historia por primera vez de mi padre cuando pasamos por la carretera junto a Obétago de camino a Maranchón.
    En la versión de mi padre la vieja echó la salamandra a la sopa en venganza por ser la única que no fue invitada a la boda. Creo que es una forma clara de decir que no podemos permitirnos dejar a nadie de lado.
    En este caso Obétago tuvo un final más reciente ya que Madoz 1849 lo describe como despoblado conservando 3 casas pero su término seguía deslindado de los de Layna, Maranchón, Sagides y Judes. La explicación del abandono parece ser las enfermedades (Paludismo) causadas por la zonas palustres junto al pueblo.
    Aunque a mis hijos les conté desde pequeños la historia de la salamandra, y ahora se la oigo contar a mi hijo a sus amigos presumiendo que cerca de su pueblo hubo una vieja que envenenó a todos los vecinos.

  3. Así nos sentimos más cerca del «Homo Moedievalis» que del idiota integral del «Homo Deus». Ya era hora.
    Muy buen artículo, pardiez.

  4. En mi pueblo dice que era una salamanquesa, y la vieja salió a gritar a un morrete, que ahora lleva ese nombre.
    Amigos de los pueblos vecinos tienen su leyenda, y pensábamos que nos la habíamos copiado unos a otros.
    Cada uno defendiendo que su pueblo era el origen de la leyenda y su verdad, la única verdad posible, por supuesto.

  5. ¡Porca miseria, caro señor! Me ha hecho más melancólica la tarde. Mi barrio estuvo siempre bastante animado y no hubo día para mi fastidio que no sonara el timbre por una pelota rebelde, por los Testimonios de Jehová, los vendedores de novedades, el cartero y mi vecino con su música alta. Cuando volvamos a la normalidad me iré a jugar un picado con los pibes; escucharé hasta el final los argumentos de los religiosos y hasta les preguntaré cómo la pasaron; mostraré un poco de interés por las ofertas; trataré de seguir el ritmo de mi vecino y, a pesar de que siempre son abultadas boletas de pagar le daré un gran abrazo al fiel cartero. Entre mis intentos de escritura escribí una vez, hace ya tanto, que “me gusta ver pasar el mundo y sus malabarismos, los de barrio y los del cielo, los cósmicos” pero jamás imaginé que tendría que hacerlo detrás de una ventana, o hablando de lejos, a los gritos y no ver un alma por las calles.
    Excelente descripción y comentarios. Tendría que ir alguna vez a visitar esos pueblos abandonados. Tal vez sus atracciones en mí, se deban a que son una excelente metáfora de lo que fuimos, los muros, leyendas e historias que nos formaron. Gracias por la lectura.

  6. Tus palabras me transportaron a esos pueblos y a otros tiempos. Y qué lindo estuvo el viaje. Un hermoso texto. ¡Gracias!

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