
En la Segunda Guerra Mundial, las tripulaciones de los submarinos padecieron la mortalidad más elevada de entre todos los cuerpos regulares, solo superada por unidades aberrantes que estaban fuera de la estructura militar normal, como las de los pilotos kamikazes japoneses, o como los pelotones de castigo, soviéticos y alemanes, que usaban a presos como carne de cañón. En ningún otro cuerpo del aire, el mar o la tierra era tan fácil morir. Tres de cada cuatro tripulantes de submarino no regresaban a casa; algunos caían prisioneros si tenían la suerte de que su capitán se rindiese al enemigo, pero la mayoría de las bajas eran hombres que se perdían en el océano para siempre. Los submarinos eran armas muy efectivas contras las flotas de superficie y hundieron una gran cantidad de buques, pero también eran muy vulnerables cuando eran detectados y, si uno era alcanzado por una carga de profundidad o, cosa de mala fortuna, chocaba con una mina, se convertía en un ataúd de metal. Cuando se hundía, todos sus hombres sabían que estaban condenados a morir. Era tan difícil que un tripulante escapase de un hundimiento que en la Royal Navy británica, durante todos los años de la guerra, solo cuatro marineros sobrevivieron a una situación semejante.
En 1941 no se había conseguido encontrar solución a este problema. En los submarinos existían cápsulas de escape unidas al resto del submarino mediante un compartimento estanco. En teoría, siempre que las cápsulas no estuviesen dañadas, permitían que algunos hombres salieran flotando a la superficie. En la práctica, sin embargo, no eran útiles. Solo servían para escapar desde una profundidad máxima de treinta metros. Desde más abajo, un hombre tenía muy pocas opciones de superar el terrible síndrome de descompresión que se produce cuando alguien asciende con rapidez hacia la superficie sin realizar paradas regulares para que su organismo se acostumbre gradualmente al cambio de presión. Aquellas cápsulas, que salían a flote por el mero hecho de estar llenas de aire, no podían regular su ascenso y era imposible detenerlas a medio camino. Sin esas paradas regulares, el cuerpo humano responde al cambio de presión convirtiendo el nitrógeno de la sangre en mortíferas burbujas, que se diseminan por todo el cuerpo, provocando terribles síntomas y fallos orgánicos que pueden causar la muerte instantánea o, a veces, después de haber salido del agua. En caso de ataque enemigo, el submarino necesitaba descender lo más posible, casi siempre por debajo de los treinta metros. Al final, los capitanes de submarinos británicos recibieron la orden de bloquear las cápsulas desde el exterior, lo que las dejaba inutilizables pero evitaba que se soltasen por accidente con las sacudidas de las cargas de profundidad, algo que podía provocar la inundación del submarino incluso si no era alcanzado de lleno.
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Qué buena historia. Gran artículo, enhorabuena, me ha encantado.
Fantástica historia. Muchas gracias
No conocía este incidente. Impresionante lectura. Gracias.
Durante un rato, he recordado el placer de la lectura de aventuras,
puravida!