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Tejedor de mitos: de eros, tiempo y poesía (I)

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Tejedor de mitos podría traducirse como «cuentacuentos» o «creador de ficciones» o «inventor poético». ¿Por qué teje mitos Eros? Quizá porque el deseo actúa en los amantes como un encantamiento sobre la vida entera de la imaginación, sin el cual ni el amor ni la filosofía podrían alimentarse a sí mismos durante mucho tiempo. […] Podría decirse de Safo no menos que de Sócrates […] que el conocimiento de lo erótico es la búsqueda suprema de la vida. (Anne Carson)

 [1]

Cuando el poeta Ovidio increpa a Cupido al comienzo de su obra Amores: «¿es acaso tuyo el mundo entero?», expresa una queja mucho más grave de lo que la consabida excusa retórica deja traslucir; a saber, que el poeta no puede cantar temas épicos, según los deseos del emperador, porque el dios del amor lo empuja una y otra vez a la elegía amorosa, considerada «menor» ante otros géneros.

El mandato divino, pues, lo abarca todo; incapacita al de Sulmona para ocuparse del ideario ideológico de Augusto en favor de otro ideario fuera del tiempo cronológico y preciso; exige una obediencia de naturaleza impersonal e intemporal, aun a costa de perder el favor de los poderosos y la fama entre los hombres.

No se puede negar que las aventuras narradas en Amores son concretas; son, verbal y visualmente, inequívocas. Pero el sometimiento a Eros va más allá del encuentro de dos cuerpos y sus respectivos nombres, díganse Ovidio y Corina o de cualquier otro modo, y sean cuales sean sus peripecias de alcoba. El pequeño y arbitrario dios obliga al ser humano a seguirle los pasos porque, en el fondo, de la misma fuente que su imposición surgen las ingentes y diversas sacudidas imaginativas que zarandean el mundo de aquí abajo.

Incluso estando físicamente solo y llevando una vida inconsolable en el exilio, la vejez o la miseria, necesita el poeta adscribirse a esta urgencia erótico-creativa que trasciende su momento y su circunstancia, que lo vuelve inespecífico: un nombre menos, por fin, en el continuo de la civilización humana. Solo Eros conservará su apelativo. Lo demás será ceniza enamorada.

[2]

Su primer encuentro con la poesía de carne y hueso, fuera de las lecturas escolares preceptivas: Los versos del capitán. A sus dieciséis años, esos poemas violentos, ardientes e irremediablemente bellos, tensaron las costuras de su —hasta entonces— cerrado mundo.

Lo que provocaron los poemas de Neruda en ella, sí, el mismo Neruda cuyas indignas acciones no le hubieran librado hoy de la condena social e incluso penal, es probablemente lo más decisivo que haya tenido lugar en su vida, real e imaginada, aunque apenas nadie llegara a enterarse: comprender que la poesía es cuerpo, es Eros, está ahí afuera, no aguarda pasivamente en los libros. Y estremecerse de puro comprender.

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