Arte y Letras

Berger vs. Sontag: no me cuentes historias

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John Berger y Susan Sontag. (DP)

«Todas las historias empiezan en su final», aventuró John Berger (Londres, 1926) ante las cámaras de la BBC. «La historia de Romeo y Julieta, por ejemplo, empieza en su muerte, ahí es donde adquiere sentido. Cuento una historia porque una vida se ha vivido, veo un cierto significado en ella y me gustaría conservarla para que no se pierda, no se olvide».

Susan Sontag (Nueva York, 1933), su interlocutora en el espacio del Channel 4 Voices, era de otra opinión. «Hablas de una sociedad remota cuando contar historias está mucho más diversificado en las sociedades actuales», aclaró en aquel lejano año 1983. «Los padres cuentan historias a sus hijos, los niños las demandan. Experimentamos historias mediatizadas por la imagen, en la televisión y el cine, y las leemos impresas. Sabemos de dónde provienen, pero no en lo que se han convertido o qué desafíos plantea contarlas hoy».

En el yermo cultural de nuestras cadenas públicas, actualmente resulta impensable una dialéctica televisiva —amable pero afilada, infinitamente estimulante— como la que encaró al crítico de arte, pintor y novelista británico exiliado en la campiña francesa con la recalcitrante urbanita neoyorquina. Heterodoxos y huidizos ante los lugares comunes, compartían la dualidad del ensayista que es además autor de ficción, aunque el primero no viese diferencia ninguna entre ambas prácticas y la segunda las tuviese segregadas mentalmente. Ambos trabajaron en el ámbito cinematográfico y reflexionaron sobre la imagen en general y la fotográfica en particular, intuyendo un futuro de sobreabundancia icónica que ya está aquí.

«Intercambiar ideas y opiniones sobre esa en cierto modo misteriosa actividad que es contar historias», había presentado el espacio Berger tras una cromática cortinilla y una sintonía de jazz, con su expresividad retorcida y esos ojillos azules por donde se escapaban destellos de una mente siempre en ebullición, chispas de un alma intuitiva y generosa. Frente a él, sentada a una pequeña mesa en un plató sobrio pero acogedor, la atractiva e indomable Sontag parecía estar allí para rebatir casi todo lo que su solícito contrincante proponía en un duelo donde las ideas arrojadizas no hacían mella en el oponente, sino todo lo contrario, alimentaban un intercambio de rompedoras reflexiones.

Al Berger escritor le estimulaba un modelo advertido en una vida ajena, una película, una pintura o una obra literaria, algo que por definición no podía expresarse en palabras, «que existe como una pequeña melodía, un patrón de colores o una forma geométrica». Pugnaba por recrearlo en palabras hasta que estas se aproximaban al máximo, «pues nunca están lo bastante cerca», al modelo no verbal «visto, intuido, sentido». Sontag, en cambio, se autoalimentaba al escuchar voces en su mente, frases completas y sugestivas de argumento y prosa que aparecían sin anunciarse. «Es una inducción, un proceso de invención íntimamente conectado con el lenguaje, el tono, la voz que escucho en mi cabeza».

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7 comentarios

  1. grifo de lavabo blanco

    Buen articulo. Gracias por compartir.

  2. magnífico artículo, agradecería mucho los enlaces a las entrevistas porfi!

  3. magnífico artículo, agradecería mucho los enlaces a las entrevistas porfi! me quedé con mono d debate entre ellos

  4. lotusflower

    ‘la atractiva e indomable Sontag’ ¿en serio, Jotdown?

  5. Pingback: No me cuentes historias – Irene Klein

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