
Raya diplomática y corbata a juego bajo la mejor de las sonrisas. «La última vez que hablé con un comunista, sabiendo que era comunista, fue en algún momento de 1934», respondió Kim Philby. Aquella rueda de prensa se sigue utilizando por la inteligencia británica como lección magistral en el arte de la mentira.
Fue en la mañana del 8 de noviembre de 1951 cuando, desde el salón de la casa de su madre en Londres, Philby se vio obligado a explicarse en público sobre sus supuestas lealtades a Moscú. La larga cadena de fracasos de cada operación encubierta en suelo soviético, unida a dos inoportunas deserciones de sendos agentes dobles cercanos a Philby, pusieron a este contra las cuerdas en el ecuador de su carrera. Por supuesto, el maestro del engaño salvó sus naves; de hecho, aún faltaba más de una década para que el mundo descubriera que Kim Philby fue el mejor en lo suyo.
Pero empecemos por el principio. Harold Adrian Russell Philby nació en el Punyab en 1912 porque su padre, Hillary Saint John Philby, era un administrador colonial además de explorador, arabista, escritor y reconocido ornitólogo que llegó a ser asesor personal de la casa del rey Saúd en los albores de la satrapía del Golfo. Philby padre encarnaba a la extravagante y decadente élite británica del ocaso del imperio en busca de una notoriedad que se extinguía y, en cierta forma, Philby hijo heredó esa pulsión. También un seudónimo, Kim, que su padre sacó de la popular novela de Rudyard Kipling. Aquel niño indio de origen irlandés que espiaba para los británicos en el XIX se reencarnaría en un oficial británico que espiaba para Moscú en el XX. El nombre quedó para siempre.
Será durante su adolescencia cuando, en palabras del propio Philby, se imprime en él una «sólida escala de valores»; cuando encuentra una «conexión emocional» con los pobres y los desfavorecidos que le desengancha de los «ricos y arrogantes». Los suyos. Su precoz ateísmo escandalizará a su abuela, y también a su padre, cuyo orientalismo llevó a convertirse al islam. Kim lo idolatraba y detestaba a partes iguales. Nunca recibió muestras de afecto de aquel hombre siempre ausente, tan solo una educación formal que había de abrirle las puertas de Westminster y Cambridge. Allí estudia historia y economía en el Trinity College, y también marxismo. A principios de la década de los treinta, el fascismo está al alza por toda Europa y, para muchos, el comunismo será el único muro de contención. Kim también lo cree. Es precisamente uno de sus tutores quien lo orienta hasta hacerle llegar a la filial de la Internacional Comunista en Viena, donde su camino se cruza con el de Litzi Friedmann, una joven comunista austríaca de orígenes judíos. Se casarán pocos meses más tarde, y será ella la que medie en el encuentro más decisivo de su carrera.
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Philby se enganchó al espionaje como yo me he enganchado a este maravilloso artículo. Gracias.
Extraordinario artículo. . Un lujo.
Un traidor es como un idiota, un personaje que mancha todo su entorno. Tira piedras en contra de los suyos sin que en el fondo se sepa muy bien el porqué, aparte del engreimiento de ser más inteligente que los demás, pues tampoco termina por creerse del todo el sistema en favor del que trabaja. Y viceversa. Una vez en Rusia, nadie se fiaba de un personaje así.
Recomiendo la lectura de “El simpatizante” de Viet Thanh Nguyen.
La leí hace un par de meses. Bastante floja, mucho lugar común, poca imaginación.
No hay traición si se cree en algo. Un blanco oculto entre azules es un blanco discreto.
Gloria a Philby y a todos los luchadores comunistas.
Hay traición si traicionas a los tuyos. Y si lo haces por sentirte intelectualmente superior, estás engreído y ofuscado.
A propósito de los comunistas, recuerdo dos anécdotas. Una cuando el guardia de un campo de concentración en el Gulag preguntó a un preso político:
– ¿A cuántos años estás condenado?
– A quince – respondió el preso.
– ¿Por qué delito? – replicó el guardia
– Por ninguno – contestó el preso agachando la cabeza.
– No mientas -dijo el guardia-. Por ninguno solo te hubieran caído diez años.
Y la otra, cuando tras recibir a una delegación georgiana en Moscú, Stalin se puso a buscar su pipa. Como no la encontraba, y aprovechando que la delegación se encontraba en los pasillos del Kremlin, envió a Lavrenti Beria con este encargo:
– Ve tras la delegación y averigua cuál de ellos se ha llevado mi pipa.
Beria, obediente, salió corriendo y al rato Stalin encontró su pipa debajo de unos papeles. Llamó a Beria y le dijo:
– Laurenti, no te preocupes que ya he encontrado mi pipa, la tenía aquí mismo, entre mis papeles.
– Demasiado tarde camarada -respondió Beria-, la mitad de la delegación reconoció haberse llevado tu pipa, y la otra mitad murió antes de que cesasen los interrogatorios.
Esa es la gloria de sus luchadores comunistas. Patéticos payasos.
Estoy seguro de que chistes de esos podemos hacer de todos los regímenes y paises extremizados. Una de las características del totalitarismo de cualquier signo es la coacción y la tortura para conseguir sus propositos y la represión absoluta de los pensamientos contrarios al impuesto.
Otra cosa es que en paises como EEUU, al no haber cambiado de regimen, se haya lavado la cara de las acciones de la CIA…
Patéticamente payaso es utilizar esos chistecitos mediocres.
Caricaturas de ese tenor se pueden hacer de cualquiera, también de los neoliberales, de los reaccionarios, de los progresistas o de los que posturean permanentemente de ir de neutrales y/o apolíticos.
Aquí en España frente a la dictadura de Paco hubo unos «atletas morales», en expresión de Vázquez Montalbán, que precisamente fueron los luchadores comunistas.
Comunistas fueron Buero Vallejo, Óscar Niemeyer, Sciascia, el recién fallecido Morricone, por citar cuatro gotas de un océano.
Citaré también a los miles y miles, cientos de miles al menos, que, aparte de soviéticos, eran sinceros comunistas y que lucharon y triunfaron sobre el nazismo.
Yo creo que patético payaso aquí sólo está usted, Constantino.