
—Venga, arriba, que empieza el colegio.
El lunes 7 de septiembre de 2020 mis hijos mayores separaron los párpados como el que espera regalos. Se levantaron de la cama con cierta dificultad, despegándose del sueño con ruido de velcro. El pequeño me alcanzó corriendo tras un salto. Subí las persianas y dejé pasar la luz de la calle. Ahí fuera la gente caminaba al trabajo mostrando solo una parte de su rostro. Ya éramos todos miradas perdidas y una nueva costumbre. Coches, autobuses y motocicletas. El barrio y su asfalto como la vena y la sangre de una ciudad que no se reconocía en las fotografías. Un nuevo mundo hecho paréntesis hasta el siguiente. Añadiendo incertidumbre a la incertidumbre que es la vida.
Los niños se sentaron a desayunar. Leche y tostadas con aceite y sal. La ropa para las clases colgaba de una de las sillas del despacho. Había sido preparada con cuidado la noche anterior. Hice memoria mientras bebían leche y se les manchaban los labios. Pensé en el último día que pasaron en las aulas. Fuimos a recogerles con su hermano pequeño. En el patio jugaban unos con otros sin entender que se les venían encima las más largas vacaciones de verano. En aquel momento el punto y aparte lo ponía la precaución. Los niños como elemento dinamizador de una pandemia. Ellos no entendían nada pero estaban a punto de permanecer entre paredes más de tres meses seguidos. Nada más que la ventana y solo la ventana. Ahora pienso en ello y creo que mientras lo hago se me van cayendo poco a poco las palabras. Hicieron travesía para otros y apenas se quejaron de estar caminando.
Aquella medida fue necesaria. Hoy disponemos de un mayor conocimiento del comportamiento del agente que nos cambió la vida, ese asesino de la normalidad llamado SARS-CoV-2. Sabemos que los niños se contagiaban. Aquel conocimiento no tardó en llegar y los que trabajamos con críos aquellos meses entendimos pronto que el virus no hacia ascos a la infancia. La gran mayoría de los niños con sospecha de estar infectados se encontraban en su domicilio. Pero no sabíamos ni cuantos ni durante cuánto tiempo, porque no disponíamos de técnicas diagnósticas para concretar aquello. En los meses que fueron de febrero a junio el virus navegó en la infancia como un espectro que movía los libros. Solo escuchábamos el ruido pero no éramos capaces de saber el número de contagiados.
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De Telecinco o La Secta me lo esperaba
Jotdown, otra decepción; otra más
¿Que era NECESARIO tener 3 meses encerrados los niños? ¿Sin derecho ni a dar una pequeña vuelta ni que les diera un poco el aire y el sol? Se les ha tratado como perros! Uy! Qué digo?.. Si los perros tenían más derechos que los niños!!
Ha sido lamentable cómo se ha tenido a la infancia entre 4 paredes, habrá que estudiar qué impacto psicológico y secuelas han quedado en ellos. Ha sido tremendo pudiendo hacerse de otra manera más respetuosa pero con seguridad igualmente.
Jolin Alberto, algunas cosas que escribes…que las vas leyendo con el corazón saliendo por la boca…ains es cómo el primer capitulo de una serie intrigosa :)