Arte y Letras Literatura

Inventa, memoria

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Véra y Vladimir Nabokov, 1958. Fotografía: Carl Mydans / Getty.

Creo que, de hecho, nunca volveré a Rusia. No me interesan las fábricas, y lo único que me atrae es un pequeño paisaje cerca de San Petersburgo, porque representa mi infancia. (Vladimir Nabokov, entrevista en Tribune de Lausanne, 1963)

Al pisar un lugar desconocido, el visitante se convierte en cartógrafo, arquitecto y urbanista. Con sus primeras impresiones traza, en su imaginación, un mapa propio de ese territorio ignoto. Solo al cabo de los días, después de recorrerlo y habitarlo, de explorarlo hasta sus últimos recovecos, podrá confirmar, o refutar, la fidelidad de ese plano ideado, en principio, como una alternativa al original. Por eso, los recién llegados a un destino se esmeran en calibrar su sentido de orientación, en aguzar oídos y mirada para perder cuanto antes su condición de extraviados y excluidos. 

En el crudo invierno de 1905, se apeó en la pequeña estación ferroviaria de Síverski —unos ochenta kilómetros al sur de San Petersburgo— la institutriz suiza de Vladimir Nabokov. Para salvar la distancia hasta la hacienda de la adinerada familia la esperaban dos trineos (uno para ella y otro para su equipaje), una modesta acogida que no evitó que se sintiera abandonada, según dijo, «comme la comtesse Karenine». En Habla, memoria, el escritor ruso cuenta que aquel fue el único invierno de su niñez que pasó en el campo, debido al bronco clima social que caldeaba la capital del imperio. Si bien él, entonces un niño de seis años, no acudió al andén para recibirla, intentó imaginar todo cuanto pasó por la cabeza de aquella mujer en la última etapa de un fabuloso viaje de casi tres mil kilómetros. La única palabra que sabía en ruso era gdie (dónde), exiguo vocabulario con el que se las arreglaría hasta regresar una década después a Suiza. Al emitir ese graznido ronco, como un pájaro perdido, apuntó Nabokov, «acumulaba tal fuerza interrogadora que satisfacía todas sus necesidades». Gdie? Mientras uno ignora dónde está, el tiempo se curva, se dilata, se contrae. Gdie? Tomando ese momento en el que la preceptora llegó a su destino —al mágico lugar que sería la arcadia perdida de Nabokov, allí donde descubrió la ciencia de los lepidópteros, su primer amor o la riqueza de la lengua rusa—, el autor de Pálido fuego compuso uno de los fragmentos más delicados de su libro, ese pasaje en el que diserta sobre la estructura evanescente de la memoria y la dificultad de trasladar al papel el paisaje de la infancia, para él una entidad abstracta e inenarrable, anclada en un espacio-tiempo inasible: 

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2 comentarios

  1. Antonio Yelo

    Que se lo digan a Gerald Martin (biógrafo de García Márquez). El hispanista, despues de 17 años de trabajo, creía haber detectado todas las diferentes versiones que el escritor colombiano había contado sobre los hechos más importantes de su vida. Pensaba que tenía claro qué era verdad y qué inventado. En 2009 dió el manuscrito para publicar y, con el libro ya en la calle, se enteró de que Gabo se la había vuelto a colar. Le había vuelto a «mentir». Ya no se podía hacer nada. El premio Nobel había vuelto a novelar su pasado y lo había hecho a los oídos de su biógrafo. A Martin no le quedó otra que resignarse.
    La memoria es ficción, no hay más. Ni menos. Y Gª Márquez lo sabía mejor que nadie.

  2. Es que la vida, sin ficcionar, resulta difusa, informe y contradictoria. No hay otra. Todo relato es ficción. La biografía es siempre incierta y dudosa y en cuanto a la autobiografía, es un imposible metafísico.

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