
Ni siquiera la irrupción de la pandemia en el escenario mundial ha borrado del todo el debate sobre a dónde vamos como sociedad, políticamente hablando. Se ha instaurado en diversos ámbitos una reclamación de más democracia como el medio para atajar la desigualdad, tanto real como supuesta. De hecho, es una palabra que continuamente aparece por todas partes en boca de cualquiera, ya sean medios de comunicación o conversaciones de barra de bar y que, junto con «libertad», debe ser una de las dos excusas más manidas para cometer cualquier tipo de tropelías. A cualquiera le vienen unos cuantos ejemplos a la cabeza. Se reclama incansablemente como remedio a todo mal político una variedad de democracia más «directa», con una supervisión más cercana por parte de la ciudadanía.
Aunque pueda parecer gratificante ver lo arraigado que está el concepto de democracia en la mentalidad popular, se pueden albergar ciertas sospechas de que sea solo de boquilla, o una adaptación libre de la novela. ¿Cuánto sabemos de un tipo de gobierno que, como nos contaron en el colegio, nació hace mucho, mucho tiempo en la Grecia clásica, concretamente en una ciudad que no hace mucho sufría los embates de una oligarquía adinerada cada día más insolente y desvergonzada, la antiguamente bella Atenas? El primer ejemplo de una democracia en funcionamiento no solo es excepcional, sino que se trata de un caso de estudio esencial para comprender en qué consistía, qué condiciones son necesarias y cuáles son sus ventajas e inconvenientes —que los tiene—. Resulta llamativo que un escolar español actual solo trate el asunto de pasada, con solo doce años de edad, sin la profundidad necesaria como para captar sus implicaciones, así que urge llenar este agujero negro.
Allá por el siglo VI a. C., Atenas, como cualquier otra polis arcaica que se precie, estaba dirigida por un tirano con un nombre de dudoso gusto, Pisístrato. Esto no significa que el hombre se paseara de uniforme y se divirtiera enviando gente a prisión mientras reía malignamente; originalmente un tirano se refiere a un miembro de la oligarquía de la ciudad, un aristócrata que gracias a apoyos y maniobras políticas se erigía con el poder, ejercido personalmente. Este tipo de gobierno en un principio no se veía como algo necesariamente malo; de hecho, era el típico de las pequeñas ciudades-Estado griegas de entonces, que se componían de una capital con su templo, su ágora y su gimnasio, por un lado, y del campo circundante por el otro, con sus campesinos en sus chozas y su ganado. Las polis las gobiernan un reducido grupo formado por los ciudadanos más pudientes, que además son los que salen a partirse la cara por ella. Lógico, puesto que son los únicos que se pueden costear el armamento.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Además de las mujeres, los «thetes» y los «hektemoroi» había otro grupo importante de excluidos: los esclavos. No representaban, ni mucho menos, la gran masa que fueron en el período romano pero su número no era precisamente despreciable. Los menciono para no blanquear en exceso a los helenos y la sociedad del mundo antiguo.
Una sugerencia constructiva. ¿Podríamos sustituir blanquear por idealizar?
Continuación pronto, por favor!
Pingback: El mito de Esparta (1): Prietas las filas - Jot Down Cultural Magazine
Pingback: El mito de Esparta (2): Si hay que ir se va, pero ir pa ná es tontería - Jot Down Cultural Magazine