Mediados de los noventa. Un viernes cualquiera. Sobre las dos de la madrugada.
Supongamos, con estas coordenadas temporales, que un adolescente medio de aquel entonces quisiera ver cine para adultos en una conocida cadena privada con programación codificada. Pero nuestro imaginario amigo no está abonado al canal, con lo que le quedarían dos opciones en cuanto al establecimiento de las coordenadas espaciales para cumplir dicho objetivo. Una de ellas sería acudir a su propio aparato televisivo, habida cuenta de que el duende mágico que pinta las rayas de las codificaciones —como todo el mundo sabe— pinta algunas menos a esas horas; y, además, si bizquea un poco, como mirando un estereograma 3D —también de moda en aquellos tiempos—, tendría lo más cercano a un free porn at home en aquellos tiempos pre-internet.
La otra opción, mucho más sana para la vista, es trasladarse a un aparato televisivo con descodificador, evidentemente. Para ello, planteemos que existe un amigo afortunado cuyos progenitores pagan la cuota respectiva y que igualmente existe la fortuita coincidencia de que estos mismos salen el fin de semana para que el susodicho convoque reunión/fiesta —normalmente masculina— para celebrar el evento. Y ahí tenemos a lo que sería una especie de comitiva juvenil rodeando el televisor, que bien podría devenir en krampack si no fuera porque el anfitrión ha puesto como norma y condición que los trabajos manuales, cada uno, en su casa.
Sorteado el único obstáculo de hacerse con la llave descodificadora —depositada en una mesita de noche y protegida por un abuelo medio sordo con el sueño muy pesado— no queda más que sentarse a gozar de la sesión. Toda una vida de sexo, reza la programación. Y así reza también el subtítulo en pantalla bajo el título original en italiano: Tutta una vita, dirigida por un tal Mario Salieri. Acto seguido, los títulos de crédito se van desplegando al tiempo que presenciamos un fragmento de un discurso de Benito Mussolini seguido de dinámicas imágenes bélicas en blanco y negro, con un sobrecogedor efecto de llamas estampadas, todo aderezado musicalmente con un breve trozo del Carmina Burana y otros grandes de la música clásica. Nuestra asamblea de notarios, pese a la excitación provocada por la anticipación, se desencaja un poco ante la dantesca introducción… y alguno comprueba si están viendo el canal correcto.
Empieza la película con un melancólico relato de memorias biográficas. Una mujer anciana —Gabriella Dari ataviada con una peluca gris, algo de maquillaje y un vestido negro que poco esconde que de anciana no tiene nada— visita la antigua casa de su familia en la que vivían felices pese a los tiempos de guerra. Allí, los recuerdos trasladan a nuestra protagonista al momento en el que el hermano fascista de su padre se fue a vivir con ellos. Y de esta forma, durante casi un cuarto de hora se va desarrollando la trama sin atisbo de media pechuga en el horizonte. Tras varias quejas y algún “callad, que no oigo el argumento” del intelectual de turno —que prácticamente es corrido a boinazos— parece que algo caliente podría empezar a cocerse. La escena en cuestión es la de esa misma humilde familia campestre compuesta por una estupenda Gabriella Dari —ahora ya en su juventud— y su bonachón padre, cenando un plato de minestrone. Pero esta agradable estampa queda interrumpida enseguida por la entrada en escena de un nocturno oficial nazi. Y pese a la conciencia general establecida de que los nazis, normalmente, son los malos de las películas, éste en particular casi se lleva un aplauso de la espitosa muchachada.
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http://tentaciones.elpais.com/2012/01/%C3%A1brete-de-orejas-i.html
Pingback: Mario Salieri y la ingeniería del pecado (NSFW)
Excelente artículo. Ha clavado usted, con perdón, todo sobre Salieri, uno de los mejores del género. Si se anima y tiene tiempo hago una petición de artículo sobre las películas de la productora Alpha France, de los años 70.
Buen enlace, Passereau. Precisamente, en el tema musical y Salieri no he entrado mucho (que ya es irónico, con ese seudónimo). Por completar lo dicho, no es un tema particularmente destacable : Recurre a fuentes habituales para el género (sonidos de jazz-blues) en sus primeros trabajos y alguna que otra extravagancia (me parece haber escuchado algo de new age en alguna producción suya). Y para sus trabajos más maduros y oscuros, cuando no usa el completo silencio musical, coloca algunas melodías ambientales muy vagas para generar intriga, tensión o inquietud.
Gracias por el comentario, Bigote Prusiano. A los franceses de los setenta los visitaremos en algún momento, sin duda. La imagen mental con Brigitte Lahaie a la que me refería en el apartado temático respecto del «porno de la luz» es de «Les petites ecolieres» de Claude Mulot, una indispensable de aquel momento. Es posible que también considere algún que otro artículo más ligero antes, pero le daremos unas cuantas vueltas a su planteamiento.
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Salieri también ha intentado incluir el transgenero en sus películas, alguna vez filmó con Mariana Córdoba, una escena terriblemente sensual y sexual…
esta muy buena la historia
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para mi si no el mejor de todos en su linea, uno de los mas excelentes directores de cine erotico/porno de todos los tiempos, lejos pero muy lejos superior por encima de los americanos entre otros,un mago del xxx!!!
Sin duda alguna, el mejor director de cine X que ha producido el género. Sigue siendo ésa mezcla de erotismo-pornografía-morbo-drama, lo que le hace tan atractivo y atemporal. Lo prefiero mil veces, al porno moderno trufado de sadismo y violencia gratuitas, con planos genitales más propios de un consultorio ginecológico. Además, de que ya no se ven actrices de belleza 100% natural, como mi paisana Angelica Bella, para mí la mejor de todas o Simona Valli, Zara Whites o Selen. Un artículo excelente.