Ciencias

Dadme la muerte

Living will blanco y negro
Imagen: CC.

A dona que eu amo e teño por señor

 amostradema, Deus, se vos en pracer for, 

senon, dadema morte.

(Bernal de Bonaval)

De la vida de Sigmund Freud se conocen muchos detalles, habitualmente divertidos. Suele bromearse, por ejemplo, con que el padre del complejo de Edipo llegó a dicha conclusión al confundir con inusitada frecuencia el Día de San Valentín con el Día de la Madre. Pero que Freud sufrió un terrible cáncer de mandíbula durante los últimos veinte años de su vida es algo poco difundido. Freud combatió el dolor con los analgésicos de los que disponía, llegando a desarrollar una seria dependencia de la cocaína sobre la que escribió un bonito texto. Y se sometió a duras operaciones en su cara para tratar de curarse. 

Million Dollar Baby (2004), dirigida por Clint Eastwood, es una de las grandes películas del siglo XXI por lo que cuenta sobre la capacidad del ser humano para superar adversidades, pero, sobre todo, por lo que dice sobre la eutanasia, ese tabú de nuestras sociedades occidentales. O, mejor aún, porque enseña a separar «el miedo a la muerte», a la desaparición física, del «miedo a vivir esa muerte» o a «vivir una vida que ha dejado de serlo». «Hay que alargar la vida, no la muerte», señala Félix de Azúa en el aseado libro Debates sobre la eutanasia (Planeta, 2000) que compiló Carla Fibla. En Million Dollar Baby hay una escena clave, maravillosa: Maggie, la protagonista, es una campeona de boxeo que queda condenada tras un accidente en un combate a vivir completamente paralizada y conectada a una máquina. Frente a la negativa de Maggie a vivir una vida que ya no se parece a la que amaba, su entrenador, Frankie, decide —contra la ley— darle la muerte. 

Esta película ha sido tildada de «mortífera» y «arrogante» por los grupos religiosos. ¿Dónde está la arrogancia? ¿En el gesto de Frankie que quiere salvar a Maggie de un sufrimiento tan atroz o en la ceguera de la ley que prohíbe este gesto? La vida no es nuestra, no somos los amos, no la gobernamos; se nos escapa por todos los lados. Freud, otro gran sufriente, lo dijo claramente: «la enfermedad y la muerte desvanecen cualquier ilusión de dominio sobre nuestras vidas». 

El discurso médico, y todo el aparato tecnológico desarrollado para luchar contra la muerte, debe ser capaz de aceptar que la vida tiene que cumplir antes o después el momento de su entrega. Es aquí cuando asoma el tabú «rendición» oculto tras el rechazo de la eutanasia. Darse o dar muerte cuando la vida se encuentra con un muro impenetrable —una enfermedad mortal que ha destruido todo el vigor vital o un coma irreversible que borró toda su conciencia— nunca es escapar al límite, sino asumirlo.

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4 comentarios

  1. «…esa asepsia e higiene que exhala la eutanasia.»
    La eutanasia entendida como una de las bellas artes.

  2. Muy interesante, pero eché en falta referencias de los datos. Por ejemplo, de la cantidad de muertes voluntarias de Holanda. Por otro lado, se ha comparado el número de muertos con los suicidios? Me resultaria lógico pensar que la cantidad de suicidios en Holanda luego de 2002 disminuyó.

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