
La gramática es como el bazo o las ganas de llorar: esta ahí desde que nacemos, o incluso antes. La lengua que aprendemos después no es más que un cincel para dar forma a algo que nuestro ADN trae de serie. Queda dicho.
Todo esto les puede sonar muy raro y, de hecho, hay lingüistas que discrepan. No hagan caso; «el intelectual más importante de la actualidad» (New York Times), el que es «uno de los padres de la lingüística moderna» (clamor popular) está convencido de ello. Nos referimos, claro, a Noam Chomsky. Es uno de esos sonoros nombres con los que se da por un sesudo análisis político o por una preclara visión de la lingüística. Uno le empieza a seguir por un camino y, en algún momento, mira a un lado y descubre que este atleta del pensamiento también trota por otro que discurre paralelo. Luego resulta que es velocista y maratoniano; que corre simultáneamente por dos, tres, cuatro, o más pistas y, quizás lo más maravilloso, que estas se entrecruzan para abrir nuevos caminos aún por explorar. Decir que Chomsky es inabarcable resulta una obviedad, por lo que antes de enfangarnos en más metáforas para ilustrar su ubicuidad intelectual, nos centraremos en eso que mencionábamos del lenguaje.
Hay que remontarse a la década de los cincuenta para dar con la semilla de su aportación principal en este campo. Hasta entonces, los lingüistas consideraban las lenguas como un fenómeno puramente social, un conjunto de códigos arbitrariamente distintos que había que clasificar atendiendo a factores como los sonidos, lexemas u oraciones. Por poner algún ejemplo, hay lenguas SVO (sujeto-verbo-objeto) como el castellano o el inglés (Yo como patatas/I eat potatoes); lenguas SOV como el turco, el vasco o el japonés. Si se preguntaban por el klingon, sepan que es OVS, lo mismo que el hixkaryána, (lengua indígena de Brasil). También hay lenguas con artículos y preposiciones per se, y otras en las que se manifiestan en forma de caprichosas partículas que se añaden a las palabras; lenguas en las que el acento cae siempre en la primera sílaba (islandés); vergeles de consonantes en el Cáucaso, de vocales en la India…
Toda esta diversidad se estudia, se clasifica y se compara, pero independientemente de la particularidad de cada lengua, Chomsky fue el primero en plantear la hipótesis de que el lenguaje podía ser un esquema mental innato que explicara cómo alguien es capaz de aprender una lengua de forma natural y sin esfuerzo, y también de entender y producir un numero infinito de oraciones gramaticales. Los hablantes, todos nosotros, diferenciamos aquellas expresiones aceptables de las que no lo son en nuestras respectivas lenguas, de igual manera que entendemos que una luz verde en un semáforo significa «pasar», mientras que una roja lo contrario. Esto último lo sabemos porque alguien nos lo ha dicho, pero ¿cómo es posible que podamos conocer las restricciones de nuestra lengua si haber aprendido las expresiones que violan dichas restricciones?
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Creo entenderlo no obstante lo áspero verbal de la materia. Veamos. Por lo visto las palabran primero huelen e, inevitablemente solo luego duelen o salvan. Vaya. Seríamos tan perversos que querríamos telarañar al no converso a nuestra conversación que inundaríamos el ambiente con destellos sonoros fragantes que prometerian lo bello, no ahora, menos ayer pero sí mañana que nunca llega y, además, en las más de las veces subjuntivamente condicional. Habría que hablar al presente, como los niños. No sucederían tantos accidentes de interpretación. Sin embargo, se entiende. Es necesario agotar la experiencia antropoalfabética, pero es tan difícil expresar los recuerdos mientras se vive al presente y a la vez se sueña el futuro. Entonces, con los alienos sería imposible una comunicación, visto que podrían llegar hasta nosotros, lo que implica una civilización mucho más avanzada (¿La podríamos llamar Humana?) y habrían superado esa fase tan primitiva en la cual nos alfabetizamos para no estar de acuerdo en nada. Menos mal que inventamos la escritura, hija bastarda de nuestro íntimo espacio sonoro, liberal, progresista, ligera de cascos, rebelde, contestaria y consoladora que, si aún se inventa un futuro, en el mismo momento que la leemos ya es pasado.
A qué servirá ensimismarse con lectura.
Vení…
acercate…
leeme con pausas…,
buscá la distancia mas cómoda,
y tratá de respirar
con intervalos modulados…
abandonate despacio,
siguiendo los trazos que de a poco a poco…
¡No!, ¡aún más… despacio!…
…………
¡Bien!… así
y
relajate un poco…
Decía;
…los trazos que de a poco a poco
brotan de la hoja
delante de tus ojos.
Yo no puedo verte
pero en estos momentos
estoy dentro de vos,
soy yo con tu voz
y con tus pensamientos,
me llamo …….,
y te propongo un juego para saber
si tenemos sensibilidad y memoria verbal…
¿Qué estaba escrito
en el cuarto renglón?
No hagamos trampa.
Ni ……. ni vos pueden volver a leer
el pasado. Por convención y decoro.
¿Adivinaste?
Creo que no.
Cierro el contacto. Me voy.
Ahora puedes hacer tu elección.
LOS TIEMPOS VERBALES (Versión revisada)
El Futuro Indicativo es como… un vendedor callejero
que por motivos de incertezas y desapego
no logra convencer a ningún comprador,
¿Qué seré?, ¿dónde estaré?, ¿qué haré?
grita el desgraciado como voz en el desierto.
En cambio, el Presente es un rudo y estropeado
ex campeón de box, peso pesado envilecido
e incoherente que babea masticando a boca abierta
cacahuetes en tanto miran a una Pretérita y Perfecta
aristocrática en decadencia, descalza y decorosa
que los ignora con altivez,
mientras acomoda todas nuestras cosas,
siempre esas,siempre ahí, siempre ayer.
Gracias por la lectura.