
Fotografía: Corbis.
Lo propio de un dios, o de Dios, es andar escondido. Se muestra alguna vez, se hace presente mediante sus intérpretes y sus enemigos, pero cumple su ley de no estar al alcance de la mano sino con sus obras, aspirando —esto ya es teología para principiantes— a que sus obras no solo lo representen, sino que sean «Él», de donde los envidiados creyentes lo vean no porque lo ven, sino porque entienden que un árbol es Dios y las olas del mar que repiten el infinito al llegar a la playa ni te digo, y el manto de estrellas de cada noche también. Así que nadie más copión de la vieja estrategia divina que aquellos artistas que alcanzan la fama, se muestran un poco y chas… cuando crees que me ves cruzo la pared. La invisibilidad les otorga presencia, por decirlo en paradójico. Hay un momento en la sensacional The Young Pope en la que el papa que interpreta Jude Law se lo dice a los asesores que le recriminan que no se muestre a la gente, le piden que se deje ver a menudo, que es necesario que la multitud que se congrega en la plaza de San Pedro vea a su guía. El papa les pregunta quién es el autor más legendario de la literatura norteamericana actual. Después de unos titubeos alguien responde que Philip Roth, y el papa le corrige: no he preguntado por el mejor, sino por el más legendario. La respuesta es Salinger. No tiene que ver solo con que haya producido unas cuantas obras maestras, tiene que ver con la actitud: esa estrategia de huida hacia la invisibilidad, esa querencia por no ser alcanzado, por ser solo obra, esa ambición —enfermiza en su caso— de ocultamiento.
Llamémosla estrategia divina para entendernos: es la que endiosó a Salinger, desde luego, convirtiéndolo en algo más que el autor de unos cuentos tallados con mano maestra y de una novela que generó uno de esos personajes inolvidables que corren el insolente riesgo de volverse arquetipos. Toda su juventud la había pasado en ambientes literarios, anhelando que se le abriesen las puertas de The New Yorker, donde iban a estrellarse muchos de sus cuentos —entre ellos el relato donde comparecía por primera vez Holden Caulfield— y dejándose ver en saraos literarios. Pero antes de que se publicase su primera novela —debía de respirarse en el ambiente— ya se sabía que iba a ser un éxito. Tan calculada parecía su maniobra editorial, que a pesar de que tenía cuentos para estrenarse con un libro de relatos consideró que para pegar fuerte de veras era necesario estrenarse como novelista. Y eso hizo, y en efecto el éxito —junto con muchas malas críticas que despreciaban su lenguaje y no veían la menor poesía en la intensidad poética de la soledad del adolescente que solo desea que los niños no cometan el error de caer por el abismo que lleva a la madurez— fue excepcional. Y a partir de ahí, la necesidad de esconderse. De no dejarse ver. De imponer condiciones estrictas a sus ediciones: nada de ilustraciones, nada de información sobre el autor en las solapas, nada de bandas publicitarias.
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