
Esta es la reconstrucción, a partir de las crónicas periodísticas, de la película de los acontecimientos que tuvieron lugar el miércoles 2 de diciembre de 1930.
Aquel día, a las once de la mañana, Joaquín Llizo, malagueño, cuarenta y cinco años, casado, sin hijos, pluriempleado (periodista y secretario particular del director de la Compañía Arrendataria de Tabacos) se sienta a escribir una nota dirigida a Félix Lorenzo, su director en El Sol:
Mi querido director:
Un motivo esencial de delicadeza hacia la profesión me obliga a dimitir mi puesto como redactor de ese periódico.
No es que vaya a realizar nada indigno. Pero sí lo sería el ponerme en contacto con varios periodistas sin decirles que no estoy entre ellos como compañero, porque ampararme en ellos, es decir, en la profesión, equivaldría a mi silencio.
Tengo la esperanza de volver junto a usted, junto a ustedes. Mas por lo pronto remito adjunto mi carnet y hasta mis tarjetas. Solo conservo una en la que tacho la línea que dice: «Redactor de El Sol».
Llizo firma, cierra el sobre y lo dispone todo para que el destinatario reciba su carta exactamente a las cinco y media de la tarde, la hora a la que tenía previsto consumar su plan. Él no lo sabe aún, pero sus escrúpulos no van a servir de nada, porque el servicio de la mensajería de Continental Express de la glorieta de Bilbao no hizo efectiva la entrega hasta las 18.15 horas, y eso que la calle Larra le quedaba, como quien dice, a tiro de piedra.
¿En qué ocupó el tiempo Joaquín Llizo entre las once de la mañana y las primeras horas de la tarde? No se sabe, así que el guion se ve obligado aquí a la elipsis.
La siguiente escena se produce en uno de los salones de la presidencia del Gobierno. Los reporteros aguardan la llegada de Dámaso Berenguer, que los atenderá, según su costumbre, antes de la celebración del Consejo de Ministros. La presencia de Llizo sorprende a los colegas, porque hace tiempo que ha dejado de hacer información política. Las crónicas posteriores intentarían reproducir la charla:
—Hombre, Joaquín, tú por aquí otra vez.
—No vengo como periodista —replicó—. No soy periodista ya; he dimitido de El Sol y podéis echarme de aquí si queréis.
—¡Como te vamos a echar, hombre! —respondieron los compañeros—. Pero ¿te ha pasado algo en el periódico?
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