
Y ¿qué tipo de pareja busca?
Pues busco a alguien con quien pueda crear un relato
que narre la angustia que siento ante la existencia.
El ser humano necesita un interlocutor para sostener los problemas que le pone por delante la existencia, alguien que lo ayude cuando aparecen las paradojas y las emociones contradictorias. También es necesario para cuando le llegan las dudas, que pueden convertirse en terreno fértil si somos capaces de producir una metáfora que las explique.
La gestión de las dificultades en la vida se mueve en una contradicción resbaladiza. Por un lado, la persona desea resolverlas y salir del trance con mayor experiencia y profundos aprendizajes que la fortalezcan. Por otro lado, está el deseo de que la salven de tener que afrontar estos mismos problemas, que se ocupe otro de ellos, aunque sea a costa de la propia libertad, como ocurre en muchas ocasiones.
El inicio de cualquier aventura va acompañado de esta paradoja. Una actitud contradictoria en la que, por una parte, se desea iniciar la travesía y, por otra, esperamos que alguna fuerza superior aparte de nosotros el cáliz que la vida nos presenta. El impulso de acometer el viaje y la negativa a hacerlo conviven en los momentos iniciales de cualquier etapa vital1.
Todo ello apunta a la necesidad de tener compañía en este tránsito. La forma de elegir interlocutores ha tenido diversas etapas y rostros a lo largo de la historia.
En la antigüedad, cuando el ser humano sentía zozobra por sus problemas terrenales miraba las estrellas del cielo buscando respuestas de estabilidad. «Así en la tierra como en el cielo», dice el deseo de alcanzar el orden y la estabilidad que ofrecía el firmamento frente al caos de la vida en la tierra.
Más adelante, las religiones —en especial las monoteístas— defendieron que las estrellas las había creado Dios, así que lo convirtieron en el único interlocutor válido. El que quiera respuestas de calidad debe hablar con él. La ventaja de este argumento es que la emisión de opiniones proviene de un ser superior, no de un igual que puede manejar una simple opinión del mismo valor que la mía. Y eso está bien para legitimar la resolución de empates.
El humanismo mantuvo que las estrellas eran, en realidad, un espejo en el que se ve el ser humano y que este había depositado en ellas sus expectativas vitales a lo largo de los siglos. Así que dirigió la atención al interior de la persona. La propuesta humanista era escuchar la propia voz y favorecer el autoconocimiento. En consecuencia, lo que importa es identificar y hacer valer el propio deseo. El juego es interesante: consiste en mostrar a las estrellas la propia preocupación y, tiempo más tarde, preguntarles a ellas sobre cómo será el propio futuro y acerca del comportamiento más adecuado que desempeñar en él. Esto es la base de las técnicas y los mecanismos de proyección adivinatoria.
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Me ha encantado.
Muy bueno, siempre he pensado que en pareja y en función de la misma somos una u otra versión de quienes somos. Pienso tenemos que gustarnos a nosotros mismos en pareja, de lo contrario la cosa no funcionará.