
«Tú eres muzungu, y por tanto debes jugar con las piezas blancas». Aquel marinero del Ilala solo pretendía distraerse durante la dura travesía del lago Malaui, pero acababa de resumir una parte esencial de la historia del mundo: los negros siempre han jugado con negras.
Los muzungu (blancos) dominaron siempre casi todo el tablero del África negra hasta que llegó Mandela, ya fuera a través de la colonización o la esclavitud o el comercio injusto o la explotación abusiva de los recursos naturales. Y al marcharse dejaron costumbres perversas, como una desigualdad horrible entre los de arriba y los de abajo, que los negros todavía mantienen en gran medida.
En el Ilala (un barco mítico que, desde 1951 a 2013, sirvió de transporte fundamental cada semana para los habitantes costeros de gran parte de Malaui, Mozambique y el sur de Tanzania; el lago Malaui es uno de los más grandes del mundo, con 580 kilómetros de largo por 75 de ancho) vi esa diferencia inmensa entre quienes mandan y sus mandados. Era un día de tempestad fuerte en julio de 2005, con olas tremendas, que obligaban a agarrarse muy fuerte a las barandillas y moverse lo menos posible. Desde la cubierta superior de primera clase, junto al capitán, pude observar en cada parada varias escenas terroríficas cada vez que los botes traían a nuevos pasajeros de las playas cercanas. Los marineros de las barcas intentaban ayudarles para que subieran por la escalera de cuerda mientras el viento movía el barco y, mucho más aún, los botes.
Recuerdo, entre otros, a una mujer embarazada y con otro niño en la espalda, zarandeada a izquierda a derecha, trepando a duras penas hasta que una mano salvadora logró agarrarla desde la cubierta de tercera clase; después, alguien logró izar los pollos y verduras que ella iba a vender en otros pueblos. Los empleados se jugaban la vida en cada maniobra, porque un bandazo podía estrellar su cabeza contra la cubierta. El capitán me lo confirmó, y lo puso aún peor: «En las travesías con temporal es raro que no tengamos algún brazo o pierna rotos. Y lo peor de todo es que mis marineros cobran una miseria, apenas les llega para sobrevivir. He protestado a los armadores varias veces, pero no me hacen caso alguno. Es terrible».
Muchos millones de negros juegan con negras la partida de la vida en diversos frentes, empezando por los más básicos. Por ejemplo, el del agua. Si viajar es la mejor escuela de vida, el África negra es un aula especial de aprendizaje acelerado. Colores, sabores, olores y sonidos muy intensos aderezan un contraste brutal entre el lujo más exquisito y la pobreza más insultante. Incluso entre los pobres hay una diferencia enorme y esencial: en algunas zonas están casi siempre alegres y son razonablemente felices; en otras, sufren mucho y viven poco. ¿Qué los distingue? El agua, ese mismo elemento que nosotros derrochamos.
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Difícil meter mas clichés en menos palabras…