
Descubrí a Nora Ephron un domingo. Era una tarde oscura y lluviosa de finales de noviembre. De esas en las que el único plan posible para sobrevivir a las últimas horas del fin de semana sin caer en una depresión es ponerse una película. Huelga decir que con final feliz. De casualidad, me topé con Cuando Harry encontró a Sally… en TCM. Me encantó. Nunca había visto una comedia romántica tan buena. Ni tan bien escrita. En los créditos, como guionista, aparecía una tal Nora Ephron. Busqué su nombre en internet y entre los resultados apareció un vídeo titulado: «Nora Ephron y su pasión por el beicon». Pinché y encontré a la guionista en una entrevista diciendo lo siguiente:
Es muy importante tomar tu última comida antes de que esta llegue realmente. Cuando vas a tener tu verdadera última comida antes de morir, estarás muy enfermo como para disfrutarla o no sabrás que es la última, por lo que podrías malgastarla en algo como un sándwich de atún. ¿Sabes lo que yo voy a echar de menos después de morir? El beicon.
Definitivamente, necesitaba saberlo todo sobre aquella mujer. Con la gente que nos hace reír hay que ir siempre hasta el final.
La vida de Nora Ephron comienza con una mudanza. Acababa de cumplir cinco años cuando sus padres, Phoebe y Henry Ephron, decidieron dejar Nueva York por Beverly Hills para cumplir un sueño: convertirse en guionistas cinematográficos. Y lo consiguieron. Allí, los padres de Nora encontraron trabajo escribiendo guiones para las películas que producían los estudios de Hollywood, llegando a aparecer sus nombres en los créditos de hasta quince largometrajes. En la ciudad californiana, además de estabilidad profesional, Phoebe y Henry encontraron un lugar en el que hacer crecer una familia que portaba tinta en las venas. Después de Nora llegaron Delia, Amy y Hallie. Cuatro hermanas que acabarían convirtiéndose en cuatro reconocidas escritoras.
Los Ephron eran, cuanto menos, una familia peculiar. Phoebe Ephron había crecido en el Bronx. Trabajaba de dependienta cuando, un día, decidió acudir a una fiesta en la que conoció a Henry, quien por aquel entonces no era más que un aspirante a dramaturgo. Al día siguiente la pareja tuvo su primera cita, que acabó con Henry pidiéndole a Phoebe matrimonio. Su respuesta fue: «¿Puedo leer antes algo de tu trabajo?».
Phoebe era, a todas luces, una madre diferente. Trabajaba, pero por elección propia. Algo muy inusual para la época. Junto a Dorothy Parker —amiga de la familia y a la que Nora Ephron recuerda en su libro Crazy Salad como «frágil, menuda y chispeante»— se convirtió en una de las pocas mujeres que llegó a ser guionista profesional de Hollywood.
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Sólo por curiosidad, ¿hay algún evento en la vida de Nora Ephron sobre el que NO haya escrito un ensayo de al menos cinco mil palabras? «Hace tres días que no voy al baño: presumo que tiene que ver con la victoria de Trump en las últimas elecciones»… «Hoy no había brócoli en el supermercado. Esto me recuerda a una divertida anécdota que ocurrió cuando JFK visitó la casa de mis tíos en Martha’s Vineyard»… «Mi marido me dejado por su secretaria. Otra vez. Creo que debería darle una nueva oportunidad, pero juro por Dios que será la última. Aún tengo mi dignidad»…
Nora Ephron trabajó en el New York Post, no en el Washington Post. Su jefa, Dorothy Schiff fue la dueña del New York Post.
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