
Lola Pons Rodríguez no es la primera profesora que acerca la filología a las masas, pero sí es quien lo está haciendo con más encanto y alcance divulgativo en los últimos tiempos. Sevillana de Barcelona y de 1976, esta catedrática de Lengua Española de la Universidad de Sevilla, especialmente dedicada a la historia del español y el cambio lingüístico, se dio a conocer al gran público con el libro Una lengua muy muy larga (Arpa), que ya lleva cinco ediciones, y más recientemente con El árbol de la lengua, en la misma editorial.
Dos volúmenes que, como sus frecuentes colaboraciones en prensa, indagan en el pasado de la lengua que usamos como una invitación a extraer lo mejor de ella para enriquecer nuestro presente. En su lugar de trabajo, la antigua Real Fábrica de Tabacos hoy convertida en Facultad de Filología, Pons atiende las preguntas de Jot Down demostrando lo que ya saben sus lectores: que en ella la erudición no está reñida con el desenfado.
Una idea central en sus libros es que la lengua, que muchos consideran algo petrificado, inmutable, está tremendamente viva. ¿Es así?
Esa idea de que la lengua es un fósil, o algo arqueológico, digno de ser adorado desde fuera, se sustenta en la creencia de que la lengua está fuera de nosotros, cuando en realidad no existe fuera de nosotros. No es un monumento, no es algo visualizable desde fuera. Y como producto humano, que vive dentro de los hablantes, está sometida a todos los vaivenes y cambios que atraviesan los hablantes: tanto ellos como persona, y como sociedad con sus circunstancias sociohistóricas. La lengua está en ti, lo digo siempre en mis clases. No es homogéneo, unitario. Puede sonar poético, místico, pero no es otra cosa. Claro que también sale de nosotros y construye nuestras relaciones humanas y sociales, hay una externalización de la lengua…
Usted añade que la lengua que no cambie «será la dueña del cementerio». ¿En qué sentido?
Una idea muy alejandrina que resurge en la Edad Moderna es que las lenguas nacen, crecen, se desarrollan, tienen un apogeo, que se identifica con una edad de oro, y a partir de ese momento solo cabe esperar la decadencia y el declive. Es una metáfora biologicista que puede ser comprensible, que didácticamente funciona muy bien, pero no es real. Las lenguas pueden atravesar momentos de apogeo, efectivamente, o que se desarrolle un canon en un determinado momento, con logros literarios admirados por los demás, pero tienen que estar continuamente sometidas a cambios. A veces decimos que si el español y otras lenguas hijas del latín no hubiesen cambiado, seguiríamos hablando latín. Pero hasta ese aserto tiene una parte que no es verdad, porque existe un latín clásico, el que hacemos estudiar a los muchachos, pero también hay latines posteriores; hay un latín medieval y un neolatín en el XVI que se modifica, al menos léxicamente, con el curso de los tiempos. Incluso lenguas que han sido creadas artificialmente, como el esperanto, han conocido la variación. En el momento en que son usadas, empiezan a variar.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Pingback: Lola Pons: «No somos usuarios de la lengua, somos hablantes y soberanos» – Jot Down Cultural Magazine – Conavegación | Blogosfera
Hablando de que las lenguas cooficiales fueran optativas en el resto de España…..bueno, me imagino que antes se debería hacer verdaderamente optativo el español en las Administraciones y en los Colegios de las regiones donde la ideología nacionalista excluyente impide su uso.
Bien visto. Y dejar como mérito y no prerrequisito la lengua cooficial a la hora de optar a participar en cualquier oposición.
En las comunidades con otra lengua sabemos hablar castellano. Usarlo o no es nuestro derecho, de ahí que deba ser un requisito su conocimiento en las oposiciones a funcionario autonómico. No entender eso demuestra la cerrazón mental del españolazo medio.
Usar el español es derecho y deber. Quien llega de otra región a Cataluña o a Galicia también debe ser atendido en español aunque el funcionario en cuestión sea autonómico.
Y todo español tiene derecho a acceder a cualquier puesto de trabajo público en igualdad de condiciones en cualquier punto del país, a ver si es igual de hecho ir de La Coruña a opositar a Toledo que al contrario.
Por cierto. Ya sé lo que dice la CE y lo que es filológicamente correcto, pero mi lengua es el español (la lengua propia de España, de Gibraltar a Fuenterrabía, de Vigo a Cartagena) en su variedad andaluza.
Es tan lengua española el castellano como lo es el gallego,el catalán o el euskera puesto que son idiomas del mismo país, sólo que unos están más extendidos que otros. No entenderlo y partir de esa base es la raíz de todos los problemas que se han creado.
Esa riqueza idiomática es algo que se debería valorar y estar orgullosos,no un punto de desunión.
Dicho esto,cierto es que a veces el nacionalismo lo utiliza también como punto de confrontación.
En cuanto a la oposición por supuesto que tiene sentido que si alguien va a ser funcionario en una región en la que más de la mitad de la población habla el idioma cooficial como primer idioma ( caso del gallego por ejemplo)… cómo no va a ser necesario que sepa manejarse en ese idioma también? El tan lógico que sorprende que se discuta siquiera.
Yo no me opongo a aprender una lengua cooficial si oposito en una comunidad con lengua cooficial. Lo inconstitucional es requerirla como requisito mientras los ciudadanos de esas autonomías pueden concurrir libremente a otras regiones. Siempre la ley del embudo por la que se rige el nacionalismo más sectario y excluyente. Por cierto, que en algunas comunidades han tenido que recular por no encontrar suficiente personal autóctono, bien por falta de hablantes (caso de la sanidad en Euskadi), bien por lo prohibitivo del coste de la vida (Baleares).
Porque los ciudadanos de esas comunidades sí saben castellano. Así de simple, con lo cual cae el primer mito de que no saben / aprenden / les enseñan castellano. Y un funcionario está para atender al público, de ahí que sea requisito el conocimiento de otra lengua. ¿O acaso insinúas que el derecho a opositar libremente está por encima del de un ciudadano a ser atendido en la lengua cooficial de su elección? No es difícil de entender si se tiene empatía y se entiende España de una manera más amplia a lo que se ve en tu radio de 5 metros. Es más, insisto, el requisito de exigencia lingüística es constitucional, ergo democrático. Bendito país donde importa más poder opositar a respetar el derecho a usar ante la administración una lengua oficial. Hay otra opción: libertad de oposición y obligación de aprender el idioma una vez sacada la plaza para los cargos de atención al público o mejor aún, creación de una administración paralela para que, el señorito monolingüe pueda opositar en donde quiera porque es castellano parlante.
El nazionalismo castellano no se cuenta, verdad?
El nacionalismo castellano no es excluyente con el castellano. » ¿Pero si castellano habla todo el mundo?», me dirás: correcto, luego la lengua oficial, por definición, «manda» más que la cooficial, igual que el piloto manda más que el copiloto, valga la analogía. Guste o no es así. Que las lenguas cooficiales estaban perseguidas durante el franquismo no se discute y se condena, pero eso no les otorga patente de corso para hacer de su capa un sayo y ejercer de «dictadorzuelos».
Pues sí yo se lo discuto ya ve.
Arriba España, Máximo, sí señor.
Por cierto, saber castellano es un deber. Usarlo, no. Es un derecho. Infórmese antes de opinar (art. 3 de la Construcción).
Artículo 3 de la constitución española vigente.
1. El castellano es la lengua española oficial del Estado.Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla.
Y si no te gusta, cambia la constitución.
Y lo dice alguien que desde su «cosmopolitismo» de aldea se encierra en su castillo y tira la llave al foso.
En fin, cosmopaletismo de aldea. Porque los hablantes de esas lenguas son de aldea y paletos, no como el hablante de castellano (según tu generalización) que debe ser un dechado de ciudadano del mundo que sabe hablar en un tono bajo y es discreto allá donde va y que si desea opositar en el rural lucense, guipuzcoano o ilerdense es para hacerle un favor a los nativos con su sapiencia. En fin…
Todo eso lo dices tú cual diarrea mental que poco tiene que ver con lo que he dicho. Yo me guío por criterios pragmáticos, y prefiero potenciar el español e inglés, sin perjuicio de las lenguas cooficiales, o cualquier otra lengua mayoritaria, porque me otorgará más posibilidades de moverme por el mundo. La lengua es esencialmente utilitarista, sin menoscabo de preservar su cultura e idiosincrasia. Y los procesos históricos son los que son y no los que queremos que sean a fuerza de retorcer y distorsionar la realidad, como sucede en determinadas regiones que reinventan cuando no directamente desbarran sobre la historia allí acaecida.
En Valencia, el que quiso poner de prerrequisito la lengua cooficial para acceder a la administración fue el PP (luego le hicieron recular desde Madrid), lo que viene a probar que poco tiene que ver con el regionalismo o el nacionalismo no-español. De lo que se trataba era de poder colocar a gente afín en la administración, y es más fácil si los de fuera no pueden ni presentarse.
Si realmente fuese cuestión de preservar y potenciar las lenguas autóctonas lo que habría que hacer es no ponerlas ni de mérito ni mucho menos de requisito, sino un compromiso contractual de adquirir competencia en esa lengua en los (pongamos) tres años siguientes a conseguir la plaza – o la pierdes. Así no es ya que los de fuera puedan competir en igualdad, sino que además ganas un nuevo hablante para las lenguas minorizadas, y más aún en la administración, donde por mucho que os quejéis, el porcentaje de conocimiento de lenguas cooficiales es bajísimo o directamente nulo en caso de Justicia.
Efectivamente así era antes de que Camps (PP) lo decretase: la Generalidad Valenciana daba 2 años (en lugar de 3 como propones) para obtener la capacitación mediante un curso sufragado por la propia administración autonómica.
Desde Madrid no le pararon los pies y no tuvo que recular, ya que aquello lo utilizó hábilmente el PP valenciano para integrar en sus filas a mucho ex de Unió Valenciana y por tanto sus votantes.
«Y todo español tiene derecho a acceder a cualquier puesto de trabajo público en igualdad de condiciones»
Falso. Debe cumplir unos requisitos, tales como, por ejemplo, no tener antecedentes penales o tener los conocimientos adecuados para el desempeño de dichas funciones. Y todos los españoles pueden, si quieren, aprender las otras lenguas españolas que les permita opositar… Igual que hacemos sus compatriotas que no tenemos el castellano como primera lengua. Pero para Máximo su lengua es la única que importa, su cultura la mejor y los demás debemos acatarlo… Eso sí, nacionalistas los demás.
Por cierto, la Constitución ya pone el castellano como prima inter pares. El TC avaló la inmersión… Pero con Franco, Máximo, se vivía mejor.
Excelente entrevista. Lola Pons explica con sencillez cómo se abordan científicamente los idiomas, y es muy enriquecedor. Invita a una reflexión profunda sobre la importancia de la lengua.
Hola. La verdad es que da gusto por fin oír hablar a alguien de estas cosas, sin prejuicios. Bueno, casi, ya que con el tema del «andaluz» hay un pequeño problema de inconsistencia. Por un lado, se le trata como un «acento» cuando se transcriben algunos discursos. Por otro, le le pone a categoría de «lengua» a pesar de que no tiene ninguna literatura asociada que le otorgue coherencia y por otro lado, prestigio. Afirma la autora que esto no es factor para «elevarla» a dicha categoría. Bueno, o es una cosa o es otra. Lo que ocurre probablemente es que es una mezcla extraña de castellano y arabismos que deforma el habla y que la aleja del una forma correcta de ninguna de las lenguas troncales de las que parte. Su falta de prestigio cultural por diversos motivos, uno de ellos el no haber formado un cuerpo literario y normativo, hace que la necesaria lealtad de los hablantes, como en el propio artículo se señala, se reduzca a puro localismo, que no es reconocido fuera de dicho ámbito, algo completamente lógico y legitimo ya que los localismos de cualquier lado tienen el mismo valor para el que lo habla.
En definitiva, si el andaluz no ha llegado a ser lengua es porque no ha logrado tener la suficiente legitimidad, relevancia e importancia cultural y política. Y en esas estamos, en una época en que el significado de autoridad se diluye y el relativismo aumenta, se pretende dar por corrección política la misma importancia a todo. Hasta ahora, desde la década de los 70 se consumismo descontrolado y superabundancia, la meritocracia no tenía importancia. Pero tras los efectos que este descontrol está causando, tal vez nos demos cuenta algún día de lo importante que es saber reconocer el valor de las cosas.
El andaluz no es una lengua, pero no por su falta de literatura o de prestigio, sino porque sigue siendo inteligible con el resto de variedades de castellano y comparte casi todos sus rasgos con las variedades «de las tierras bajas americanas» (las caribeñas y las chilenas en particular). Casi no hay localismos andaluces a estas alturas, los localismos son los de la mitad septentrional de España, el resto del idioma es bastante homogéneo en gramática y pronunciación. Hay miles y miles de lenguas que no tienen ni literatura ni prestigio y son tan lenguas como las que sí los tienen. Algunos ejemplos de lenguas sin literatura ni prestigio: el latín antes de tener escritura copiada de la etrusca o prestigio a partir de su poder militar y cultural, el castellano antes de Alfonso el Sabio, el apache hoy, las lenguas mixtecas hoy.
La evolución del lenguaje es una cuestión de poder más que otra cosa y el que manda, aunque no tenga razón ni conocimiento, decide cómo será ese lenguaje.
Estos fragmentos de Alicia en el país de las maravillas lo demuestran:
—Cuando éramos pequeñas —siguió por fin la Falsa Tortuga, un poco más tranquila, pero sin poder todavía contener algún sollozo—, íbamos a la escuela del mar. El maestro era una vieja tortuga a la que llamábamos Galápago.
—¿Por qué lo llamaban Galápago, si no era un galápago? —preguntó Alicia.
—Lo llamábamos Galápago porque siempre estaba diciendo que tenía a «gala» enseñar en una escuela de «pago» —explicó la Falsa Tortuga de mal humor—. ¡Realmente eres una niña bastante tonta!
—Tendrías que avergonzarte de ti misma por preguntar cosas tan evidentes —añadió el Grifo.
Los hablantes manipulan el lenguaje para conseguir que satisfaga sus necesidades comunicativas; pueden ser innovadores, pero no originales, y son «limitadamente» libres, puesto que están sometidos a la disciplina de reglas y convenciones. El lenguaje está supuestamente «hecho» y, sin embargo, hay que rehacerlo en cada una de nuestras enunciaciones. Si no queremos que peligre la comunicación, no podemos transgredir impunemente las normas, como hace aquí Humpty-Dumpty:
—Aquí tienes una gloria.
—No sé qué quiere decir con una gloria —dijo Alicia.
—Por supuesto que no lo sabes… a menos que yo te lo diga. He querido decir «Aquí tienes un argumento bien apabullante».
—¡Pero gloria no significa «argumento bien apabullante»!
—Cuando yo uso una palabra, esa palabra significa exactamente lo que yo decido que signifique… ni más ni menos.
—La cuestión es si uno puede hacer que las palabras signifiquen cosas tan diferentes.
—La cuestión es, simplemente, quién manda aquí.
Los idiomas «evolucionan» y se modifican de forma absurda. Son la dictadura de unos cuantos.
Pensar que hay una elite que decide qué ocurre y qué no y cómo debemos hablar no tiene mucho sentido. Cuántas expersiones surgidas en el pueblo llano han sido adoptadas a regañadientes por las élites! El mundo es mucho más complejo de lo que usted cree.
Las lenguas cooficiales del estado español son una riqueza de todos los españoles. Creo que una formación básica se debería impartir en todas las escuelas de España.
También, considero importante hacer lo propio con el portugués, el árabe, el francés y el italiano, las lenguas principales de nuestros vecinos.
El saber no ocupa lugar y la lengua debe servir para entendernos y construir afectos no para enfrentarnos.
Estoy cansado de la visión que quieren imponer los fundamentalistas que se niegan a aprender no solo de lengua, de cualquier otra materia