
El submarino Nautilus es el escenario central que ambienta la trama de la novela de Julio Verne Veinte mil leguas de viaje submarino, de 1871. Su comandante, el misterioso capitán Nemo, un ingeniero de cultura enciclopédica, lo había proyectado a modo de refugio y cápsula protectora con la que iniciaría su particular huida del mundo. La misantropía del capitán, de origen hindú, se alimenta del odio hacia Inglaterra, que ha esclavizado a su pueblo y asesinado a su familia. Proyecta su fuga basándose en la fabricación de un submarino ideal, con el que surcará los mares en expedición científica y justiciera, liberará a pueblos sometidos y destruirá cualquier símbolo vinculado con la Pérfida Albión a su paso. La construcción de la máquina es muy sofisticada, encarga sus piezas de metal y cristal a fábricas y astilleros localizados en diferentes partes del mundo con una intención clara: no levantar sospechas. Su tripulación, de diverso origen en una suerte de torre de Babel, le guarda lealtad absoluta.
—¡Señor profesor! —replicó vivamente el comandante Nemo— ¡yo no soy lo que usted llama un hombre civilizado! He roto con la sociedad entera, por razones que solo a mí compete apreciar. No estoy sometido, por tanto, a ninguna de sus reglas, y le exhorto que no las invoque jamás ante mí (…) El mar no pertenece a los déspotas. (…) a treinta pies bajo su nivel, su poder cesa, su influencia se extingue, su dominio desaparece. ¡Ah! Amigo mío, ¡viva usted en el seno de los mares! ¡En él únicamente existe la independencia! ¡En él no reconozco señores! ¡Soy libre!
De gran sofisticación técnica, el submarino Nautilus contaba con adelantos científicos avanzados a su tiempo, rasgo que atravesará la personal narrativa de Verne a lo largo de su dilatada obra. Julio Verne nació en la Francia heredera del espíritu romántico y desde muy temprana edad manifestó una curiosidad enfermiza por los asuntos científicos, además de ser un lector voraz de poesía. La segunda mitad del siglo XIX está marcada por el optimismo y la fe en la ciencia como sinónimo de progreso, lo que unido a la tradición orientalista que existía en Francia expresada en el gusto exótico de las fantasías de Eugene Delacroix y las lánguidas mujeres de los harenes de los óleos de Jean Auguste Ingres, hacen que este optimismo tecnológico quede velado por una épica simbolista, en una eterna búsqueda de aquellos paraísos artificiales que idealizara coetáneamente Baudelaire. No es extraño que este contexto sociocultural diera paso a una embrionaria literatura de ciencia ficción, de la cual Julio Verne es considerado padre universal.
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