Ciencias

La química de los besos con lengua

El besos, de Edvard Munch.
El beso, de Edvard Munch.

Guy de Maupassant dijo: «Un beso legal nunca vale tanto como un beso robado». En un improbable catálogo de besos se podría listar los cordiales de saludo, de despedida, los familiares, besos paternales, los besos de tía, de tío, de abuelo. Besos babeados, limpios, impíos y malvados. Besos con sentido: el beso robado, por ejemplo, tiene una alta carga de coquetería y maldad. Un beso esquiniado es una trampa al destino. Hay besos famosos en la biblia como el beso de Judas y en el arte como el de Gustav Klimt. Hay beso en la mano, beso negro y beso con lengua. Alguna vez una amiga me preguntó qué significaba un beso en la frente. Si te gusta el tipo —le dije— olvídalo. Los besos en la frente tienen la misma intensión de los besos a las mascotas.

Pablo Neruda, que era un poeta cursi irremediable dijo que «en un beso, sabrás todo lo que he callado». Cosas de poetas. A mí siempre me parecieron más románticas las letras del punk.

¿Qué pasa químicamente en nuestro cerebro cuando damos un beso con lengua?

Las placenteras endorfinas segregadas por el hipotálamo y la glándula pineal se disparan, y la excitante adrenalina va subiendo poco a poco, aumentando la presión sanguínea, dilatando las pupilas, acelerando el ritmo cardíaco y la respiración, incrementando el volumen de oxígeno en la sangre y haciéndonos sentir con mucha más energía.

La saliva de los hombres contienen testosterona y hay también evidencias de que un beso largo y apasionado podría aumentar el deseo en mujeres, pero el factor clave es la segregación de dopamina. Se ha dicho que la dopamina es una hormona «embaucadora» porque es como un alucinógeno que distorsiona y exagera lo que sentimos. Algo así como el principio activo de la marihuana, que nos hace más sensibles y propensos a los estímulos. La dopamina, entre otras hormonas, es la encargada de activarnos el bienestar y la tranquilidad cuando, por ejemplo, por fin, terminamos la tesis de grado o cuando ganamos con un buen negocio.

La subida de esta hormona implicada en la sensación del placer, motivación y búsqueda de novedad, genera ansiedad y deseo de besos cada vez más frecuentes. Y si en una relación llegamos a este punto, ya estamos perdidos y enamorados. Un dicho popular dice que «no hay peor ciego que un enamorado». Por otra parte, el cantante Joaquín Sabina, que vendió su alma a los bares y le dieron un sombrerito, tiene razón cuando dice: «Lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción». Joaquín-sombrero intuía lo que la ciencia ya demostró: en este punto del romance, nuestro cerebro está aprendiendo que una persona le genera gran placer. Es una persona, una sola, y no otra. Es decir, nos volvemos adictos. La ciencia ya lo demostró. Podemos estar con los amigos, con la familia, en el trabajo, incluso con un «arrocito en bajo», pero el cerebro sabe que ninguna de estas personas es quien nos tiene encoñados.

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7 comentarios

  1. Maestro Ciruela

    Pues es cierto mucho de lo expuesto aquí, al menos por lo que he podido experimentar personalmente a través de bastantes años ya. Recuerdo que mi esposa (una belleza excepcional, de esas que captaban la atención de todo el mundo cuando aparecía en una estancia) me decía entre arrumacos que desde los orificios de mis fosas nasales, percibía un aroma absolutamente embriagador que literalmente la enloquecía hasta llegar casi al orgasmo. La primera vez que me lo dijo, creí que me estaba tomando el pelo, pero con el tiempo aprendí a confiar en los dos sentidos que junto con el gusto, tenía desarrollados hasta extremos increíbles: El olfato y la vista. Precisamente los que que yo había tenido siempre algo disminuidos. Poco después, leyendo sobre feromonas y similares, pensé que por ahí debían ir los tiros.
    También, tiempo antes, había ido detrás de una muchacha guapísima que se hacía mucho de rogar y con la que salí varias veces a tomar algo, de discoteca, playa, aunque nunca permitía aproximaciones ni efusiones físicas. El caso es que como la chica me gustaba a rabiar, yo seguía, y en una de esas ocasiones en las que estaba haciéndose la remolona, le sugerí que nos fuéramos por si se le estaba haciendo tarde. En ese momento, me atrajo hacia sí como una leona con la boca abierta buscando la mía, mientras yo apenas podía creer en mi, por fin, buena suerte; pero lo terrible fue que al besarnos, un muy agrio aroma procedente de su piel, como de tocino rancio inundó mis fosas nasales logrando que ese anhelado beso, se convirtiera en una de mis más desagradables experiencias sensoriales. Como en algún punto de este artículo se hace hincapié, SUPE al instante que nunca podría tener sexo con aquella joven, a pesar de lo mucho que me había atraído su físico. Aun ahora, después de casi cincuenta años de esto, me entristece pensar que lo que podía haber sido, como mínimo, un episodio o varios de sexo alegre y placentero, se malograra por lo que el Sr. Andrés Delgado ha expuesto aquí, de manera tan certera.

    • “me decía entre arrumacos que desde los orificios de mis fosas nasales percibía un aroma absolutamente embriagador que literalmente la enloquecía hasta llegar casi al orgasmo” Maestro, con casi todo el respeto que me merece, qué sucedió después de que le pasara eso con esa Ava Gardner que tiene por esposa, ¿Se cayó de la cama y se despertó?

      • Maestro Ciruela

        Rafa, lo que a mí me gustaría saber es el por qué ha considerado que mi escrito era una trola. ¿De verdad cree que porque a usted no le ha pasado nada de eso, sea imposible que suceda en otros ámbitos y a otras personas? Mal vamos. Tenga en cuenta que mi esposa, en una excursión en lancha por un río de Costa Rica, en un momento dado exclamó «¡Qué olor a jazmín!», haciendo que todos la miraran con guasa; todos menos el guía y yo mismo. El guía, asombrado, dijo que a varios kilómetros encontraríamos jazmines para aburrir y que era la primera vez en años de llevar gente por el río, que alguien hubiera olfateado eso a esa distancia. Luego está lo de mis fosas nasales y la belleza de mi esposa, todo ello absolutamente cierto. ¿No podría usted, en vez de mosquearse, alegrarse de que a dos personas les pase algo bueno?

        • Por supuesto que me alegro. Como apuntó Mark Twain en alguna ocasión, la diferencia entre la realidad y la ficción es que la realidad no necesita ser verosímil. ¡Enhorabuena! Quizás lo que me sucedió es que cuando alguien asevera ser irresistible siempre despierta sospechas, resulta más creíble cuando es contado por el seducido y no por el seductor.

          • Maestro Ciruela

            «La diferencia entre la realidad y la ficción es que la realidad no necesita ser verosímil». ¡Es cierto! Mientras escribía esta batallita, era consciente de que se podía interpretar como un delirio o una fanfarronada, pero el caso es que no podía hacerlo de otra forma porque las frases se ajustaban como un guante a lo sucedido realmente. El motivo de mi intervención ha sido el texto de Andrés Delgado, que a través de la ciencia, ha desarrollado un apasionante artículo que ha removido en mi memoria un par de anécdotas personales las cuales me han parecido susceptibles de encajar en su propuesta. Saludos.

  2. Me gustó tu artículo. Me pasó con una chica en la universidad, bella físicamente, pero acercarme a ella a menos de 30cm era algo bastante incómodo por su halitosis, que estoy seguro no era falta de higiene bucal, sino a una repelencia química entre nosotros. Muy pero muy acertado. A diferencia de otras chicas donde sin ser tan atractivas generaban mucha excitación de mi parte al acercame.

  3. El beso por excelencia es «Il bacio» de F. Hayez. El del Klimt me da que ella le acaba de decir: «te quiero como amigo». Munch estaría pensando en los contagios potenciales al pintar ese cuadro. Pero el de Hayez lo tiene todo:
    https://tinyurl.com/elbesodehayez

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