
Aestimes iudicia, non numeres (Sopesa las opiniones, no las cuentes).
Séneca.
Cuando Maximilian Harden, periodista y crítico teatral, recogió el correo, entre las facturas halló una carta sin remitente y se apresuró a leerla, no sea que fuese de un lector agradecido. Decía así:
Estimado y apreciado señor:
Se cree usted muy listo, ¿verdad? Pues a nosotros no nos lo parece. Pero no se apure. Hace tiempo que nos irritan usted y su pluma pedante y resabida. Para empezar, que siempre escriba «yo». ¿Quién es ese «yo»? ¿Qué nos importa a nosotros su «yo»?
La persona que se precia de algo dice «nosotros». Pero usted se cree mucho más listo que sus lectores. Y además… pero no vamos a ser groseros. Ahora ya lo sabe, quizá sirva de algo. Cuando vuelva a coger la pluma, no se tenga por un inmenso pozo de sabiduría. Y no juegue a ser valiente.
¡Que aproveche, señor «Yo»! Un cordial saludo de
NOSOTROS
El bueno de Maximilian cuenta que, ante semejante golpe, se sintió sencillamente aniquilado lo menos unos diez minutos, eternidad que consideró un logro muy respetable, y apenas repuesto se puso a lo que por falta de tiempo un escritor alemán rara vez hacía: empezó a pensar. Nosotros o yo, esa era la pregunta.
Se le ocurrieron varias razones en defensa del humilde uso del «Yo», incluidas aquellas de quien solo aspirara a decir «a mí me me gusta mi chica», pero creyó mucho más útil compartir en su columna habitual la conclusión aterradora a la que había llegado:
En la nueva Alemania reina actualmente el «nosotros», escrito en mayúsculas. No se ponderan las voces, se cuentan, y se es feliz cuando se puede pertenecer a una mayoría lo más compacta posible. El individuo pusilánime jura fidelidad a un partido, a un grupo, a una cuadrilla, se hace miembro de una asociación y funda tertulias con el único objetivo de no tener que pensar por él mismo. Incluso cuando tiene que ofenderse, trata de hacerlo en compañía de los demás.
Y añadió:
Sin embargo, estos «guías» que desfilan en perfecta formación —se les podría llamar escritores uniformados— no ejercen una influencia concreta, y su huella terrena se borra en el mismo instante en que el paladar del público privilegia otros manjares. Es entonces cuando se percatan de que no guiaban, sino de que eran guiados.
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Walter Rathenau se llamaba el citado ministro, amén de empresario y bastante buen escritor. Un ilustrado. Su padre fundó la AEG expoliada luego por los amigotes del pintor de brocha gorda.
De Maximilian Harden apenas conozco nada y he leído menos, quizás debido al desafecto de Karl Kraus, probablemente la mente más clara de aquellos turbios momentos.
Ya es raro encontrar un artículo a propósito del tema y más que esté tan bien escrito como el suyo. Enhorabuena. Desde que se perdiera la pista de J. L. Arántegui cuesta encontrar algo a propósito de aquellos tiempos que parecen empecinados en volver a repetirse.
En su día la editorial Visor planteó plasmar en el español el pensamiento centroeuropeo de la época. Comenzaron muy bien, con el ensayo de E. Timms «Karl Kraus, satírico apocalíptico» y publicaron algunos ensayos del citado Kraus y Musil, pero pronto se cansaron. El tema no vendía.
Si algo me interesa a mí vivamente, va a ser un fracaso comercial y le advierto que lo que escribe me atrae.
Le seguiré la pista, aunque cambio de nick constantemente por costumbre. Me aburre parecer siempre el mismo.
A este yo que va desde San Francisco hasta los Urales todavía le causa temor lo que está más allá de esos montes históricos. Desde los inicios esa otra mitad siempre fue vista con curiosidad, temor y su corolario inevitable, la conquista. Disculpe si me he ido por las ramas, pero este excelente artículo me ha hecho feflexionar, un poco a los ponchazos, lo reconozco porque cuando se habla de nuestra cultura occidental se me apagan luces, se encienden los equipos de reserva, suenan campanas, sirenas y enormes ejércitos de sombras comienzan a marchar.