
Cuando se habla de Armenia, por mucho que haya pasado el tiempo, la lúgubre tonada del subconsciente nos conduce, inevitablemente, a los desiertos de Deir ez-Zor, en Siria, en la confluencia de los míticos ríos Tigris y Éufrates. En 1915, estos parajes del norte sirio quedaron convertidos en un vasto túmulo, en razón —y es un decir— del llamado «crimen sin nombre» o «Gran Crimen».
Centenares de miles de armenios —¿qué importa el número total?— perecieron en estos secarrales tras las inhumanas marchas a pie a las que fueron forzados por el Gobierno de Estambul, operación que llevarían a cabo diversos cuadros del ejército turco otomano. Partieron en caravanas desde aldeas, pueblos y ciudades de Anatolia a partir de abril de 1915, mientras la Primera Guerra Mundial, coincidiendo justo con la sangrienta batalla de Galípoli ente turcos, británicos, australianos y neozelandeses, seguía su curso en este remoto confín de la Gran Guerra, tan cercano a Troya.
Resulta difícil sustraerse aún hoy a la melodía del lamento armenio. Pero, siguiendo con el símil de la música —siempre salvadora—, nos atrevemos a dar un giro amable, acaso sorpresivo, a la milenaria historia de Armenia. Por eso, si se nos permite cierto rapto alegre —y un puntito discotequero—, nos ponemos ahora a tararear la canción «Qami Qami» (Viento, viento) de Maléna, reciente ganadora del concurso de Eurovisión Junior 2021. No es que a uno le agrade la puesta en escena de tanto pipiolo y de tanta pipiola, en plan celebrity, lo que viene a ser otra manera, aunque aparentemente festiva, de corromper la inocencia.
La ganadora fue la citada Maléna, la mocita de mayor edad del certamen (catorce años). Hemos visto por YouTube su actuación varias veces. Nos ha hecho olvidar la música de deudos que se nos viene a la cabeza al hablar de Armenia, la Armenia de después de 1915. Nada que ver, por tanto, con aquella canción que el comprometido Charles Aznavour, francés de origen armenio, cantara a los suyos, a aquellos miles de olvidados que murieron en masa ante la indiferencia del mundo, «convertidos en minúsculas flores rojas, cubiertas por un viento de arena, y después por el olvido». Nada que ver con el éxtasis que ha traído Maléna, la nueva diva del Cáucaso para molestia, entre otras cosas, de los vecinos azerbaiyanos.
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