Sociedad

Elogio a la desconexión

Foto Alberto Gamazo. Elogio de la desconexión
Foto: Alberto Gamazo. Elogio de la desconexión

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Creo que fue en 1986 cuando dejé de trasnochar y empecé a levantarme a las cinco de la mañana. A esa hora me tomaba un café bien cargado y con la cabeza despejada escribía en silencio y sin interrupciones hasta las nueve de la mañana, momento en el que me sumaba a la corriente laboral de las personas normales. Recuerdo muy productivas aquellas horas de trabajo. El silencio y la ausencia de distracciones y estímulos facilitaba la concentración. Algunas veces, cuando la mañana se daba mal, dedicaba ese tiempo a leer. Y la lectura también me cundía, porque a esas horas no había nada fuera del texto que reclamara mi atención.

Cuando dos años después me marché con una beca a Estados Unidos, aquel hábito de levantarme temprano me permitió escribir una novela sin descuidar la preparación de las clases ni los estudios de doctorado. No sé cuánto le debe aquella primera novela, tan española, al hecho de haberla escrito fuera de mi país, a la sensación de estar lejos de casa. Mi contacto con España se reducía entonces a los periódicos atrasados que llegaban a la hemeroteca de la universidad y a una radio de onda corta, en la que oía los partidos europeos del Real Madrid. Y a las cartas de los amigos. Recuerdo la ansiedad con la que esperaba todos los días la llegada del cartero, y el amor que sentía por aquel empleado cuando dejaba correspondencia en el mail box. Regresaba a España con la sensación de haberme marchado muy lejos y de haberme desvinculado de mi país completamente. Por eso me pregunto cuánto tuvo que ver en la escritura de mi primera novela no solo la saludable sensación de lejanía, sino también la agridulce constatación de que el mundo al que yo pertenecía había seguido girando en mi ausencia y me había dejado fuera.

Así era, me acuerdo perfectamente, el mundo desconectado.

La llamada revolución tecnológica empezó para mí en 1991, el año en el que envié mi primer correo electrónico. Lo sucedido desde entonces hasta hoy es bien conocido. Tras el correo vino el desarrollo de la World Wide Web y la implantación del móvil, que en estas décadas se ha desarrollado hasta convertirse más que un potente ordenador de bolsillo en una prolongación de nuestro cuerpo. Luego aparecieron los primeros clientes de conversación, los primitivos chats, y las sucesivas versiones del Messenger. A continuación Google irrumpió en nuestras vidas y aparecieron las redes sociales con Facebook y Twitter a la cabeza. Hoy cualquier información está disponible en cualquier momento y cualquiera puede acceder a casi cualquier dato desde casi cualquier parte del mundo. Pero no solo es la información lo que está disponible; también lo estamos las personas, que tuiteamos o colgamos fotos en el Instagram a cualquier hora, recibimos sin tregua llamadas al móvil, enviamos correos electrónicos sin descanso y estamos permanentemente localizables a través del Whatsapp o de los mensajes de texto.

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7 comentarios

  1. Amén.

  2. fernando Rodriguez-Triana Gonzalez

    Disculpen oero quien firma?

  3. María Meitín Buján

    Pues a mí me encantaba estar conectados

    • Uy, éste parece un mensaje capcioso :O
      A todo lo demás leído en éste artículo, no puedo estar más de acuerdo. De nada sirve saber que estamos enganchados cuando ya estamos tan alterados que no sabemos «frenar» tanto estímulo.

  4. Pingback: Sometimes a coffee 30 – Klepsydra

  5. Pingback: Elogio a la desconexión – Club Manhattan

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