
«Hola, le hablo desde el año 1950 y tengo una seria advertencia que hacerle. No use jamás una tarjeta para pagar. Esos pedazos de plástico le robarán la privacidad, se quedarán con su información personal y le cobrarán carísimas comisiones. Emplee únicamente dinero en efectivo. Es en lo único en que se puede confiar».
Este párrafo, condensado de las opiniones de época en la hemeroteca, coincide con las objeciones actuales a ese nuevo medio de pago anunciado por Cristine Lagarde. Este mismo otoño se presentará la propuesta legislativa para crear la criptomoneda oficial de la UE, el euro digital. Ahora mismo se está probando en varios países, incluido España. La FED estadounidense, el banco central chino, y la mayoría de bancos centrales que operan en los mercados internacionales están haciendo lo mismo.
Con un objetivo común. Los Estados quieren más poder para sus divisas, independizándose de la especulación de los mercados, de los bancos privados, y del dólar como moneda de intercambio internacional en el caso de China. Además desean proporcionar un medio de pago a cada ciudadano que solo dependa del banco central, sin cuenta corriente, con un monedero digital que solo se relaciona con él.
Bancos e inversores privados han puesto el grito en el cielo. Las divisas digitales les quitarán negocio y poder. Los liberales de izquierda, que defienden el anonimato como ejercicio de libertad frente al Estado, las ven como un medio de control. En eso coinciden con los liberales de derechas, porque amenaza el libre mercado autorregulado y con mínima intervención estatal. Y todos en general alertan de que eso dará más poder a las haciendas públicas para cobrarnos impuestos.
Esto último es lo que más subrayan los defensores de las criptomonedas libres. Los hay pese al crash reciente, con especial presencia entre los nómadas digitales. Su advertencia es que con una divisa digital los gobiernos conocerán todos y cada uno de nuestros actos de consumo, medirán la huella de carbono que producimos con ellos, y nos cobrarán una tasa verde no muy distinta del actual IVA.
Y no olvidemos el temor al corralito. Argentina lo puso en marcha en 2001, aún arrastra la crisis que desató, y K&S Films lo convirtió en una deliciosa película, La odisea de los Giles. La propuesta del gobierno del país, aún sin desarrollar, es crear un peso digital que obligue a los argentinos a negociar sus dólares a través de la cartera digital oficial. Eso respaldaría de algún modo al peso argentino, y permitiría cobrar impuestos en un país que opera básicamente en negro. Y hacer un corralito rápido e inmediato mediante una orden gubernamental.
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Gracias Martín Sacristán. De nuevo un excelente artículo que he disfrutado mucho leyendo. Siempre, o casi siempre, consigue interesarme con algún tema del que apenas había oído hablar. Me hace reconsiderar mi auto imagen de ciudadano informado
Gracias a ti, Luis. Comentarios como el tuyo me ayudan a saber que estoy enfocando bien, y sobre todo haciendo llegar temas técnicos a ciudadanos de a pie, que es mi principal objetivo. Me has alegrado el día.
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