Sociedad

Burocracia: en la oficina nadie puede oír tus gritos

Burocracia

—Pilar, ¿tú eres una persona miedosa? 

—¿Yo? No, no, todo lo contrario. No me da miedo nada. Bueno, sí. Me da mucho miedo la burocracia.

Quien habla es Pilar Pedraza, la escritora de terror más importante de España, en una entrevista reciente que le hizo Desirée de Fez para su podcast Reinas del grito. Esta declaración, hecha entre risas y como medio en broma, tiene más miga de lo que parece: así que a Pedraza, acostumbrada a lidiar con demonios, vampiros, calaveras, asesinos siniestros y casas encantadas, lo que de verdad le causa terror es la burocracia, ese insidioso, lento y perverso engranaje que nos roba el tiempo, la paciencia y, llegado el caso, nos exprime hasta la vida. Y no es para menos. El nivel de papeleo que estamos obligados a manejar hoy día para resolver montones de asuntos (personales, laborales, educativos, familiares…), contrariamente a lo que podría pensarse, ha ido creciendo en las últimas décadas como una montaña gigante que nos persigue y devora. Sin embargo, poco hablamos de burocracia, un tema que nos suena ya superado, incluso decimonónico, ni en el ámbito teórico —esto asegura el antropólogo David Graeber en su ensayo La utopía de las normas—, ni en el literario —sin duda, la mejor indagación reciente es la de David Foster Wallace en El rey pálido, y tiene ya más de diez años…—. Kafka, Walser, Dickens o Galdós supieron mirar a los ojos al monstruo. Otras aproximaciones posteriores —pienso en El palacio de los sueños, de Ismaíl Kadaré, Burocracia, de Santiago Ambao, o La hermosa burócrata, de Helen Phillips— se tiñen de fantasía, distopía social o alegoría política quizá porque la burocracia, en sí misma, resulta tremendamente aburrida hasta para ser narrada. El terror burocrático, que existe y que todos hemos experimentado en nuestras carnes, tiene un poder intrínseco: su aspecto es mediocre, su relato, tedioso, su campo de acción abarca la anodina cotidianeidad de nuestras vidas, no es un enemigo atractivo y, para colmo, se disfraza de racionalidad, equidad y buenas intenciones. Es tan omnipresente que ya no lo vemos. Es, como dice Graeber, el agua en que nadamos. 

Otro de los atributos del monstruo es su impersonalidad. No tiene cara ni forma definida, pero su capacidad de expansión es ilimitada y, en su voracidad tumoral, funciona como un organismo vivo. Dos de los principios que lo alimentan se recogen en La utopía de las normas: «Si uno crea una estructura burocrática para lidiar con un problema, esa estructura acabará, invariablemente, creando nuevos problemas que parecerá que solo se pueden resolver, a su vez, por medios burocráticos» y «Una burocracia, una vez creada, se las ingeniará para hacerse indispensable». Así, si un trámite burocrático se revela ineficaz, se creará otro paralelo para intentar resolver sus deficiencias, pero rara vez se simplificará o eliminará. Otras veces, el trámite da la vuelta completa, y convierte el procedimiento en irresoluble: te piden un papel 1 para cuya obtención necesitas un papel 2 que solo puedes obtener mediante el papel 1. Ya a mediados del XIX, en La pequeña Dorrit, Charles Dickens describió este hermético horror con la creación del Negociado de Circunloquios, específicamente pensado para dar rodeos y rodeos hasta llegar al mismo punto de partida con las manos vacías. 

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5 comentarios

  1. Francisco Clavero Farré

    Buen artículo, sobre todo lo último. Es una pesadilla de que si se quiere se puede y debe despertar.

  2. Felicidades por el artículo.
    No creo que haya mejor ejemplo sobre lo aqui comentando que volver a ver/leer las doce pruebas de Asterix y su búsqueda del formulario A-38.

    Excelso.

  3. Jose Heredia

    Aunque ciertamente la burocracia es terrorífica, creo que algún otro sustituto sería peor. Es un monstruo Leviatán con el que prefiero vivir a una anarquía administrativa.

  4. qué magnífica a la par que deprimente descripción de lo que tanto nos rodea, de lo que, por supuestamente ayudarnos, nos ahoga…

  5. Uno de muchos

    La conclusión del articulo es superficial y sospechosamente demagógica. La burocracia privada es mucho más tolerable que la pública, porque el «funcionario» privado se juega el puesto si maltrata al cliente, y además no se financia con nuestros impuestos; en cambio la burocracia política la pagamos todos, queramos o no queramos, y el funcionario es un privilegiado que haga lo que haga con su clientela no hay manera de despedir -salvo que le coma una oreja a la compañera o le arranque la nariz al jefe de su negociado. La alternativa que a esa preventiva caricatura de un Estado «neoliberal» nos propone la autora es una burocracia de seres angelicales prestos a servir al ciudadano con una sonrisa y un abrazo y alguna caritativa lagrimita. O peor todavía: una burocracia a la cubana, o sea, convertir a todo el mundo en funcionario-militante del Régimen, la apoteosis más autoritaria del laberinto policial -el camino más corto a la miseria generalizada. Todos malviviendo a salto de mata salvo la nomenclatura del Partido, que en Cuba (o en Venezuela o en cualquiera país socialista) goza de todos los privilegios y algunos más.

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