
Esta entrevista está disponible en la revista Jot Down Places.
160, 144, 160, 173, 136, 136, 160, 136. Estas son las páginas que tienen las ocho novelas publicadas hasta el momento por Esther García Llovet (Málaga, 1963), creadora de un universo literario único en la narrativa española reciente. Certera y sin rodeos, pero también mágica y llena de resonancias, su escritura es exactamente igual que ella, a pesar de la noción de desdoblamiento en la que insiste una y otra vez: una cosa es quien escribe y otra quien se sienta hoy a hablar con nosotros, nos dice. En la terraza con piscina de una casa prestada en la céntrica calle Siete Revueltas de Sevilla, mientras devoramos frutos secos y tortilla de patatas, Esther nos regala su magnética espontaneidad casi sin darse cuenta. Esther tiene la risa de una niña y el asombro ante el mundo de una niña, pero de una niña con un sofisticado objetivo incorporado en su mirada que capta instantáneas que a los demás nos pasan desapercibidas. Su mundo suburbano, periférico, turbio y luminoso, al mismo tiempo, está poblado de seres perdidos que tratan de encontrar cosas perdidas. A veces lo consiguen, a veces no. Hablamos con Esther, entre otros asuntos, de la velocidad y la curiosidad, la escritura y la fotografía, el sol de Málaga y el bullicio de la Gran Vía madrileña, pero sobre todo nos reímos, nos reímos mucho y disfrutamos de la inteligencia chispeante de su conversación.
Naciste y pasaste tu primera infancia en Málaga. Me gustaría saber qué recuerdos tienes de la ciudad, si crees que te ha influido en tu visión del mundo y, en consecuencia, en tu forma de escribir, aunque te fuiste de allí muy pequeña, ¿no?
Sí, me fui con siete años. El mayor recuerdo que conservo de Málaga es, sobre todo, del sol. Todo como con mucho sol, quizá porque de ahí nos fuimos a Bilbao y de Bilbao a Madrid, así que será por contraste, por el trauma de irme de allí. Bilbao es muy bonita, ¿eh?, pero, en los años setenta, no lo era tanto, entonces era una ciudad muy oscura. Mis recuerdos de Málaga y, en general, mis recuerdos de la infancia los he ido mitificando a lo largo de los años. Yo siempre he dicho que desde mi casa se veían la playa y el mar y también los delfines. ¡Me da que no! Pero a mí me funciona, o sea, tengo que ir alimentando esos recuerdos, dentro de poco, ya habrá una sirenita. Los recuerdos de infancia están para eso, para irlos alimentando, los recuerdos de infancia no son de verdad.
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Agradezco mucho que la infortunada frase sobre Cortázar esté relativamente cerca del principio ya que valoro muchoo tiempo, aunque admito que hubiera preferido encontrármela al comienzo y haber evitado así no perder ni esos escasos minutos.
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