
Llanos del Sotillo es un pequeño pueblo andaluz de colonización sin plaza mayor. En su lugar hay un espacio central cubierto conocido por todos como «los porches», una iglesia con sacristía, una escuela, un cine de verano que ya no es cine de verano, sino una sala multifuncional con aire acondicionado donde se dan clases de yoga, pero a la que se le sigue llamando cine de verano, y un imponente campanario con escaleras de caracol desde el que, al parecer, nunca se ha tirado nadie. Es raro, porque de altura está bastante bien, mide 28 metros y lleva en pie desde el año 1960.
—Entonces, ¿nadie se ha tirado nunca desde el campanario?
—Que no.
—¿Cómo puede ser, Felisa? ¿No te parece un poco extraño que nadie en sesenta años lo haya intentado siquiera?
Felisa no está sorda. Su hija dice que un poco sí lo está, que hay que hablarle muy fuerte y que a veces, ni con esas, pero en cuanto le preguntas si alguien se ha intentado tirar desde el campanario (por lo que sea, Felisa, yo ahí no me meto), se echa un poco hacia delante y dice en tono de confesión que no, que desde luego en la torre se habrán hecho auténticas barbaridades, pero que tirarse desde lo alto, lo que es tirarse desde lo alto, no.
—Ni que fuéramos tontos.
Ángel, uno de los primeros colonos del pueblo, respalda los comentarios de Felisa y añade:
—Vamos a ver, solo porque tengas un campanario de treinta metros junto a tu casa no significa que tengas que ir corriendo a lanzarte.
Se queda pensativo por un momento y luego continúa diciendo que él presenció la construcción del campanario cuando era niño y que subió muchas veces hasta arriba del todo. Recuerda que, a diferencia de ahora, no había ningún candado ni ninguna medida de protección, que allí podía subir cualquiera cuando quisiera, y que a veces subían con gatos y los tiraban desde lo alto.
—Pero los gatos siempre caían de pie, ojo. No se hacían nada. Caían de pie y salían corriendo y tardabas días en volver a verlos. Menudos pies cogían.
—¿Cómo dice?
—Ahora no se le ocurriría a nadie, es una barbaridad, pero yo qué sé, éramos muy pequeños y nadie nos decía nada.
María, la mujer de Ángel, cuenta que cuando conoció a su marido el pueblo era tan nuevo que las calles no tenían nombre.
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De Chirico. Viví mi adolescencia en una capital andaluza en lo peor de la crisis. Cuando veo un cuadro de de Chirico, con esas arquerías interminables que un día se levantaron y desde entonces no ha vuelto a pasar nada, así me sentía, dentro de un cuadro de de Chirico.
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