Arte y Letras Historia

Underground to everywhere

Underground
Un policía durante la evacuación de la estación de Moorgate el 28 de febrero de 1975, cuando el choque de un convoy causó la muerte de cuarenta y tres personas y dejó setenta y cuatro heridos. Fotografía: Frank Tewkesbury / Getty.

El metro de Londres es especial. No es el que transporta más pasajeros: el de Tokio moviliza siete millones de personas por día contra cinco millones en promedio del londinense. Tampoco es el de las estaciones más lujosas, como los de Moscú y San Petersburgo, donde las más antiguas parecen museos deslumbrantes, mientras que las de Londres son austeras y funcionales. Sin embargo, ningún subterráneo del mundo —y, podríamos decir, ningún medio de transporte del mundo— tiene la mística y la personalidad del metro londinense. Piensen si de algún otro retienen en su mente el logo identificatorio: ese óvalo rojo atravesado por una franja azul con letras blancas en donde se lee la palabra UNDERGROUND en tipografía Johnston Sans. Piensen si, después de haber viajado en él, no les queda repiqueteando para siempre en la cabeza el sonsonete que sale de los altavoces, Mind the gap, advirtiendo de una separación un poco amplia entre el coche y la estación, dejando una abertura por donde pueden caer cosas o quedar un pie atascado. Piensen si algún metro hace tan reconocible el garabato de su mapa como el de Londres serpenteando a lo largo de un Támesis invisible y dejando prolijamente registrados los nombres de las doscientas setenta y dos estaciones que componen el sistema. El merchandising del Tube no tiene comparación con ningún otro. El subte de Londres es especial, el más especial del mundo.

Y además fue el primero. No por casualidad sino porque Londres fue el centro de la expansión de las ciudades en el siglo XIX. En el primer censo realizado en Inglaterra en 1801, se registraron 900 000 habitantes. A mitad de siglo, en 1851, había alcanzado 2 362 000. La concentración de personas en un área limitada, buscando potenciar sus capacidades comerciales y tratando de conseguir una mejor calidad de vida, traía aparejada una serie de problemas nuevos: hacinamiento, acumulación de detritos, congestión en la circulación, epidemias. Las soluciones, siempre provisionales, vinieron por el desarrollo de la ciencia y de la técnica, causa y consecuencia del crecimiento de las ciudades. Fue, por ejemplo, el genio de Jon Snow el que dio nacimiento a la epidemiología cuando entendió que la epidemia de cólera londinense a mitad del siglo XIX se debía no a un misterioso «magma» flotando en el aire sino a la contaminación de uno de los pozos de agua que abastecía a un barrio. Problemas nuevos que merecían ser pensados de una manera diferente.

Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.

Regístrate gratis

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5€mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Un comentario

  1. Pingback: Cooperación y castigo - Jot Down Cultural Magazine

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*