
Que un artículo se publique abierto a los libres comentarios de los lectores es una buena forma de democratizar la escritura. Pero la democracia, que casi todos consideramos el menos malo de los sistemas políticos realmente existentes (no de los soñados por el pensamiento utópico) también tiene sus problemas. En este caso uno de ellos es que esos foros abiertos suelen llenarse de banalidades, chabacanerías e insultos gratuitos. Ahora bien, cuando eso no ocurre (y felizmente no ha ocurrido en el caso que motiva esta reflexión, el artículo de María Cabré Solé «La estúpida idea de vivir de la escritura») las opiniones populares pueden convertirse en una espléndida muestra, estadísticamente significativa, de fenómenos psicosociales importantísimos.
El artículo de Cabré cuenta en tercera persona la historia de Natalia, que a los veintidós años acabó la carrera de Derecho con tanto éxito que recibió de inmediato varias ofertas de trabajo, una de las cuales suponía 25 200 euros anuales de entrada. La rechazó para entregarse en cuerpo y alma a su auténtica votación, la literatura. Se encerró, en condiciones precarias y tirando de sus escasos ahorros, a escribir su primera novela. Ocho años después no sabe cómo va a pagar la mensualidad de la habitación que ocupa en un piso compartido, amontona manuscritos que ninguna editorial acepta y escribe artículos literarios, de los que solo ha logrado publicar uno por el que recibió 60 euros. A las buenas palabras con que los editores se la quitan de encima se añaden los consejos que le dan los amigos: mantenerse fiel a la auténtica vocación, trabajar incansablemente hasta lograr el objetivo, no renunciar jamás a realizar su sueño.
Cuando decide rectificar descubre que sus conocimientos de Derecho están ya muy oxidados y ha pasado la ocasión de emprender ese camino. Recuerda entonces que García Márquez estuvo en una situación muy parecida y se entrega, una vez más, con apasionada desesperación a la escritura…
De los diecisiete comentarios que el relato recibió en Mercurio, los resultados fueron los siguientes: doce votos a favor del deseo, cero a favor de la realidad y cinco digresiones. El tono que se repite con ligeras variantes viene a decir: «Natalia, atrévete a desear y tu sueño, sea el que sea, lo verás cumplido». «Me encanta! Ánimo Natalia! Falta muy poco y cuando te descubran… ❤️».
Casi sin excepción los comentaristas dirigen sus opiniones directamente al personaje y no a la autora del texto, cayendo así en la identificación que todos los teóricos de la literatura rechazan y la mayor parte de los lectores asumen. De nada vale que María Cabré Solé haya querido distanciarse de su texto eligiendo para escribirlo la tercera persona y no, como habría podido hacer, la primera. Tampoco sirve de nada que haya incluido varias pinceladas críticas: «La mentecata de Natalia ha ganado vivencias de todo tipo, eso hay que admitirlo, pero no sabe cómo pagará el alquiler del mes siguiente», o bien: «Sigue las palabras de Pavese y de Rilke y de los gurús actuales que insisten en eso de follow your dreams. Porque si de algo se quiere convencer Natalia es de que todo esfuerzo tiene siempre su recompensa». «Entonces la mentecata de Natalia se anima de nuevo, (…) y vuelve a lanzarse a la escritura con una sonrisa, convencida de que, como a todos los grandes, algún día la llamarán».
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Pues tengo que darle la razón, en casi todo. El casi sería que nadie escarmienta en cabeza ajena, y que uno lucha por sus sueños hasta que deja de soñarlos. El leído el artículo de Natalia, y me quedo con el comentario de que es un magnífico cuento de terror.
Había un escrito, no sé si de Horkheimer o Adorno, que decía más o menos lo siguiente. Una de cada diez personas tiene talento para tocar el violín. Una de cada cien personas que tengan talento, conseguirá dominarlo. Una de cada mil personas que dominen el violín podrá ser virtuoso y vivir de ello. La condición de la vida humana es triste, pues cada virtuoso del violín tiene tras sí a su pesar miles de frustrados.
De una manera gráfica lo expresó a su manera Goya:
https://tinyurl.com/goya11
Interesante observación. La remota probabilidad de alcanzar éxito en una tarea creativa se debe, en parte, a que es un mercado mucho más difícil que el de los cocineros, arquitectos, sastres o médicos, al no dirigirse a necesidades vitales básicas sino a minoritarios placeres espirituales. Pero el gran atractivo que ejerce la posibilidad de que sea uno el agraciado, junto con el narcisismo constitutivo de todo ser humano, puede llegar a hacer que se olvide por completo la probabilidad del fracaso.
Yo a menudo me pregunto cuánta gente será o tendrá condiciones naturales para ser excelentes o extraordinarios en una materia o especialidad y por motivos X nunca lo sabrán. Por ejemplo por motivos culturales: a lo mejor yo podría haber sido el mejor jugador profesional de la historia de cricket pero como no he nacido en un país con tradición, pues nunca me ha interesado ni he tenido la oportunidad de practicarlo. Disgregando un poco.
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