Cine y TV

‘La naranja mecánica’: la aniquilación institucional del individuo 

La naranja mecánica. Imagen Warner Bros.
La naranja mecánica. Imagen: Warner Bros.

En la cultura popular, La naranja mecánica de Stanley Kubrick está envuelta por una neblina que eclipsa muchos de los mensajes que esta película transmite, un aura de sangre pulverizada que al condensarse en el cristal forma la palabra violencia. 

Curiosamente, en sus dos horas de visionado no aparece una sola pistola. Toda la sangre y el sufrimiento se consiguen a través de puños, porras, cadenas, patadas, cuchillos, una escultura fálica, una botella de leche, el cuarto movimiento de la novena sinfonía de Ludwig van Beethoven

Es perturbador para el espectador contemporáneo despojar a un guion de disparos, y aún más, de la coacción provocada por un arma sin disparar. ¿Cómo obedece la gente? Sin armas de fuego, acaba uno mirando con temor a los objetos cotidianos, con la paranoia que ello genera. 

A la edad de veintisiete años, Anthony Burgess y su esposa fueron asaltados en Londres por un grupo de cuatro marines norteamericanos, quienes les robaron, apalearon y violaron a su mujer, causándole el aborto del embrión que estaba alumbrando. 

Al comienzo de la película, una banda de criminales ataviados con chaquetas militares superpuestas rodean y arrancan la ropa a una mujer sobre el escenario de un teatro ruinoso y vacío. Alexander DeLarge y sus tres drugos, Georgie, Dim y Pete, entran entonces en escena para apalear a la banda de violadores. La mujer escapa, corriendo desnuda entre bambalinas. 

Ojos impotentes, cuyo temblor es petrificado por el horror, inspiraron esta historia. Y como tal aparecen en la primera escena, en la segunda escena, en la tercera escena, en la cuarta escena. Siempre ojos palpitantes, los del borracho linchado, la mujer violada ante su marido, los otros drugos, la víctima o la víctima de la víctima. 

Es pertinente aquí distinguir entre el libro y la película.

El final de la obra de Kubrick no coincide con el de la novela. Burgess escribió tres bloques de siete capítulos, veintiuno, coincidiendo, y no casualmente, con la mayoría de edad de la época, pero la película solo llega hasta el final del capítulo veinte. 

Al final del guion, Alex es rehabilitado por los médicos de su maldad y su capacidad de apreciar la música. Es más, el gobierno le recompensa por las torturas sufridas con un buen trabajo y un sueldo equiparable. «Definitivamente, estaba curado» es su frase. Él, que tanto daño había provocado y tanto daño había recibido, volvía a la casilla de salida con su maldad intacta. 

Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.

Regístrate gratis

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

3 comentarios

  1. Abel "El Bedel"

    La vida es breve, aunque no tanto como los nuevos artículos de la jotdown.
    Ya veis niños míos cuál es la razón de que se hayan extinguido los cyberpunk y los pokeros que otrora dominaron las estepas de España… Sí, aceptar la barriga es un signo de madurez.

  2. Antonio Bedmar Fernández

    Pues no entiendo por qué censuraron ese último capítulo. A mi me parece una defensa del trabajo honrado.
    No hace falta métodos inhumanos para reducir la violencia. Basta con que todo el mundo tenga un trabajo honrado y bien pagado.
    Y he pensado que esa puede ser una de las razones de la violencia y la inmoralidad de nuestra época: la falta de empleo digno. Eso que el autor del artículo llama «la aniquilación institucional del individuo»
    Pero agradezco al autor por este artículo. Ahora mismo hay un movimiento en defensa del salario mínimo vital. La idea es que como hoy en día es difícil encontrar trabajo, pues que la gente pueda prescindir de él. Se le da a todo el mundo un salario digno y el que no pueda o no quiera hacer nada, pues que no lo haga.

    Si el escritor de la novela tiene razón, eso sería un gravísimo error y hay que advertirlo. El trabajo no sólo sirve para ganar dinero sino para la autorealización como persona. Y si en vez de crear empleo los poderes públicos incitan a la gente a no trabajar, esta novela nos advierte de lo que podría pasar.
    Y no estoy seguro de que no tenga razón. Durante siglos se ha hablado y escrito sobre los efectos moralizantes del trabajo. Una cosa es que hallan existido y existan trabajos indignos o inhumanos, y otra atacar al trabajo honrado y digno.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*