
Justo la noche antes de escribir este artículo sobre la ruptura he estado viendo la película Maître du monde, de Enrico Giordano. Film para muchos aburrido, y para la crítica de cine prescindible. En sí mismo es como una ruptura en la historia del cine: sin diálogos, un solo protagonista y ni siquiera un monólogo interior.
De este sujeto no se conocen su pasado ni sus pretensiones. Es un joven ejecutivo que abandona bruscamente su trabajo y huye hacia el monte, donde avanza entre la maleza sin un objetivo claro. Rompe con su pasado y también consigo mismo. Echa al fuego el resto de cocaína que llevaba encima y realizará un intento de suicidio. El hombre que ha roto por fuera se siente también roto por dentro.
Ruptura rima con dura. Toda ruptura es dura. Todos experimentamos en algún momento una ruptura y lo dura que puede ser. Se rompe con el exterior y en el interior. Esto último puede ser emocional, mental, o tan totalizador como cambiar de sexo, de religión o radicalmente de vida. Lo primero, puede ser aún más variado: romper con alguien, con algunos a la vez, con una entidad o institución, con el país en que se vive.
Ruptura-corte
Toda ruptura es radical e irreversible. Ruptura es rotura y, por tanto, imposibilidad, por definición, de poder reanudar y recomponer lo que se rompió. El jarrón que se hizo añicos no será el mismo por bien que se peguen sus pedazos.
Toda ruptura deja cicatrices, marcas de que lo que fue unión sufrió desunión, lo que fue juntura tuvo fractura. Por eso ninguna ruptura es agradable, aunque la hayamos creído justa, y sus consecuencias sean de largo mucho más positivas que negativas: romper con un abuso, una tiranía, un modo de ser o de vivir que se hicieron insoportables. Pero el hecho de romper es tan duro e indeseable como el de permanecer en la misma situación. Algo característico de toda ruptura es que no se sabe que hay al otro lado ni exactamente qué va a venir después. En otras palabras, presupone un vacío que cada grado de ruptura, leve, grave o de «pronóstico reservado», superará de modo distinto. Así entre personas como entre grupos o países, y también dentro del propio sujeto.
En lo personal deben cerrarse situaciones de ruptura como tener que abandonar la propia casa o país, por ejemplo, en un cayuco; la separación de la pareja; el final de una amistad; la muerte de un ser querido; el fracaso profesional o económico; un golpe duro contra la salud, o la irreversible jubilación. Y en la historia no hay siglo más lleno de rupturas que el siglo XX. El mundo se invierte con la Primera Guerra Mundial y vive una conmoción mayor con el Holocausto, los bombardeos masivos y la bomba atómica sobre la población civil. Y si descendemos a la situación de cada país, casi ninguno se ha librado de cortes radicales en sus instituciones y costumbres.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






