Arte y Letras Literatura

Testimonio personal: la leyenda del diablo y la novela

La leyenda del diablo y la novela. Ilustración de Pablo Amargo.
La leyenda del diablo y la novela. Ilustración de Pablo Amargo.

Solo un mundo más solidario, más consciente de la necesidad de empatizar con el sufrimiento ajeno, podrá hacernos salir de la crisis de valores en la que nos encontramos. Tenemos miedo del presente, pero, sobre todo, miedo de un futuro que somos incapaces de vislumbrar. Es como si supiéramos dónde estamos, de dónde venimos, pero no adónde vamos. Hay demasiadas nubes sobre nuestras cabezas, un muro que nos bloquea. Deseamos que algo, o alguien, venga a ayudarnos, resuelva nuestras dudas, lo cambie todo. 

Únicamente si escuchamos con atención, comprenderemos el mensaje que nos da Beethoven en sus obras finales —la Novena sinfonía, los últimos cinco cuartetos de cuerda—, en el que nos advierte que todos los seres humanos tenemos un destino común: la muerte, y que por tanto, deberíamos ser capaces de compartir un espacio —al que nos han arrojado sin pedirnos permiso—, de forma más solidaria. 

Pero esta es una revista fundamentalmente crítica, una plataforma para difundir palabras encendidas, y confieso, contra mis deseos, que en buena parte de la novela actual echo en falta mayor capacidad de riesgo. Yo creo en una novela que acerque la palabra a la música, que se aventure en diferentes maneras de puntuación, que consiga descifrar las pautas del silencio, que trabaje las repeticiones como si se tratase de una fuga, que experimente con la forma y el contenido, que sepa manejar mejor lo irreal e inexistente, que sea capaz, en definitiva, de sortear las tendencias de un mercado proclive a obras —en todos los ámbitos del arte— escasamente comprometidas. Hace falta separar sin complejos el comercio de la creación, distinguir la invención de la trivial fantasía, tener el suficiente coraje para abordar textos que escapen de la cárcel del realismo, tomar el modelo de la vida solo como parte de su materia bruta, transformar los hechos cotidianos en ideas inéditas, inventar, imaginar, soñar. Sí, yo creo en una novela que resucite ese glorioso arte de la ficción, del que hablaba Henry James. Qué cerca me siento de los viejos fabuladores, de Homero a Borges, con sus afirmaciones intrépidas, su soberbia irresponsabilidad, su sano y natural desprecio de la realidad. Una de las principales causas a las que cabe atribuir el carácter insustancial —y siento tener que calificarlo así— de buena parte de la novela de nuestra época es, sin duda, la falta de atención a esa larga lista de viejos fabuladores. La mentira y la poesía son artes que, como supo ver Platón, no carecen de parentesco, pero requieren la práctica más atenta, la entrega más apasionada. En el momento en que la novela renuncia a su ideal imposible, pierde parte de su esencia. Y las dos cosas que todo novelista contemporáneo debería evitar son: la limitación formal y la falta de imaginación en el argumento. Arriesgarse, llegar al límite de la expresión, hacerla estallar en mil pedazos, rechazar la réplica de la vida, sin renunciar por ello a tratar de superarla. No es el arte el que sigue a la vida, sino la vida la que sigue al arte. Los personajes, incluso los reales, sobre los que escribimos, deberían ser, por lo menos en parte, figuras literarias. Es decir: estar alejados de una realidad que, por lo demás, ya está expuesta hasta la saciedad en la propia existencia, porque, aunque pueda parecer una paradoja, no por ello es menos cierto, insisto, que la vida imita al arte, mucho más de lo que el arte imita a la vida. El arte radical de fabular, de transformar la realidad en mundos imaginarios, es lo que debería estimularnos, aunque, mucho me temo que, en los tiempos que corren, cuando la moda de escribir se ha extendido en exceso, y habría que desalentarla en lo posible, el talento de vislumbrar mundos o situaciones inéditos, corre el riesgo de desaparecer.

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Un comentario

  1. La 5º de Shostakovich es una obra maestra. La hiciera arrepentido, sumiso, lisonjero u obligado. Por o a pesar del mierda de Stalin, es una de las grandes sinfonías de todos los tiempos…

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