Sociedad

El supermercado como epítome de la civilización occidental

supermercado
Supermarket Lady, de Duane Hanson (1970)

Cuando mi sobrina Paula tenía cinco años le hice memorizar esta frase: «los supermercados son el epítome de la civilización occidental». Huelga decir que la pobre niña no entendía su significado. Ahora, a sus quince, probablemente tampoco, pero yo ya planté la semilla de lo que algún día quizá sea el eje de su tesis doctoral. Mis experimentos pedagógicos pueden ser discutibles —por no hablar de mis expectativas sobre la trayectoria académica de la sobri— pero la frase resume mucho más de lo que aparenta. 

Ir a comprar a un supermercado es una de las cimas de la experiencia humana en el siglo XXI. Voy a catalogarla como al menos equivalente a contemplar las puertas del paraíso en el baptisterio de la catedral de Florencia. Para disfrutar del trabajo de Ghiberti y ayudantes es necesario tomar un autobús, un avión, un tren, alojarse en un hotel carísimo y navegar entre ríos de gente para plantarse frente a la catedral y darse codazos con otros turistas para ver en directo lo que tantas veces se ha disfrutado en libros o, ahora, por internet. El placer de examinar las dos hojas en su sitio –con las texturas, los brillos, el stiacciato, esas gloriosas composiciones de escenas pías, los matices– queda un tanto amortiguado sabiendo que los batientes son una copia (las puertas originales se guardan en el Museo dell’Opera del Duomo), aunque la contemplación in situ continúa siendo una experiencia muy satisfactoria. Sin embargo, desmerece de la que vengo a hablar, porque —para empezar con la exposición del caso— al súper uno puede ir siempre que quiera y, de hecho, para mucha gente hacer la compra es un penoso deber. Uno que se puede transmutar con facilidad en una fuente periódica de satisfacción y de placer estético e intelectual. 

No me interesa recorrer la historia de esta manera de vender. Hay un libro espléndido del fundador de Trader Joe, Joe Coulombe que gustará a todos a los que (ejem) adoren los supermercados y la venta al detalle. Lo que quiero es ofrecer unas notas originales para su apreciación. Un riesgo, ahora que parece que se ha revivido el debate sobre la diferencia crítica entre pivotar sobre materiales ajenos y la creación, entre la alta y la baja cultura, sobre lo cultureta y gafapastoso y lo popular. Sin ánimo de contribuir a la épica de la élite cultural, pero sin pedir perdón por disfrutar genuinamente de obras que otros consideran un tostón infumable, creo que para gozar de las puertas de Ghiberti, de un buen poema de Jo Shapcott, o de un cuarteto de cuerda de Bartok se ha de contar con cierta instrucción previa. Es difícil llorar de emoción estética ante un cuadro de Hodgkin o de Joan Mitchell sin saber qué es el expresionismo abstracto. En la misma línea, disfrutar de la compra en el supermercado no es un acto natural. Dedicar unas páginas a exponer por qué la visita semanal al Carrefour podría convertirse en una experiencia que eleve por un rato tus vibraciones mentales desde la molicie y lo gris hacia lo excelso de tu claristorio interior no es un ejercicio de estilo, ni una fricada iconoclasta. Es un sano intento de que se pueda valorar mejor una actividad a la que no hemos dotado de su debido significado cultural y a la que quizá por inercia no prestamos la atención que merece. De entrada, la experiencia súper tiene a su favor que es más inmediata y accesible, y además tiene mucho más que ver con nuestra vida, que esa escena de Ghiberti en la que Dios detiene el brazo de Abraham cuando se dispone a acuchillar a Isaac, su hijo. En cierta medida, ir al supermercado es una experiencia más auténtica para nosotros que contemplar en el museo del Bargello esa escena, ya sea en el bajorrelieve de Ghiberti o en el de Botticelli

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7 comentarios

  1. Este lavado de cerebro, ¿va en serio o es ironía finísima?

  2. Primero te ríes. Luego reflexionas. Y al final te maravillas. Una bonita pieza de arquitectura verbal y un alarde de erudición que además tiene mucha miga. De tener que leer tres o cuatro veces. Enhorabuena. Estos son los artículos que necesitamos.

  3. Yo no lo entiendo como ironía, la verdad. Me parece fino e inteligente. A ratos deslumbrante. Lo deberían regalar a la entrada de los Hiper. Me gusta más este estilo que el de los otros artículos del mismo autor. ¿O son varias personas?. No queda claro son temas muy diferentes y los estilos tambien.

  4. Y tanto que lo es. Lo de la explotación, el asfixiar al productor, la publicidad encubierta y el fetichismo de la mercancía ¿lo dejamos para la segunda parte?

  5. Eduardo Roberto López López

    Vaya con este docto escrito que no sé si es ironía o condena. Pero no importa pues la lectura ha sido amena. Lástima que en los supermercados se socialize poco. No son como los viejos almacenes de nuestros “gallegos”, termómetros del pueblo, pero a veces ocurren milagros. “Lo que quería era sólo un yogur, pues con lo cándido y denso se piensa mejor. Eso creo. Además, raspar hasta el fondo exige habilidad espacial, tenacidad y vista aguda ya que únicamente se ve todo blanco, y la cabeza de mi gato se queda a mitad, por eso ha aprendido a usar una pata para lamerla después. Y he aquí que se presentó otra vez el temor al extravio y la desubicación por los neones y la asepsia de los corredores mondos y brillantes como pasillo de hospital del super mercado del pueblo, infinitamente largos y a un costado cientos de marcas con efectos benéficos, mas nocivos para una simple elección. El paso se me hace siempre pesado, lento como un astronauta sin gravedad sabiendo que después de la compuerta funesta solo puede haber vacio y soledad, pero ese día me salvé de la perdición cósmica gracias a una nena y a su hermanito. Ella sobre un carrito intentando pesar ¡su cabecita de niña en la balanza electrónica! mientras el otro corría de aquí para allá en busca de ¡el código y el precio de cabezas de nenas!, encontrando solamente semejanzas: melones, zapallos, sandías y repollos, pero cabezas de nena, NO. Ya no fuí una copia burda de un explorador del espacio condenado al fracaso, al olvido en una pletórica nave espacial, no. La maravilla me devolvió a la dulce Tierra. Entonces pregunté por el precio. ¡Es que no hay precios para cabezas de nenas!, me respondio todavía en esa posición absurda. Está de más decir que volví sin yogurt, pero contento pues la fantasía había sido gratis”

  6. Nos quedamos con las ganas de saber qué opinó luego el gato.

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