
La vida es desierto y oasis, escribió Walt Whitman. Y así estamos, serenamente plantados ante la naturaleza, serenos frente a las cosas irracionales, conocedores de que nuestra ocupación, nuestra pobreza, nuestra notoriedad son menos importantes de lo que creíamos. Y allí está el desierto para confirmarlo.
Todo empezó en 1961 con el primer premio. O en la década anterior con las primeras conversaciones. O en los años 30 con un hotel que también era un sueño. En plena depresión de 1929 un poeta argentino -rico, excéntrico, loco- concibió un hotel en un emplazamiento perfecto, el cabo de Formentor, el entrante de tierra más septentrional de la isla de Mallorca. Sería un refugio para la élite europea y también para artistas y creadores que no podían permitirse el lujo de pagar una estancia allí.
Porque un hotel puede ser sólo un hotel o también un símbolo.
Las Conversaciones Literarias Formentor que se realizan cada año tienen una de sus raíces en un rincón de Mallorca que se soñó a sí mismo como algo mucho más grande que un conjunto de habitaciones. Se cuenta que Churchill solía alquilar una habitación -siempre la misma- y, con el puro en la mano, pintaba allí sus acuarelas y, quizás, cavilaba sobre la agitada política británica. Grace Kelly y el príncipe Rainiero pasaron allí su luna de miel. Magnates, políticos, estrellas de Hollywood, artistas. Y escritores.
¿Cómo puede un hotel convertirse en sello literario? La historia es larga y está hecha de fragmentos.
El nombre del poeta argentino era Adán Diehl, una especie de Gran Gatsby de las pampas que soñaba en verso y a lo grande (si hasta Borges lo incluyó en su Antología poética argentina de 1941) y encontró su lugar en la isla: «Cuando descubrí la belleza insuperable de Formentor, pensé que este sitio lo reservaba la providencia para servir de refugio a los poetas y pintores».
La idea de que el ejercicio del arte requiere la paz y el sosiego de un refugio parece extemporánea. Y sin embargo, ¿cómo resistirse a un oasis? Las Conversaciones Formentor 2024 transcurrieron en uno: el Barceló Palmeraie de Marrakech.
Hace tiempo que las conversaciones están asociadas a un premio: el Prix Formentor que es también una cartografía, un recorrido primero, una exploración sobre el disperso mundo de las letras para detenerse al fin —una vez cada 365 días— en un sitio y en un nombre. Una literatura que el premio termina de fijar en un mapa que servirá como guía para quienes vienen detrás.
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Desconocía el papel de Adán Diehl en el hotel Formentor. Me parece que merece una biografía, por si interesa a la autora del artículo.
Además, reclamo el valor del mecenazgo porque ahora parece que es la libertad lo que guía al artista cuando realmente lo hace el mercado.