
España es un país condenado a vivir sus gestas como si fueran sainetes, a encadenar epopeyas que en cualquier otro sitio serían materia prima para la industria del entretenimiento masivo y que aquí se malgastan en comentarios de locutor deportivo o en recreaciones medievales con puestos de chorizo y gaiteros de saldo. Porque tenemos Numancia, Lepanto, las Navas de Tolosa, Zugarramurdi o Cartagena de Indias, y lo que hacemos con ello no es construir un relato nacional de resonancias universales, sino convertirlo en excusa para un titular local o en material de disputa ideológica, como si la historia sirviera únicamente para hinchar el pecho en tertulias o para arrugarlo de vergüenza en editoriales.
La épica española, si es que existe, nunca se libra de lo grotesco: siempre hay una bandera teñida con sangre improvisada, un caballero enamorado que acaba sacándole un ojo a un rival, un milagro congelando ríos en nombre de la Virgen o un presidente de república confesando estar «hasta los cojones de todos nosotros» antes de largarse a Francia. Si Hollywood hizo del wéstern un género universal, nosotros tenemos nuestro propio wéstern cañí: bandoleros cordobeses perseguidos por un gobernador que jamás será John Wayne. Y si ellos mitifican a sus mártires de la libertad, aquí colgamos a Riego en la plaza pública y lo canonizamos después, como si el martirio fuera el único destino narrativo posible para un héroe español.
Ese es el material con el que contamos: no la gloria limpia de un relato épico, sino la tragicomedia barroca de un país que siempre está a medio camino entre la heroicidad y el ridículo, entre la solemnidad de la historia y la risa amarga de su recuerdo.
El heroísmo convertido en tópico
Lo de Numancia lo llevamos tatuado en la lengua: la «resistencia numantina» que cada locutor de fútbol saca a pasear cuando el Getafe aguanta un cero a cero en el Camp Nou. Aquella ciudad celtíbera, sitiada hasta el agotamiento por las legiones romanas, terminó quemándose a sí misma antes de rendirse, como si en el manual de instrucciones de la historia de España estuviera escrito que lo nuestro no es la victoria sino la inmolación, no es la gloria sino la épica de perder bien. Desde entonces, cada derrota honorable se maquilla con la palabra Numancia, como si con invocar a los muertos se pudiera redimir la mediocridad de los vivos.
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«Arturo Pérez-Reverte, que lleva treinta años dando la turra con esa España de cojones y pólvora, la misma en la que todo eran gestas viriles y sangre derramada por la patria».
Debería usted leer a quien cita. Si de algo desconfían los protagonistas de sus novelas es del término patria. Y respecto a las gestas viriles le recomiendo encarecidamente la reina del sur, por ejemplo.
jajajja, es increíble a qué velocidad degenera Jotdown.
Y pensar que fui suscriptor. Si Mar levantara la cabeza…
Erica. Vete al psicólogo, al bar, busca amigos. Amplía las lecturas. Pero cambia de ambiente. Evita que te sigan comiendo el tarro determinadas paraoias.