
España es un país condenado a vivir sus gestas como si fueran sainetes, a encadenar epopeyas que en cualquier otro sitio serían materia prima para la industria del entretenimiento masivo y que aquí se malgastan en comentarios de locutor deportivo o en recreaciones medievales con puestos de chorizo y gaiteros de saldo. Porque tenemos Numancia, Lepanto, las Navas de Tolosa, Zugarramurdi o Cartagena de Indias, y lo que hacemos con ello no es construir un relato nacional de resonancias universales, sino convertirlo en excusa para un titular local o en material de disputa ideológica, como si la historia sirviera únicamente para hinchar el pecho en tertulias o para arrugarlo de vergüenza en editoriales.
La épica española, si es que existe, nunca se libra de lo grotesco: siempre hay una bandera teñida con sangre improvisada, un caballero enamorado que acaba sacándole un ojo a un rival, un milagro congelando ríos en nombre de la Virgen o un presidente de república confesando estar «hasta los cojones de todos nosotros» antes de largarse a Francia. Si Hollywood hizo del wéstern un género universal, nosotros tenemos nuestro propio wéstern cañí: bandoleros cordobeses perseguidos por un gobernador que jamás será John Wayne. Y si ellos mitifican a sus mártires de la libertad, aquí colgamos a Riego en la plaza pública y lo canonizamos después, como si el martirio fuera el único destino narrativo posible para un héroe español.
Ese es el material con el que contamos: no la gloria limpia de un relato épico, sino la tragicomedia barroca de un país que siempre está a medio camino entre la heroicidad y el ridículo, entre la solemnidad de la historia y la risa amarga de su recuerdo.
El heroísmo convertido en tópico
Lo de Numancia lo llevamos tatuado en la lengua: la «resistencia numantina» que cada locutor de fútbol saca a pasear cuando el Getafe aguanta un cero a cero en el Camp Nou. Aquella ciudad celtíbera, sitiada hasta el agotamiento por las legiones romanas, terminó quemándose a sí misma antes de rendirse, como si en el manual de instrucciones de la historia de España estuviera escrito que lo nuestro no es la victoria sino la inmolación, no es la gloria sino la épica de perder bien. Desde entonces, cada derrota honorable se maquilla con la palabra Numancia, como si con invocar a los muertos se pudiera redimir la mediocridad de los vivos.
Las Navas de Tolosa, en cambio, fue una victoria, y de las grandes: 1212, las tropas cristianas unidas contra los almohades, decisivas para lo que después llamaríamos «España». Una superproducción medieval lista para rivalizar en épica con Braveheart, con caballería, cruz y sangre a chorros. Y, sin embargo, esa batalla —como tantas otras— no vive en nuestra memoria colectiva como relato complejo, sino como materia prima para los mamporreros de la reacción que siguen viendo la historia como un parque temático de grandezas imperiales. La simplifican, la barnizan de cruzada y la convierten en coartada ideológica, como si la única lectura posible de Navas fuera la de una Reconquista eterna en la que los buenos éramos siempre nosotros. Asoma en lontanaza Arturo Pérez-Reverte, que lleva treinta años dando la turra con esa España de cojones y pólvora, la misma en la que todo eran gestas viriles y sangre derramada por la patria. Una visión rancia que confunde épica con épico y patria con parodia. El problema es que, a fuerza de repetirla, se ha convertido en la banda sonora de cualquier conversación sobre historia, como si el académico Bic Cristal fuera el notario oficial de un país condenado a vivir en los capítulos de Alatriste.
Al final, entre la derrota digna de Numancia y la victoria secuestrada de Navas, lo que tenemos es el retrato perfecto de nuestra épica: siempre disponible para ser reducida a cliché, ya sea en el telediario deportivo o en la homilía de algún novelista con ínfulas de cronista del Siglo de Oro.
Suero de Quiñones y la obsesión con el amor cortés
Si algo define a esta tragicomedia española es que, tras las grandes batallas, siempre aparece el delirio individual, la gesta quijotesca que roza la autoparodia. Y ahí está Suero de Quiñones, caballero leonés enamorado hasta la locura de doña Leonor de Tovar, que un buen día decidió encadenarse literalmente al amor romántico con una argolla al cuello y, no contento con eso, retó al mundo a un torneo en el puente de Hospital de Órbigo.
El plan era sencillo: quien cruzara aquel puente sin un caballero que rompiera lanzas en su honor, debía perder el guante derecho, como si el amor y la violencia fueran la misma cosa —que, en realidad, lo eran—. Durante un mes, Suero y sus nueve colegas se dedicaron a partir lanzas como quien hace horas extras por despecho, hasta alcanzar la marca de trescientas, con un único muerto por el camino: un tal Claramonte, que acabó con el hierro de la lanza atravesándole el ojo izquierdo «hasta los sesos», según la crónica. Ni Shakespeare lo hubiera descrito con tanto detalle gore.
Pero lo más increíble es que todo aquello se documentó con rigor, se publicó en el Libro del Passo honroso, se citó en El Quijote y hoy se sigue celebrando con torneo incluido en Órbigo, como si la obsesión de un caballero del siglo XV por impresionar a una dama tuviera que transformarse en patrimonio cultural inmaterial. Suero, por cierto, logró casarse con doña Leonor. Que la boda fuera el epílogo feliz de semejante carnicería dice mucho más sobre nuestra historia que cien manuales de caballería.
La conquista de México, o cómo vender una masacres coloniales como epopeyas
Si uno atiende a cierta historiografía —la misma que todavía suspira por Hernán Cortés como si fuera un superhéroe—, la conquista de México se cuenta como la gran hazaña de unos pocos españoles que, con cuatro caballos y unos arcabuces, doblegaron un imperio. El relato perfecto para quien aún cree que la colonización fue una especie de Erasmus adelantado, una excursión cultural con medallas al valor.
La realidad, claro, fue otra: violencia colonial sistemática, alianzas oportunistas, traiciones, ciudades arrasadas y una devastación demográfica de escala colosal, acelerada por enfermedades y guerras. Que el Imperio mexica no fuera precisamente una hermandad franciscana —con sus propios sacrificios humanos y sometimiento de otros pueblos— explica en parte por qué Cortés encontró tantas manos dispuestas a ayudarle a derribar Tenochtitlan. Pero lo espectacular del asunto no está en la épica, sino en lo obsceno, en cómo se quiso transformar una empresa de saqueo en manual de ingenio militar y providencia. Se llegó a rumorear a grandes nombres para adaptarla —como si hiciera falta un Gladiator con penachos y tlatoanis—, pero lo que de verdad falta es una película que desmonte la fábula y le baje el volumen al bronce. Una comedia negra sería ideal, con Cortés como lo que fue —un funcionario ambicioso que convirtió la conquista en plan de carrera— y ese «encuentro entre dos mundos» mostrado como lo que encubrió: expolio, violencia y propaganda. Cartas al rey redactadas como audios de WhatsApp para justificar lo injustificable, intrigas de pasillo, guerras internas y, de fondo, la tragedia real.
Batallas marinas y milagros providenciales
Hay quien aún sueña con Lepanto como si fuese la madre de todas las películas que España nunca rodó. Año 1571, la coalición católica contra el Imperio otomano, seiscientos barcos, doscientos mil hombres, arcabuces, fuego griego y Cervantes escribiendo que fue «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros». Y probablemente lo fue. El problema es que, puestos a imaginarla en pantalla, Lepanto exigiría un presupuesto que ni Marvel, y para colmo el resultado correría el riesgo de parecerse a Piratas del Caribe con sotanas.
Pero lo que mejor define la épica a la española no es esa superproducción mediterránea, sino un lodazal en Flandes, catorce años más tarde. Empel, 1585: cinco mil soldados de los Tercios acorralados en una isla inundada, con los holandeses esperando a que se ahogasen. Un desastre garantizado… hasta que un soldado desentierra en el barro una talla de la Inmaculada Concepción. Señal divina, interpretación inmediata. Y esa misma noche, como para dar la razón a los devotos, una helada súbita congela el río y permite a los españoles cruzar sobre el hielo y destrozar al enemigo. De la aniquilación a la victoria por intervención meteorológica, con la Virgen como capitana general.
Ahí está la tragicomedia: entre la mayor batalla naval de su tiempo y el milagro de un río helado, la historia prefiere quedarse con el barro congelado y la estampita. Porque Lepanto puede impresionar, pero Empel emociona: convierte la derrota inevitable en relato providencial. Y eso, al fin y al cabo, es lo que más nos gusta en este país —creer que nos salva alguien de arriba, sea Dios, la patria o el azar climatológico—.
El miedo como espectáculo
Al otro lado del Atlántico presumen de Salem, pero aquí tuvimos Zugarramurdi: una aldea navarra en la que, a comienzos del siglo XVII, la Inquisición logró que trescientas personas confesaran lo que hiciera falta con tal de salvar el pellejo, señalando al vecino, al primo y hasta a la cabra de la esquina. No hacía falta pruebas: bastaba con que alguien te acusara de brujería para acabar en el proceso colectivo más delirante de la época.
En sociología lo llaman «pánico moral»: ese fenómeno que se repite una y otra vez en distintas épocas y lugares, cuando la paranoia institucional convierte en amenaza cualquier conducta, real o imaginada. En Zugarramurdi lo que hubo fue teatro macabro: delaciones en cadena, confesiones forzadas y autos de fe que quemaban más la cordura que las hogueras. Un linchamiento con toga que hizo época, aunque, como suele ocurrir, la historia lo redujo a pintoresco folclore de brujas y aquelarres.
Alex de la Iglesia convirtió la aldea en escenario de comedia gore, pero todavía nadie ha rodado la versión histórica: la que muestra a toda una comunidad atrapada en el engranaje de la paranoia, donde el miedo era el único combustible. Sería una película incómoda, porque recordaría que lo nuestro no son solo gestas navales o resistencias heroicas: también hemos perfeccionado el arte de la persecución colectiva, de la caza ritual del diferente. Y esa parte, aunque menos lucida para el bronce, forma parte esencial de la tragicomedia española.
Imperios en decadencia y héroes improbables
El siglo XVIII nos regaló a Blas de Lezo, el marino que derrotó a una flota británica de ciento ochenta y seis naves con apenas cuatro mil hombres en Cartagena de Indias. Cojo, manco y tuerto, convertido en leyenda por pura resistencia física antes que por propaganda. Y es que nada resume mejor la épica española que un almirante desmembrado enfrentándose a treinta mil soldados enemigos: la victoria como milagro, la gloria como anomalía, el héroe como superviviente más que como estratega.
Un siglo más tarde aparece Rafael del Riego, militar asturiano que encarna otro tipo de heroísmo: el del mártir liberal. Combatió a los franceses, viajó por media Europa, obligó a Fernando VII a jurar la Constitución y acabó en la horca en 1823. Lo que en otros países sería la materia prima para forjar laico panteón de libertades, aquí quedó reducido a un himno incómodo y a una estatua olvidada. Riego fue uno de esos personajes que prueban hasta qué punto este país sabe fabricar mártires de la libertad para luego olvidarlos en la cuneta de su propia historia.
Y todavía quedaba espacio para el bandolerismo, con sus ecos de wéstern mal parido en la Andalucía del XIX. Allí entra en escena Julián Zugasti, gobernador de Córdoba y azote de forajidos, una especie de Wyatt Earp a la española que intentó imponer orden en un territorio donde lo romántico de los bandoleros solía ocultar que eran, simplemente, delincuentes armados. Zugasti representa esa otra cara de la épica nacional: la de quienes libraron batallas internas contra el caos cotidiano, sin gloria ni himnos, pero con la misma mezcla de violencia y teatralidad que atraviesa toda nuestra historia.
La tragicomedia cantonal
El verano de 1873 fue un carrusel imposible: guerras carlistas en el norte, insurrección en Cuba, la Primera República tambaleándose y, en Murcia, Cartagena proclamándose cantón independiente. Lo que comenzó como un gesto político acabó adquiriendo tintes de sainete: sin bandera roja a mano, improvisaron una turca y la tiñeron con la sangre de un voluntario para borrar la media luna. Resolutivos, al menos. El presidente Stanislao Figueras, agotado, pronunció su célebre «señores, voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros» y al día siguiente se marchó a Francia. Mientras tanto, los cantonales intentaban negociar nada menos que su anexión a Estados Unidos, como si la joven república norteamericana fuera a adoptar por caridad a una ciudad levantada contra su propio gobierno.
El Cantón de Cartagena resume la mezcla de ingenuidad y audacia que tantas veces ha marcado la política española. Hubo muertos, hubo caos y hubo delirio, pero también un deseo de autodeterminación que, aunque desbordado, hablaba de un país que buscaba nuevas formas de organizarse. Entre el esperpento y la utopía, quedó para siempre como uno de esos episodios que parecen inventados… pero que ocurrieron de verdad.
La épica en clave de tragicomedia
De Numancia a Cartagena, de Lepanto a Zugarramurdi, los episodios más recordados de la historia española parecen compartir un mismo patrón: lo solemne se desliza hacia lo grotesco, lo heroico acaba contaminado de absurdo y lo trágico convive con la risa nerviosa. Somos un país que fabrica relatos épicos, sí, pero casi siempre con un pie en la farsa, como si la grandeza solo pudiera sostenerse si viene acompañada de un guiño cómico, de un gesto improbable o de un desenlace inesperado. Ahí radica, quizá, la verdadera identidad de nuestra memoria histórica: no en las gestas puras ni en los mitos inmaculados, sino en esa capacidad de convertir cada episodio en tragicomedia. Desde caballeros que se atraviesan ojos por amor hasta presidentes que huyen confesando estar hasta los cojones, pasando por milagros climatológicos y banderas improvisadas, lo que nos define no es la épica impoluta, sino la certeza de que siempre hay un giro irónico aguardando en la esquina del relato.
Lo que otros países narran como epopeya, aquí lo contamos como sainete con pólvora. Y tal vez, en tiempos de relatos inflados y patrias de cartón piedra, esa sea precisamente nuestra mayor aportación: la sospecha permanente de que detrás de cada gesta hay un exceso, y detrás de cada exceso, un poco de risa.







«Arturo Pérez-Reverte, que lleva treinta años dando la turra con esa España de cojones y pólvora, la misma en la que todo eran gestas viriles y sangre derramada por la patria».
Debería usted leer a quien cita. Si de algo desconfían los protagonistas de sus novelas es del término patria. Y respecto a las gestas viriles le recomiendo encarecidamente la reina del sur, por ejemplo.
jajajja, es increíble a qué velocidad degenera Jotdown.
Y pensar que fui suscriptor. Si Mar levantara la cabeza…
Erica. Vete al psicólogo, al bar, busca amigos. Amplía las lecturas. Pero cambia de ambiente. Evita que te sigan comiendo el tarro determinadas paraoias.