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La vibración que precede al lenguaje
Antes de que suene el primer acorde el aire ya está tenso. La niebla artificial cuelga sobre el público igual que una nebulosa infernal y las luces irisan la oscuridad, las túnicas negras se mueven entre amplificadores que no parecen instalados sino brotados del suelo como monolitos arcanos, y hay un silencio espeso, casi digestivo, que huele a metal caliente y a gente que ha venido a que le hagan algo en el cuerpo sin un consentimiento claro. Cuando Sunn O))) descargan la primera nota levantando sus guitarras en un gesto que es ofrenda y exhibición del artefacto sagrado al público, la sala entera se convierte en cavidad torácica y el subgrave atraviesa costillas, desplaza vísceras como si las empujara una mano inmensa hecha de aire comprimido y convierte cada estómago en una membrana tensa, lista para vibrar. Es un ruido que avanza ciego, monumental, como las flautas de los extraños dioses que alientan la danza idiota de Azathoth en el centro del universo, una pulsación inmensa y absurda que no entiende de melodías ni de armonías, solo de zumbido y caos.
En esta atmósfera inmersiva nadie piensa en playlists, ni en estribillos, ni en si aquello engancha a los treinta segundos. Lo que ocurre ante un muro de amplificadores y dos tipos ataviados con túnicas no está diseñado para gustar ni para encajar en ninguna métrica de comportamiento. Está diseñado para desbordar la experiencia sensorial. Y quizá por eso Sunn O))) resultan tan disonantes con esta época, donde el gusto es un experimento estadístico continuo y cada gesto del oyente se traduce en una predicción que ajusta la música a su confort. Vivimos rodeados de melodías optimizadas para no molestar, aptas para trabajar, concentrarse, correr, dormir o fingir que todo está bajo control, de música moldeada para acompañarnos sin retarnos. El drone doom, en cambio, funciona como una inversión del sistema, pues no es la canción la que se adapta a tu estado de ánimo, es tu cuerpo el que debe adaptarse a una vibración que te atraviesa la cabeza de oído a oído, que se sostiene más allá de lo razonable y que usa la respuesta física al golpe de sonido para empujarte a un estado donde ya no importa si te «gusta», sino cuánto puedes soportarlo. Y es justo ahí donde el algoritmo se queda sin categorías y el gusto plano se desorienta, donde empieza el territorio que nos interesa: ese humanismo digital extraño en el que la tecnología no viene a suavizar lo humano, sino a sacudirlo hasta que recuerde que tiene cuerpo.
Arquitectura del abismo: qué cojones es eso del drone doom
Dentro de la familia del doom metal, el drone doom no es un género musical en el sentido en que lo entienden las personas razonables que gustan del ritmo, la melodía y las decisiones sensatas para con sus oídos, sino una masa sonora sostenida, una especie de cosmología sónica que avanza por capas lentísimas, como si alguien hubiera decidido que los acordes, en vez de durar segundos, deben durar lo mismo que extraños eones. Aquí no hay canciones, hay placas tectónicas de sonido. No hay desarrollo, hay persistencia. No hay «temas», hay estados de ánimo que se desplazan como nubes demasiado viscosas para evaporarse. En resumen, música para gente que estamos mal de la puta cabeza.
La genealogía es breve pero contundente. Si uno sigue el hilo hacia atrás, aparece La Monte Young, emperador del sostenido eterno; Phill Niblock, con sus drones microscópicos que vibran como si la realidad tuviera tinnitus; y, por el lado más terrenal, Earth, que convirtió el riff monolítico nacido en el vientre de Black Sabbath en paisaje total. Sunn O))) toma todo eso y lo lleva al límite de lo humanamente tolerable, como si hubieran decidido que el minimalismo había sido demasiado educado durante décadas y que ya era hora de arrancarle las cortinas al mago de Oz para mostrar la maquinaria rugiendo por debajo.
Stephen O’Malley y Greg Anderson —los dos monjes oscuros responsables de que Sunn O))) exista como fenómeno paranormal más que como banda— son los vectores que llevan esa genealogía a su consecuencia lógica, una música que no se organiza en canciones sino en atmósferas. O’Malley no es solo músico, su trabajo se despliega como una arquitectura de ecologías estéticas en las que conviven el músico, el diseñador, el performer, el comisario y el artista visual. Sus piezas han viajado por museos que suelen desconfiar de quien convierte la vibración en escultura y que trabaja con luz, ruido y resonancia como materiales. En sus exposiciones aparecen instalaciones sonoras de larga duración, colaboraciones con coreógrafos, cineastas y escultores, espacios donde el sonido pasa a comportarse como un clima. Su universo gráfico no pretende embellecer, sino orientar al espectador hacia un estado previo a cualquier interpretación. Lo mismo ocurre en su trabajo curatorial, que no se organiza en selecciones temáticas ni discursos cerrados porque O’Malley prefiere choques de mundos, encuentros donde la vibración y el espacio empujan al público hacia una narrativa sin mensajes explícitos. Su territorio es sensorial, abierto y liminal, una forma de lectura que nace en el cuerpo antes que en la mente. Stephen O’Malley es una anomalía perfecta en la era del algoritmo, donde la máquina busca patrones y él introduce vacíos. La máquina quiere predecir reacciones y él ofrece estados físicos sin explicación posible.
Por eso es importante en el sonido de Sunn O))) la desobediencia. El drone doom es un fracaso deliberado frente a la lógica algorítmica, música que no sube ni baja cuando toca, que no tiene puntos de enganche, que ignora cualquier noción de clímax o recompensa. Ninguna inteligencia artificial puede predecir qué siente un oyente cuando escucha un acorde que dura cinco minutos sin variar más allá de que suba y suba MÁS la saturación, porque ese acorde no está hecho para emocionar ni retener sino para mostrar un estado diferente de consciencia. Para ocupar otros espacios. Para gritar con la grosería infantil del ruidismo que no piensa moverse de ahí aunque la media estadística quiera que la música sea educada y predecible.
La ceremonia del volumen: Sunn O))) en directo
Un concierto de Sunn O))) no empieza cuando suena la primera nota, sino cuando hay suficiente niebla como para que la audiencia pierda cualquier noción de distancia. La sala queda sumergida en una nube espesa que sabe a humedad eléctrica, a plástico recalentado y a la lovecraftiana droga Liao que imaginamos como aura en las túnicas negras que Stephen O’Malley y Greg Anderson arrastran como sacerdotes de una religión diseñada para gente con problemas en la psique y en su socialización básica. Los amplificadores —siempre demasiados, siempre demasiado cerca— emiten un zumbido previo que es una advertencia: si has venido aquí a escuchar música, te has equivocado de ceremonia, pues te dispones a participar en una prueba de desplazamiento sensorial. Ahí no hay escenario, es un altar. Y delante del altar hay cuerpos vulnerables que no están pensados para funcionar como hardware acústico. El subgrave no entra por los oídos, sino por el pecho, el cráneo, el vientre, allá donde viven los miedos, el hambre y el deseo. Cada nota funciona como un masaje violento que recoloca los órganos internos con la misma delicadeza con la que te arroja al centro de un agujero negro.
Y mientras todo eso ocurre, el humo sigue mezclándose con el olor metálico del ampli exigido al límite y con el perfume inconfundible de público sometido a sudor ácido, ansiedad evaporada, respiración compartida. La masa humana se balancea con suavidad y ejecuta un headbanging muy leve, no porque haya ritmo sino porque el cuerpo necesita hacer algo para que la vibración no se le acumule. Es una biomecánica involuntaria, casi una coreografía de gente resignada a ser membrana de resonancia durante dos horas. Hay algo cómico, profundamente humano, en ver a un grupo de adultos sometidos voluntariamente a una onda de choque que les obliga a reconsiderar el estado de sus funciones corporales. El metal extremo presume de épica, y sí que hay épica en mantenerse en pie mientras un acorde sostenido te atraviesa como un terremoto íntimo, como si las vísceras estuvieran decodificando mensajes de una perdida civilización alienígena.
Eso es un directo de Sunn O))): una ceremonia donde la retroalimentación sustituye al significado, donde la distorsión sustituye a la narrativa, donde el cuerpo deja de ser espectador y se convierte en instrumento. Un ritual en el que el sonido se padece y en el que el público, con toda su humanidad derretida, acaba formando parte de la instalación performativa, igual que un conjunto de altavoces orgánicos tallados en carne. Un rito para quienes tienen la cabeza lo bastante bien —o lo bastante mal— como para entender que hay experiencias que no están hechas para complacer.
La espiritualidad del feedback
El drone doom, en su versión más radical, no se construye con estrategias neuroquímicas que prometen clics, likes, bucles de retención ni repetición garantizada. Esta música altera el tiempo y el espacio, lo dilata, lo estira, lo hace gelatinoso. Imagina un acorde tan largo que te obliga a abandonar la cronología de tus pensamientos para caer en ese territorio liminal donde el reloj deja de marcar segundos y empieza a contar oscilaciones de moléculas en tu carne. Esa suspensión temporal es el núcleo de la espiritualidad del feedback, y no se trata de una elevación luminosa ni un crescendo diseñado para complacerte, sino de una inmersión en lo primitivo del cuerpo-vibración, una fusión que detiene la urgencia contemporánea para que la carne piense en sí misma. No hay algoritmos ajustando lo que escuchas para que te guste. Estamos habituados a música fabricada para entrar en flujos cómodos, pero cuando estás sumergido en Sunn O))) el volumen, la duración y la textura están pensados para trastocar la conciencia. Es tecnología sonora al servicio del cuerpo y mente, y no del mercado.
La lógica del feed se basa en dopamina. En cambio, la espiritualidad del feedback funciona por resistencia, por someter al cuerpo hasta que diga basta o cambie, y quizá entonces escuche algo distinto dentro de sí mismo. Tiempo inexacto, percepción reconfigurada y el murmullo de tus tripas se vuelve parte de la experiencia y no hay clímax pautado, hay persistencia, transición lenta, revelación en ruido insoportable. Para que este trance funcione necesitas algo más que gusto musical, necesitas cuerpo y que tu piel sepa vibrar y que tu oído tolere la saturación y que tu ego acepte que todo lo que sabes de música se evapora. Mientras el algoritmo mide los tiempos y repeticiones el drone doom mide la duración de la dislocación. Y quizás en ese sonido que no se acomoda a la experiencia «normal» de usuario se halla un humanismo tecnológico que no pretende hacer sonar a la máquina más humana, sino más trascendente al humano mediante el sonido de la máquina.
Vibrar sigue siendo una forma de desobediencia
Una escucha inmersiva de Sunn O))) propone una idea de lo humano que no encaja en ninguna catequesis tecnoptimista y tampoco en el relato confortable que promete que la tecnología nos hará más eficientes o equilibrados, aunque quizá también habría que admitir que quienes nos ponemos voluntariamente a escuchar una música que suena como los ruidos que emite un agujero negro no somos el mejor ejemplo de equilibrio. Cuando escuchas sus obras recuerdas que sigues siendo un animal antiguo que reacciona a la retroalimentación, al volumen y a la vibración con una honestidad que ninguna interfaz gráfica puede modelar, de modo que la tecnología no funciona como sustituto de tu carne, sino como una ampliación abrupta de sus límites, y ante el bramido de la música aceptamos que vivir también es soportar y que soportar también es una forma de pensamiento.
En una época que confunde deseo con predicción, en un tiempo que reduce la emoción a métricas, vibrar con Sunn O))) se convierte en un acto político primitivo, porque la distorsión no puede predecirse ni optimizarse ni dosificarse, solo vivirse. Y vivirla exige desobedecer la comodidad estadística que rige la música contemporánea. Exige abandonar la ilusión de que todo debe gustar y aceptar que hay experiencias que existen para sacarnos de nuestro ombligo y devolvernos, al fin, al lugar donde se interrumpe la maquinaria de expectativas que llevamos dentro.







